13 de abril de 2026
Hace poco más de cien años, tropas británicas dispararon contra la multitud en un jardín de la India. Un hito de la historia y la memoria que expuso los límites del dominio colonial y transformó las luchas emancipatorias.

Amritsar. Tributo a las víctimas de en el 95° aniversario de la masacre.
Foto: Getty Images
El 13 de abril de 1919, en el jardín amurallado de Jallianwala Bagh, en la ciudad india de Amritsar, el Imperio británico disparó contra una multitud desarmada. La escena –hombres, mujeres, niños atrapados en un espacio sin salidas suficientes, balas que no buscaban dispersar sino castigar– condensó, en minutos, décadas de dominación colonial. Lo que ocurrió aquella tarde fue la puesta en acto de una pedagogía del terror destinada a recordar quién mandaba en la India en una época en que en todo el planeta se comenzaba a cuestionar el orden establecido.
La Primera Guerra Mundial había exigido a la India un esfuerzo colosal. Más de un millón de indios sirvieron bajo bandera británica; campesinos y obreros sostuvieron con impuestos y producción la maquinaria imperial. La mortandad de las tropas coloniales en el primer año de la guerra fue altísima. A cambio, Londres dejó entrever reformas y mayores márgenes de autogobierno. Pero la posguerra trajo inflación, desempleo y la sanción de las Leyes Rowlatt, que ampliaban los poderes represivos y permitían detenciones sin juicio. La sensación de traición al esfuerzo de los súbditos imperiales se expandió como un rumor persistente.
En el Punjab ‒provincia estratégica por su aporte militar y agrícola‒ la tensión crecía. Las huelgas y protestas urbanas se enlazaban con el malestar rural. La prédica de la desobediencia civil impulsada por líderes nacionalistas encontraba eco en sectores medios y populares. La ciudad de Amritsar era un nudo comercial y religioso; allí confluyeron, en abril, la festividad de Baisakhi y la indignación política.
Aquella tarde del 13 de abril de 1919, miles se reunieron en Jallianwala Bagh. Algunos acudían por la festividad; otros, para protestar contra las detenciones de dirigentes locales. El brigadier general Reginald Dyer ingresó con tropas gurkhas y baluchis (soldados coloniales reclutados en Nepal y Baluchistán). Sin ordenar la dispersión efectiva ni ofrecer vías de escape, dio la orden de abrir fuego. Los soldados dispararon sin pausa durante diez minutos contra la multitud. Las cifras oficiales hablaron de 379 muertos; estimaciones indias elevaron el número por encima del millar. Muchos murieron aplastados o al arrojarse a un pozo para evitar los disparos.
Dyer declaró después que su intención no era simplemente dispersar, sino «producir un efecto moral». El jardín amurallado funcionó como escenario y metáfora: un imperio que, sintiéndose cuestionado, respondió con una coreografía de violencia ejemplificadora. La masacre fue seguida por la imposición de la ley marcial en el Punjab y humillaciones públicas que pretendían disciplinar a la población.
La noticia recorrió la India con una mezcla de estupor y furia. El poeta Rabindranath Tagore devolvió su título de caballero, en protesta. Mahatma Gandhi, que había promovido la cooperación leal durante la guerra, radicalizó su postura y consolidó la estrategia de no cooperación. La masacre erosionó cualquier ilusión de reforma gradual bajo tutela imperial y aceleró la construcción de un movimiento nacional de masas.
En el Reino Unido, una comisión investigadora criticó a Dyer, pero sectores conservadores lo defendieron como salvador del orden. El debate atravesó la metrópoli: ¿era el imperio una misión civilizadora o una maquinaria de dominación sostenida por la fuerza? La respuesta ya estaba escrita en el suelo de Jallianwala Bagh.
Violencias en serie
La masacre no fue un hecho aislado en la geografía del Imperio, sino que se inscribió en una larga serie de violencias coloniales que, sin embargo, rara vez habían sido ejecutadas con semejante crudeza frente a una multitud indefensa y en un espacio tan reducido. La elección de las tropas ‒gurkhas y baluchis, soldados de origen no indio pero súbditos imperiales‒ también formó parte de esa coreografía: el imperio mostraba su capacidad de movilizar a unos colonizados contra otros, fragmentando identidades y profundizando heridas. La respuesta del Gobierno británico reveló las contradicciones internas de un sistema que se debatía entre la imagen civilizatoria que pregonaba y la brutalidad necesaria para sostenerse. Figuras como Winston Churchill, entonces ministro de Guerra, condenaron la masacre, pero el Parlamento absolvió a Dyer, y un fondo público recaudado por sectores conservadores lo celebró como un héroe. Esa combinación de condena retórica y justificación práctica atravesó el debate público británico.
La masacre también transformó el liderazgo del movimiento independentista. Si bien Gandhi ya era una figura relevante, fue después de Amritsar cuando su llamado a la no cooperación adquirió una urgencia y una adhesión masiva sin precedentes. La violencia imperial había respondido a la protesta pacífica con balas; la respuesta sería una movilización aún más amplia, pero manteniendo la disciplina de la no violencia. Jallianwala Bagh se convirtió así en una escuela política para miles de indios que hasta entonces habían mirado con distancia las consignas nacionalistas. La represión extrema generó el efecto contrario al deseado: politizó a campesinos, trabajadores y sectores medios que comenzaron a ver en el imperio no una autoridad legítima, sino un ocupante dispuesto a todo. La masacre sembró, paradójicamente, las semillas de una organización nacional que ya no aceptaría migajas reformistas.
En el plano internacional, la noticia recorrió los circuitos anticoloniales de Asia y África. La masacre de Amritsar se sumó a otros hitos de la violencia imperial ‒desde el Congo belga hasta las guerras coloniales en el norte de África‒ como prueba de que la modernidad prometida por las metrópolis encubría un sistema de explotación sistemática. Para los intelectuales y activistas de las colonias, Jallianwala Bagh representó la evidencia de que las promesas de progreso y civilización eran, en el mejor de los casos, una coartada. La masacre contribuyó a internacionalizar la causa india y a tender puentes con otras luchas anticoloniales, en un momento en que el mundo comenzaba a reconfigurarse tras la Gran Guerra.
Resonancias del presente
Hoy, al recorrer el jardín de Jallianwala Bagh, convertido en memorial, los visitantes caminan entre muros aún marcados por las balas. El pozo en el que muchos saltaron para escapar de la muerte sigue allí, como recordatorio tangible del pánico y la desesperación. Pero también hay inscripciones que honran a las víctimas y paneles que narran lo sucedido. En cada rincón del antiguo imperio, desde Bristol hasta Delhi, surgen hoy debates sobre cómo recordar estas historias, sobre qué estatuas derribar y qué calles renombrar. Amritsar nos recuerda que cuando el poder se ejerce sin límites ni rendición de cuentas, el jardín puede volverse, una vez más, una trampa mortal.
A largo plazo, Amritsar se convirtió en un hito de memoria y en una escuela política. Mostró que el Estado colonial estaba dispuesto a matar para preservar su autoridad; enseñó, también, que la indignación podía articularse en organización. En 1947, cuando la India alcanzó la independencia, la masacre seguía siendo una herida abierta y un argumento irrebatible contra el dominio extranjero.
Más de un siglo después, Jallianwala Bagh no es solo un sitio histórico; es una advertencia. En un mundo donde resurgen nacionalismos excluyentes, la tentación de convertir la seguridad en coartada para la violencia estatal reaparece con otros uniformes y tecnologías. La lógica es similar: disciplinar mediante el miedo
La deshumanización del adversario ‒sea súbdito colonial, minoría étnica o manifestante‒ es el primer paso hacia la tragedia. Cuando los Estados piden sacrificios en nombre de crisis globales ‒guerras, pandemias, colapsos económicos‒ y luego restringen derechos o postergan reformas, el contrato social se resquebraja.
La masacre fue posible por una estructura imperial que consideraba a millones como gobernables pero no como ciudadanos. Hoy, las democracias enfrentan el desafío de no reproducir esa asimetría en sus periferias internas y externas. La memoria de Amritsar interpela tanto a antiguas metrópolis como a naciones poscoloniales: el poder que no admite límites termina disparando contra su propia legitimidad.
El 13 de abril de 1919, en el jardín de Amritsar, el Imperio británico eligió la pedagogía del terror para sostener su autoridad. Pero el efecto moral buscado se invirtió: la masacre consolidó una conciencia nacional y aceleró la lucha por la independencia. En esa inversión reside su lección más perdurable.
