8 de mayo de 2026
Lidia «Taty» Almeida es presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora y madre de Alejandro, desaparecido en 1975. El itinerario de su difícil búsqueda y la lucha continua por preservar la memoria.

A Lidia Miy Uranga la tragedia la tocó antes del último golpe de Estado. El 17 de junio de 1975 desapareció su hijo Alejandro, de 20 años, estudiante de Medicina y militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Ella no sabía de la militancia del muchacho. La descubrió con el tiempo. Su primer ademán fue recurrir a jefes militares con los que se codeaba desde que tenía memoria. Ninguno le dio información sobre el paradero de su hijo. No se acercó durante los primeros tiempos a las Madres de Plaza de Mayo, que se conformaron en abril de 1977, porque temía ser considerada una «espía», dados sus vínculos con las fuerzas. En la Plaza nació «Taty» Almeida, parida por Alejandro.
A 49 años de la conformación de Madres de Plaza de Mayo, Taty –presidenta de la Línea Fundadora– recibió a Acción en su casa del barrio de Palermo para hablar de sus batallas y de su legado.
«Creíamos que nuestros hijos estaban presos en alguna cárcel. No conocíamos la palabra “desaparecido”. Por eso, durante años, decíamos: “Con vida los llevaron, con vida los queremos”.»
–¿Qué representan las Madres para la historia argentina, mundial y para tu vida personal?
–A 50 años del golpe cívico-militar-clerical –lo digo siendo católica: que le quepa a quien le quepa, porque con honrosas excepciones la complicidad de la jerarquía eclesiástica con los genocidas fue tremenda–, y a 49 años de la primera ronda, impulsada por Azucena Villaflor –cuyas palabras tienen hoy plena vigencia: «Por separado no vamos a lograr nada, hay que juntarse, vayamos a la Plaza»–, había mucha inocencia, mucha ignorancia. Más de una creíamos que nuestros hijos estaban presos, incomunicados en alguna cárcel. No conocíamos la palabra «desaparecido». Por eso, durante años, decíamos: «Con vida los llevaron, con vida los queremos». Después, cuando empezaron a salir los presos políticos y los sobrevivientes, tuvimos la certeza de que nuestros hijos ya no estaban, aunque políticamente no los damos por muertos: son detenidos-desaparecidos, víctimas de desaparición forzada.
–¿Cómo fue continuar con la certeza de que no iban a volver?
–Nuestra lucha se basa en tres pilares: memoria, verdad y justicia. Memoria, porque un pueblo que olvida corre peligro. Verdad, porque no sabemos dónde están los restos de nuestros hijos, no tenemos dónde llevarles una flor o rezarles. Pido que Dios no me lleve sin antes, aunque sea, poder tocar los huesos de Alejandro. Sigo teniendo esperanza en los antropólogos forenses, reconocidos en todo el mundo. Y justicia, justicia legal, nunca por mano propia. Detrás de cada madre hay una historia. Si no hubiera sido por la desaparición de nuestros hijos, no nos habríamos conocido. En mi caso, toda mi familia era militar: mi padre coronel, mi hermano coronel, mis hermanas estaban casadas con oficiales de la Aeronáutica y los hermanos de mi exmarido eran oficiales del Ejército. Yo me crié en ese ambiente, profundamente antiperonista.
–¿Vos hablabas de política?
–No. Estaba encantada cuando vino el golpe. Pensaba: «Al fin se van estos y vienen mis conocidos, y yo voy a recuperar a Alejandro». Así pensaba la Taty antes de ser parida por Alejandro. Mis conocidos eran Albano Harguindeguy (que entonces era jefe de la Policía Federal y había sido oficial de mi padre), Ramón Agosti (compañero de uno de mis cuñados y padrino de uno de mis sobrinos), Leopoldo Galtieri (jefe de mi hermano) y Ramón Camps. Mi familia, por parte materna, es de Paraná, como Camps. Lo conocía de jovencita porque íbamos todos los veranos. Recurrí a todos con la certeza de que iba a recuperar a mi hijo. Por eso me costó acercarme a Madres. Pensaba que, con mi historia, iban a creer que era una espía. Después de años fui con mi hija Fabiana. Al entrar vi fotos por todas partes y entendí que no era la única con un hijo desaparecido. Me recibió María Adela Gard de Antokoletz, una Madre con mayúscula, y me preguntó: «¿Quién te falta?». Ahí, por fin, hice mi catarsis. Le dije que había sido una estúpida y me respondió: «No, cada Madre llega cuando puede. Este es tu momento». Me enteré de cómo se habían formado las Madres de Plaza de Mayo. Nos dicen que somos madres heroicas, pero hicimos lo que hace cualquier madre por un hijo. Las madres sabemos lo que es llevar en la panza nueve meses a un hijo para que te lo arrebaten de esa manera.
«Nuestra lucha se basa en tres pilares. Memoria, porque un pueblo que olvida corre peligro. Verdad, porque no sabemos dónde están los restos de nuestros hijos. Y Justicia legal, nunca por mano propia.»
–¿Qué fue para vos Madres de Plaza de Mayo?
–Fue hablar el mismo idioma. Fue festejar los logros y apechugar lo que no conseguíamos. Fue lo mejor que pude hacer.
–¿Cómo fue el último día que viste a Alejandro?
–Alejandro vivía conmigo y con Fabiana. Me cuidaba, no me contaba nada de su militancia. Era militante político. A veces me abrazaba y me decía: «Esta gorilita de mierda, sin embargo la quiero». No entendía nada. Por eso, cada vez que me dan un reconocimiento –como el honoris causa en la Universidad de Buenos Aires (UBA)– lo veo a Alejandro, muerto de risa, diciendo: «Mirá la gorilita de mierda en lo que se convirtió». Yo sé que está muy orgulloso de su madre, exgorila. El 17 de junio llegó y me dijo que al día siguiente no iba a trabajar porque tenía un parcial. Estaba cursando el primer año de Medicina. «Esperá, que ya vengo». Al día siguiente no volvió. Revisando sus cosas encontré una agenda con 24 poesías. No sabía que escribía. Una es una despedida: él sabía que iba a morir. Al leerlas empecé a conocer otra faceta de Alejandro. La búsqueda fue primero en solitario. Alguien me dijo que tenía que ir a la Liga, y yo pregunté si era la Liga de Amas de Casa. A los ponchazos me fui formando. Uno de mis hijos vive en España. Lo fui a ver y fuimos a Marruecos. Allá usan chilabas. Yo iba por la calle y les sacaba las capuchas para ver si era Alejandro.

–¿Te pasa de mirar gente en la calle y pensar que puede ser Alejandro?
–Me ha pasado, pero lamentablemente sé que no está.
–En esa búsqueda, cuando contactaste a militares conocidos, ¿alguno te dio información?
–No. Hablé con todos. Incluso con Camps, a quien conocía desde joven. Lo hice venir a mi casa. Intentaba sacar información, pero nunca conseguí nada. Con mi hermano, que era coronel, éramos muy compinches. Cuando desapareció Alejandro, lo llamé para que viniera desde Goya. Vino recién al mes. Llegó un momento en el que le dije: «Carlos, yo no puedo seguir como si no hubiese pasado nada. No hiciste nada». Él me preguntó si yo pensaba que era un hijo de puta, y le dije que eso lo sabría él. Fue muy fuerte porque éramos muy unidos. No lo vi más hasta que me avisaron que estaba internado en el Hospital Militar con leucemia. Fui de inmediato y estuve hasta el último momento.
–La desaparición de Alejandro, ¿impactó en tu familia?
–Sí. Mi hijo Jorge se fue a España. Después de un tiempo me dijo: «Mamá, yo me fui porque quería matar a todos los milicos que tuvieron que ver con la desaparición de Alejandro». Pero mi familia, aunque no compartía mis ideas, me acompañó siempre.
–¿Recurriste a la iglesia cuando desapareció Alejandro?
–¿A quién no recurrí? Recurrimos ante todos los que podían darnos información. Había un obispo que usaba un péndulo para «adivinar» cosas. Íbamos a cualquiera que pudiera aportar algo. También hubo curas como Adolfo Tortolo y otros que fueron espantosos: confesaban y pedían datos. Tremendo, pero también estuvieron los de la Iglesia de la Santa Cruz, que fueron una maravilla. Ahí nos recibían a todos, de distintas religiones, y hacíamos que rezábamos mientras intercambiábamos información. También Enrique Angelelli, Carlos Ponce de León y los palotinos. Yo nunca perdí la fe.
–¿Tenías fe en la democracia para saber qué había pasado con Alejandro?
–Nunca perdí la fe. Eso me ha ayudado mucho. Cuando conocí al papa Francisco, le decía: «No voy a misa, no me confieso, nada. A veces comulgo los 8 de diciembre en recuerdo de los desaparecidos de ese día. Pero tengo un cuadrito del Sagrado Corazón al que le hablo y lo reto». El papa Francisco me dijo que era la mejor manera de rezar. Con la democracia, el juicio a las Juntas fue histórico. Después vinieron las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, pero no nos quedamos: seguimos reclamando justicia. Hasta que llegó Néstor Kirchner, que se reconoció como nuestro hijo. Fue el primer presidente que nos escuchó, el primero que tomó a los derechos humanos como política de Estado. Fue la misma política que llevó adelante Cristina Fernández de Kirchner. Fueron diez años en los que nadie ofendió la memoria de nuestros hijos. Después vino Macri con discursos como «se termina el curro de los derechos humanos». Y hoy la situación es muy grave con Milei: no hay Estado, gobierna para los ricos.
–¿Cómo conociste a Néstor Kirchner?
–Él recibía siempre a los organismos de derechos humanos. Para la primera reunión yo no estaba porque había ido a ver a Jorge a España. Cuando lo vi, le dije: «No lo voté porque no estaba, pero ahora estoy encantada de estar con usted». Al principio lo trataba de usted. Era muy resolutivo, muy rápido. Qué falta hace.
–¿Y con Cristina cómo fue la relación?
–La fuimos a ver a San José 1111, donde está presa. Es lamentable lo que le están haciendo. También lo es el caso de Milagro Sala. En democracia no puede haber presos políticos.
–¿Creés que la situación de Cristina tiene que ver con las políticas de memoria?
–Sí. También con lo que significaron sus gobiernos, que fueron una maravilla.
–¿Considerás que con Macri comenzó la ofensiva contra la memoria?
–Macri fue quien empezó a tirar abajo los organismos. Yo no fui a verlo cuando asumió. Quienes fueron contaron que no escuchaba. Creo que con Macri empezó ese retroceso. Milei quiere borrar la memoria, pero no lo va a lograr. Quedamos pocas Madres y Abuelas, pero la posta ya se la hemos pasado a la gente joven y no tan joven. Esa es nuestra tranquilidad y nuestra esperanza. Siempre hay motivos: el 24 de marzo fue impresionante. Apareció una cantidad de gente no conocida. Quiere decir que muchos despertaron, que se avivaron. Por eso le estamos demostrando a Milei y compañía que la resistencia continúa, que no nos han vencido.
–¿Qué te pasa cuando los escuchás hablar de «memoria completa»?
–Me parece tremendo que quieran comparar a los genocidas con nuestros chicos. Hay cosas totalmente comprobadas: los vuelos de la muerte –ahora logramos traer el avión que está en la exESMA– y la apropiación de bebés. Es impresionante. ¿Cómo van a comparar una cosa con la otra?
–¿Te preocupa que Victoria Villarruel siga teniendo proyección política, que aparezca como alternativa a Milei en 2027?
–Claro. Villarruel es inteligente, es mucho más peligrosa que Milei; pero todos ven cómo ha perdido apoyo el Gobierno.
–¿Cómo ves al movimiento de derechos humanos, después de casi 50 años de militancia? ¿Qué tiene que hacer a futuro?
–Seguir contando lo que pasó. Eso es memoria. Para eso estamos y para eso le pasamos la posta a otros. Yo voy mucho a colegios y es muy interesante ver cuánto saben, las preguntas que hacen. Están informados. Y a los que no lo están, esa es nuestra misión.
«Con este Gobierno es lamentable: hay funcionarios que se sacan fotos con los genocidas presos, como si no pasara nada. Pero los juicios continúan, de a poco.»
–¿Qué significan los juicios por crímenes de lesa humanidad, pese a que no pudieron juzgar a los responsables de la desaparición de Alejandro?
–Los juicios siguen. Hace poco volvieron a condenar a genocidas a perpetua. Tardan mucho y muchas veces las personas afectadas ya no están para verlo. Con este Gobierno es lamentable: hay funcionarios que se sacan fotos con los genocidas presos, como si no pasara nada. Pero los juicios continúan, de a poco.
–La consigna de este año es «Que digan dónde están». ¿Tenés expectativas de que los genocidas hablen?
–A veces alguien habla, pero muchos se mueren sin decir nada. Igual, la esperanza es lo último que se pierde. Eso lo decimos siempre las Madres. Cuando alguien está caído, hay que decir: «Si las Madres pudieron, ¿por qué no nosotros?». La lucha continúa. No hay que bajar los brazos. La única lucha que se pierde es la que se abandona.
