Sociedad | Expansión agrícola

El amargo cumpleaños de los transgénicos

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Jorgelina Hiba

Hace tres décadas, la simple firma de una resolución le abría la puerta del país a la soja resistente a herbicidas. Las consecuencias ayer y hoy.

Agrotóxicos. Los agroquímicos, parte irremplazable del nuevo modelo, abrieron un profundo debate sanitario y social.

Foto: Subccop

Un papel, una firma, una resolución. Tres décadas atrás, en minutos, un trámite administrativo resuelto en el despacho del entonces secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación, Felipe Solá, cambió para siempre el paisaje productivo de la Argentina. El país, gobernado por el peronista Carlos Menem, estaba alineado con las políticas comerciales de Estados Unidos. La aprobación exprés de la soja transgénica resistente a herbicidas decidida en ese escritorio el 25 de marzo de 1996 fue una señal poderosa de ese alineamiento, así como la puerta de entrada a un paquete tecnológico que revolucionó la manera de cultivar, redefinió la frontera agrícola, terminó con el modelo chacarero histórico nacional y tensionó como nunca antes la salud ambiental de ecosistemas y personas.

El «paquete» regalado por el menemismo a toda la sociedad argentina se apoya sobre tres patas: semillas modificadas genéticamente, herbicidas específicos para esas semillas y un método llamado siembra directa, que evita remover el suelo. A partir del cambio de siglo, esta nueva tecnología hizo que los rendimientos de los cultivos de granos se multiplicaran rápidamente, a la vez que todo el sistema se homogeneizó al punto de llegar a un paisaje de «desierto verde», con la soja como producto estrella. Walter Pengue, ingeniero agrónomo por la UBA y doctor en Agroecología, Sociología y Desarrollo Rural por la Universidad de Córdoba (España), usó una palabra para intentar sintetizar todo lo que pasó en los últimos 30 años: «simplificación». «La soja transgénica trajo una simplificación bastante importante de la producción granaria. La adopción del paquete fue muy veloz y explotó desde el año 2000 tanto por la caída en el precio de los herbicidas como por la explosión de la demanda mundial», dijo el experto, para agregar que eso derivó en el abandono de otras prácticas como la ganadería y la producción de frutas y hortalizas, siempre con el objetivo de liberar tierras para hacer más y más soja. «La palabra clave es simplificación del modelo productivo: la rotación trigo/soja/soja permitió hacer una importante caja financiera y reforzó la concentración de tierras», puntualizó Pengue, autor, entre muchos otros libros, de Cultivos transgénicos. ¿Hacia dónde vamos?, publicado por la Unesco en el año 2000.

Un campo vaciado de productores
La aprobación de los transgénicos en Argentina fue casi en simultáneo con sus primeros usos a nivel planetario, en donde también creció de manera vertiginosa: en la actualidad, ya ocupan una de cada tres hectáreas productivas en el mundo. Así se desprende del informe anual 2024 de AgbioInvestor, que señala que la superficie global de transgénicos alcanzó un nuevo récord de 209,8 millones de hectáreas liderado por Estados Unidos (75,4 millones), Brasil (67,9 millones) y Argentina en el tercer puesto, con 23,8 millones de hectáreas, de las cuales unas 16,2 millones son de soja, 6,9 de maíz, 700.000 de algodón y 48.000 de trigo. 

Esa reconfiguración productiva en el sector históricamente más importante de la economía argentina tuvo fuertes derivaciones sociales, ya que generó un salto de escala en el sujeto agrario que aceleró una tendencia –que todavía no termina– hacia la concentración de capital y de tierras. «En todo el período la escala productiva se hizo cada vez más importante, con explotaciones más grandes sobre todo en la zona núcleo, en donde se fue abandonando el modelo chacarero de pequeños establecimientos», dijo Pengue. 

Omar Príncipe, expresidente de Federación Agraria Argentina y actual presidente de Bases Federadas, lo sintetizó de manera clara: «La introducción del paquete tecnológico con base en los transgénicos es el vivo ejemplo de cómo se puede destruir un modelo agrario, ya que significó la desaparición del sujeto social que era el chacarero». Príncipe citó los datos de los Censos Agropecuarios, que son contundentes: mientras que en 1988 había 450.000 productores agropecuarios, en 2018 (último registro oficial) ya había desaparecido el 43%. Santa Fe, corazón histórico del agro nacional, muestra cifras aún más duras, ya que en las tres últimas décadas desaparecieron el 48% de los pequeños y medianos productores. «Donde antes había un tambo o una chacra mixta ahora hay soja. Donde antes había un chacarero ahora hay un pool, un fideicomiso o un inversor que arrienda campos. Se desplazó el acceso a la tierra, que quedó en manos de pocas personas. Solo 13.000 empresas producen el 80% de los granos en Argentina», enumeró el productor y dirigente gremial. 

Contaminación y deforestación
La simplificación del paisaje agropecuario, así como la desaparición del modelo histórico pampeano de pequeñas y medianas chacras, no fueron las únicas consecuencias de la adopción masiva del paquete tecnológico asociado a los transgénicos. La dependencia de los herbicidas, parte irremplazable de este modelo, abrió un profundo debate sanitario y social –que lejos está de haber sido saldado– sobre las consecuencias en la salud humana de las fumigaciones que necesariamente precisan esos cultivos. «Hay impactos directos e indirectos del uso masivo de agroquímicos en el campo. Pasamos de 90 millones de litros por año, a casi 400 millones de litros. Cada vez usamos más agroquímicos», detalló Pengue, que agregó: «Hay una enorme carga de agroquímicos sobre el sistema, que llegan por aire, suelo y agua a los cuerpos de las personas, algo muy pobremente estudiado hasta ahora». 

El otro gran cambio a nivel ambiental fue la fortísima expansión de la frontera agrícola, que empujada por el boom de la soja corrió a otras producciones, como la ganadera, a zonas antes consideradas marginales, más que nada en la zona del Gran Chaco argentino. Eso explica por qué cuatro provincias del norte  (Salta, Formosa, Chaco y Santiago del Estero) concentran casi toda la deforestación argentina de las tres últimas décadas, que organizaciones como Greenpeace calculan en unas 8 millones de hectáreas (equivalente a la superficie de la provincia de Entre Ríos). «Hubo una gran expansión del modelo sojero pampeano a otras zonas, lo que llamamos la “pampeanización” de otras ecorregiones. Esto generó una deforestación importante, tras lo cual vino un avance de la desertificación por voladura de suelos. Se trata de un gran problema ambiental, que sigue existiendo». Ese proceso acelerado de cambio en el uso del suelo estuvo acompañado de un uso excesivo de los nutrientes de ese suelo, poco o nada repuestos: lo que Pengue llama el «vaciamiento» de los suelos, por la extracción de nutrientes naturales propia de la agricultura.

Para Príncipe, un camino deseable es avanzar hacia un modelo agrario sostenible desde lo social y desde lo ambiental: «No cierra este modelo que genera pueblos rurales cada vez con menos gente», resumió. 30 años después de la firma de Felipe Solá, la transformación del mundo agropecuario argentino deja más dudas que certezas sobre las consecuencias de un paquete tecnológico que prescinde de las personas y del cuidado de la naturaleza.

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