Cultura

Lali Espósito: la fiesta como resistencia

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Julián Gorodischer

Con recitales masivos como el de River, la estrella pop reivindica el derecho a disfrutar y disentir sin pedir permiso. Actitud rockera, canciones y coreografías para resistir a los tiempos de Milei.

Fuerza vital. Con una sonrisa que conquista, la cantante enarbola el poder feminista.

Foto: Getty Images

La leyenda en la remera la sintetiza: «Nunca fui lo que querían de mí». Es autoafirmación, pero también un manifiesto político voluntario. En tiempos de disciplinamiento digital, patrullaje ideológico y ejércitos de trolls que operan desde el poder, Lali Espósito propone una contraseña generacional. Acaso sin proponérselo, terminó convertida en una figura de resistencia cultural de la Argentina de Javier Milei, a posteriori del mote bajado desde el poder, «Lali Depósito», y otras tantas injurias.

La escena en River fue elocuente. Ante un estadio repleto, respondió a la obsesión presidencial con una frase tan pop como devastadora: «Es mi fanático, me vuelve loca/ Todas las noches se come mis sobras». La réplica no tuvo el tono solemne de la denuncia ni la gravedad del manifiesto partidario. Fue otra cosa. Ironía, picardía, desparpajo. El recurso más eficaz contra los autoritarismos: la sonrisa y la alegría. 


Ser y no parecer
Cuando la conversación pública sobre derechos, diversidad, feminismo o libertad de las identidades parecía confinada a determinados circuitos de pertenencia, Lali hizo otra cosa: convirtió esas discusiones en cultura de masas. Las volvió estribillo, coreografía, gesto, meme, frase compartible. Las bajó al lenguaje de la emoción y de la fiesta. Allí donde el discurso político suele interpelar desde la razón, ella contesta con el cuerpo. El mérito no reside únicamente en el éxito de sus canciones. Maneja el vivo con una destreza extraordinaria. Tiene actitud rockera en formato teen-pop. Hay pogo, flotación sobre el público, desborde corporal y, al mismo tiempo, una extraña sensación de cercanía.

La palabra clave es empatía. Lali mira a los ojos. Lo hace en los estadios y lo hizo en la televisión, en La Voz Argentina, donde convertía el formato industrial del concurso de talentos en una sucesión de diálogos uno a uno. La masa podría asegurar «yo la conozco». O, mejor dicho, «podría conocerla». No posa. No parece actuar. Es natural. Asequible. Querible.

Su convocatoria excede las categorías del marketing. Concita apoyo entre los 18 y los 40 años y un poco más. Es «lo joven» más que ninguna otra cosa en este país. Y, al mismo tiempo, logra un cruce intergeneracional. En su repertorio conviven Los Redondos y Charly con la estética de los traperos contemporáneos. La épica rockera y la lógica del streaming.

Es, además, profundamente dialéctica. Puede ser la «novia de América» en sus apariciones públicas junto al referente de Gelatina, Pedro Rosenblat, y al mismo tiempo encarnar el morbo de «Disciplina» o el coqueteo lésbico, pansexual y antimonogámico de El fin del amor, la serie basada en el universo intelectual de Tamara Tenenbaum. Puede pasar de las interacciones diabólicas con Dillom al mainstream absoluto de Telefe y Ticketek sin perder autenticidad.
Pertenece a esa estirpe de mujeres que las cámaras aman, las de los pequeños traspiés, de la distracción controlada; lobas con alas, de Susana a Marilyn, aureoladas por su representación de transparencia.

Cuando se enoja, explota. Lo hizo con Milei. Lo hizo con Eial Moldavsky. Se las «canta» en la cara. Otra tipología que la TV ensalza, en la Lali de Banfield, en el Bizarrap de Ramos Mejí: artistas de la gente, sin caretas. Ser y no parecer, «Esto es lo que ves». Condensa, a la vez, crudeza y facciones de una ex Casi ángeles, de la usina de Cris Morena a la factoría española de series globales con Sky Rojo.

En un Vélez o un River colmados está el signo de la masa: es la oposición al poder de turno. Cuando se euforizan ante «Fanático», y llega el clímax con la polaroid de Lali y los dedos en alto con mohín estupidizado, el público truena; indomable, se hace presente una voz colectiva invisibilizada en los grandes medios masivos.

Los pib(x)s aparecen usualmente en situaciones de conflicto crónico, como la toma de un colegio o en la piel o el fantasma de una chica de provincia, desaparecida, en los canales en continuado; se ve poco a Lali y su gente; no su fuerza vital, sexual, pulsional que redobla su grito ante la agresión externa. Donde otros ídolos musicales solo ven y cantan al romance y el flirteo con derecho a goce carnal, Lali replica «Soy un ser único y todo lo que digan sobre mí me fortalece».

A la problemática actual número uno adolescente, el hating, Lali responde en alianza con la diva de ayer: «¿Quiénes son?». Lali es una figura integradora, teje alianzas fundamentales. Con el pasado y con el pensamiento; con la progresía que parecía mala palabra en tiempos de woke en primeras planas mata-verdad.

En sus temas apela a una reconstrucción colectiva desde la fortaleza individual, a ser tratados bien. A no temer ser identificados como «zurdos», «mandriles», «basura». Lali será recordada como la resistencia de este duro tiempo sin recursos para la cultura y con una horda de activistas de la discriminación y el odio. Con una sonrisa que conquista, con mucha discoteca y sex appeal encima, ella da una respuesta inesperada en la batalla por el disfrute. Potencia mata-norma; precisa y veloz en la coreografía; con permiso para ganarse la amistad en escena de Kylie Minogue en dueto triunfal en aquel River histórico, en el que una mujer chiquita enarboló el verdadero poder feminista, como un freno a la violencia y una masiva y vital fuerza esperanzadora.

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