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Fidel Castro, vigencia de un imprescindible

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Diego Pietrafesa

En el centenario del nacimiento del líder revolucionario, referentes de la cultura y las artes reivindicaron las lecciones y el pensamiento transformador del hombre que trascendió las fronteras de Cuba.

CCC Floreal Gorini. Boron, Junio, Santos Iñurrieta, Luzzani y Farré, en la actividad.

Foto: Jorge Aloy

Un siglo, para un hombre de todos los siglos. Un mar de palabras para un océano de profundidad inabarcable. El centenario del nacimiento de Fidel Castro se evocó en el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini, en una charla que llevó como título «Legado y perspectiva de una convicción revolucionaria».

Abrió el encuentro Juan Carlos Junio, director del CCC, quien fundamentó el espíritu de la actividad: «¿Por qué hacemos esto? Es una combinación de un deber político que sentimos frente al Comandante, un deseo como militantes políticos de perspectivas socialistas y revolucionarias, una inclinación personal de cada uno de nosotros y nosotras, porque la Revolución cubana y Fidel fueron factores determinantes en nuestras vidas».

Junio perfiló, además, el carácter multiplicador de la gesta de la revolución cubana: «La revolución en nuestro idioma, en nuestra cultura, en, por qué no decirlo, en nuestras religiones y creencias, más allá de los que somos ateos. La revolución impacta en los pueblos de todo el continente como un huracán. E impacta no solo en las tradiciones comunistas, socialistas, de perspectiva revolucionaria, socialdemócratas, sino que, por caso, en un país como la Argentina y en otros países del continente impactan en lo que podríamos nuclear en los nacionalismos revolucionarios, como por ejemplo el peronismo».

El dirigente eligió destacar el optimismo revolucionario de Fidel: «Compartimos ese optimismo, a partir de nuestras ideas confiamos en los pueblos y por lo tanto confiamos en que los procesos revolucionarios, cortos, medianos o largos en materia del tiempo, cortos o cercanos o distantes al proceso biológico de cada una de nuestras vidas, esos procesos están convocados para el triunfo».

De todas las lecciones que dejó Fidel, Leonardo Frank Baster Paz, encargado de negocios de la embajada de Cuba en Argentina, señaló tres: «La primera, la unidad por sobre todas las cosas. La unidad como obsesión del revolucionario para enfrentar y para alcanzar cualquier tarea, pequeña o gigantesca. Eso lo podemos aplicar hoy también, un escenario extremadamente complejo en el mundo y particularmente en nuestra región. Después, la defensa a ultranza y sin concesiones de la soberanía. Jamás ponerse de rodillas ni mirar hacia el suelo, mirar siempre a los ojos, con la convicción de que por pequeño que sea cualquier país, en este caso Cuba, en una mesa estamos en igualdad de condiciones. Y jamás se hacen concesiones que laceren la soberanía de nuestras patrias. Por último, precisamente eso: jamás traicionar a la patria. Nunca».

La periodista y analista internacional Telma Luzzani describió a la gesta cubana como «una puesta en escena bíblica que es como del David y Goliat. Parece una metáfora o una utopía, pero en el caso de Fidel y en el caso de Cuba, esta imagen se ve no durante un año, durante una década, sino desde la Revolución de 1959 o incluso de antes, desde la Sierra Maestra y hasta hoy y probablemente hasta el futuro, día a día».

Esta relación entre el fuerte y el débil es –para la periodista– un dato jamás concluyente: «Eso de la relación de fuerzas no es matemática, no es voluntarismo ni optimismo irresponsable, sino todo lo contrario, es saber que la lucha consiste en no rendirse. No rendirse, tener fe en las convicciones y en la victoria. No ceder jamás soberanía ni autodeterminación. Ser solidario, nadie se salva solo. El internacionalismo consecuente. Y no atarse solo a la reflexión o a la lectura, sino entender el pensamiento y la acción, que son un todo».

Luzzani volvió a otra característica sobresaliente en Fidel, la semilla. Un fruto que, paradójicamente, se extendió, dice, desde el «período especial», un tiempo de extrema dificultad post caída de la Unión Soviética: «Cuba decidió entonces hacer un sacrificio en aras de conservar su proyecto socialista, su fidelidad revolucionaria y su dignidad como pueblo. Y esta fuerza, esa calidad, fue la que permitió, treinta años después, que en América Latina viviéramos tiempos históricos como la revolución bolivariana de (Hugo) Chávez, que tuviéramos un Néstor y una Cristina Kirchner, un Lula y una Dilma (Roussef), un Evo (Morales), un (Rafael) Correa, un (Fernando) Lugo, un (Manuel) Zelaya». 

Sala Tuñón. Leonardo Frank Baster Paz, representante de la Embajada de Cuba en Argentina, invitado por el CCC.

Foto: Jorge Aloy

Una figura universal
El politólogo Atilio Boron –autor de numerosos libros, muchos de ellos sobre Nuestra América–, recordó los numerosos encuentros que tuvo cara a cara con Fidel Castro. Elogió su escucha, su capacidad de asombro, su descomunal inteligencia, su capacidad de mirar más allá, su infatigable hechizo para el diálogo. Y se preguntó: «¿Cuántos políticos, cuántos estadistas cubrieron con su presencia toda la segunda mitad del siglo XX y los primeros años de este siglo?» . 

«Pensé en Juan Domingo Perón, después dije Cárdenas (Lázaro, presidente de México 1934/40), después pensé en Salvador Allende y así seguí. Y la verdad que por más que uno pudiera tener una valoración muy positiva de estos hombres, sobre todo de Allende, personaje extraordinario, injustamente desvalorizado en los ámbitos de la izquierda contemporánea, ninguno llegó a tener la estatura de Fidel ni la longevidad de Fidel, ninguno llegó a tener la presencia de Fidel en la arena internacional, yo diría en la política mundial. Y digo, ¿y Mao? Mao, nada menos que el líder de una revolución comunista en el país más poblado de la tierra, China, casi mil millones de habitantes. ¿Tuvo Mao una influencia igual a la que tuvo Fidel? Y después de pensar un rato dije, no, no la tuvo. Mao era una figura asiática, no era una figura mundial. Y tampoco lo fue Ho Chi Minh».

Boron volvió a la mirada regional para dar cuenta de las dimensiones de Fidel como un adelantado a su tiempo: «Este hombre vio el sur global a mediados de los 60, cuando no existía la idea. Él plantea la urgente necesidad de constituir esa articulación. Y lo hizo desde Cuba. Y lo hizo contrariando muchos de los prejuicios que inclusive compartían gente de izquierda, diciendo que Cuba en materia internacional simplemente era un apéndice de la Unión Soviética. Que Cuba y Fidel hacían lo que Moscú dictaba que debía hacer. Lo cual es absolutamente falso».

La cantante Paula Farré aportó una bella canción, «Cabalgando con Fidel», y destacó la gigante trasformación cultural en la isla: «Cuando una sociedad permite que los hijos de los trabajadores puedan acceder a la formación artística de excelencia se rompe una de las formas más profundas de la desigualdad, que es la desigualdad en el acceso a la belleza, a la creación y al conocimiento».

En el cierre, Manuel Santos Iñurrieta, director artístico del CCC, compartió un sentido poema de su autoría y dejó en la sala Raúl González Tuñon la certeza de que la revolución es posible, entre otras cosas, porque es bella:

«Dice Fidel, lo contemporáneo es para siempre.

Acumulación primaria, agua de vertiente, eso que late. Lo inexorable, lo pendiente. Eco que subyace, cúmulo.

Y nosotros, fuera. Nosotros somos los muertos y los vivos. Somos los que se mueven en este mundo.

Somos un antes, un después, un por ahora todavía. Somos las letras exactas y la palabra más bonita. Somos los necios, los payasos, los equilibristas.

Los que sueñan que aún se puede entrar con el caballo y ir de frente y consagrar a la primavera un verso tirando besos por la espalda. Viva Fidel, viva la revolución cubana. Patria o muerte, venceremos».

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