25 de agosto de 2026
Los retratos de Luis Felipe Noé, Marta Minujín, Julio Le Parc y otros cien creadores le dan vida a Maestros, la muestra de Gaby Messina. La importancia de la cultura para la identidad de un país.

Registro personal. Messina y algunas de las fotos exhibidas en el Museo Quinquela Martín.
Foto: Guido Piotrkowski
Diez años después de haber retratado a 112 artistas argentinos mayores de 60 años en sus talleres y crear una comunidad de retratos y un documental, la artista visual Gaby Messina vuelve sobre ese material, hoy un archivo precioso. De eso se trata la muestra que se puede ver en el Museo Quinquela Martín de La Boca, Maestros. El árbol y el bosque, el mismo lugar donde se exhibe como patrimonio un retrato del propio Quinquela fotografiado por Aldo Sessa. Esa obra fue la señal perfecta para que Messina exhibiese su trabajo allí y no en otro espacio de la ciudad.
De Julio Le Parc a Diana Lowek, de Renata Schussheim a Luis Felipe Noé, de Marta Minujín a Clorindo Testa, la lista es contundente y diversa. La distancia temporal resignificó aquellas imágenes tomadas en sus respectivos estudios. Algunos de los retratados ya no están; otros envejecieron junto con la propia artista. «Estos diez años no me encuentran igual», dice. «Volver a ver el documental me interpela desde lo que estoy viviendo ahora. El tiempo te faja, te golpea, te llena de experiencias nuevas y este trabajo me lo hizo ver en su momento y ahora mismo, cuando pensé en fotografiarlos no solo porque eran gente grande sino por lo grandioso de su obra artística. Este trabajo me enseñó la importancia de escuchar a nuestros mayores».
Escuchar y ver
Maestros funciona como una puerta de entrada a una producción mucho más amplia, atravesada por una pregunta constante: ¿qué significa la identidad argentina? Desde hace años, Messina investiga comunidades afrodescendientes y esa búsqueda sigue expandiéndose. De ahí sus viajes a distintos países de África para conocer su historia y el impacto de las corrientes migratorias en Argentina, temas que reflejó en numerosos ensayos visuales: sus series de retratos en Sudáfrica, Mozambique o Cabo Verde.
Ese interés nació justamente de una duda sobre la identidad nacional. «Empiezo a rechazar ese concepto de que nosotros somos blancos, europeos, que Buenos Aires es la París latinoamericana», observa. «Entonces empiezo a preguntarme acerca de los descendientes de los esclavizados que han venido en la época colonial», completa.
Entre sus trabajos más recientes sobre el tema se encuentra el video experimental Doña María, una colección de imágenes oníricas que cuentan la historia de una mujer originaria de Cabo Verde que llegó al país proveniente de Portugal, estudió aquí medicina y hoy es una eminencia. «Ya tiene 90 años y sigue trabajando», comenta. El leitmotiv de la pieza es una flor enorme como la mujer que navega junto a ella. «La flor me la monté yo, pero para la parte del viaje donde se ve el recorrido por el mar y por distintos países recurrí a la IA», explica.
Galería. Luis Felipe Noé, Marta Minujín, Julio Le Parc, Sara Facio y Clorindo Testa. Fotos: Prensa
El trabajo también tiene una raíz íntima. Recuerda que, de niña, en una escuela de monjas alemanas, fue discriminada por su aspecto físico. «No me invitaban a jugar», dice. «Una chica rubia y de ojos azules se rozó con mi pelo y salió corriendo a lavarse», agrega.
Aquella experiencia la acompañó durante toda la vida y la impulsó a preguntarse qué significa ser excluido por el color de la piel.
Y esto nos lleva a hablar de otras exclusiones, como la de la cultura dentro de la agenda del Gobierno nacional. «Ahora estamos todos en un bote, remándola», ilustra. «Es un momento muy triste. Cuando un periodista te manda a manejar un Uber, es un golpe muy bajo».
Considera que los recortes al sector y la desvalorización del trabajo artístico golpean a una dimensión esencial de la sociedad.
«La cultura es supernecesaria para la identidad de un país. No podés dejarla en el nivel más básico: eso arruina generaciones y pone en peligro nuestro presente. La cultura alimenta a todos. Nutre. Creo que para manejar un país, una empresa, para criar un niño, para lo que sea, la cultura es clave, te va a acompañar consciente o inconscientemente, siempre va a estar ahí. Porque el arte se anima a hablar de amor, de respeto, de identidad, de ir todos para el mismo lado», subraya.
Actualmente, Messina se encuentra trabajando en el «Censo para el Wiphala». Se trata, explica, de «un censo visual y registro de personas nativas de pueblos originarios que habitan en los 48 barrios de la Ciudad de Buenos Aires».
En la producción de su obra se vislumbra una importante inversión de tiempo y de dinero para poder llevarla adelante. Al respecto, cuenta que «el trabajo lo hago sola. No tengo un equipo y soy como una hormiga que busca y busca. Pido todas las becas que encuentro, las ayudas que se ofrecen en la Ciudad, en el país y donde pueda».
Entre muchos encuentros mágicos que marcaron su recorrido, destaca la inesperada alianza que forjó con Gustavo Santaolalla.
«Hace años estaba trabajando en un libro con Alejandro Ros y él, a su vez, estaba trabajando en un disco con Santaolalla. Alejandro me pidió permiso para mostrarle mis fotos y se lo di. A Gustavo le encantaron y así nos conocimos. Es muy generoso, me cede los derechos de su música para que las use en mis películas».
Cuando se le pregunta cuál podría ser su legado, no piensa en premios o en dinero. No lo duda: «Me gustaría ser recordada como alguien que supo escuchar al otro. Escuchar es también ver».





