Cultura

Nati Jota y el arte de la transparencia

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Julián Gorodischer

Del desparpajo que mostró en Luzu al oficio de conductora que despliega en Olga, retrato de una figura del streaming que hizo del deseo, la exposición y el riesgo una forma singular de estar frente a cámara.

Capital. Protagonista y comentarista de sí misma, se mueve entre la turbiedad y la frivolidad con la misma disposición.

Foto: Captura

Hay que observar el cambio de Nadie dice nada a Sería increíble.

Porque entre una Nati Jota y la otra hay bastante más que un pase de Luzu a OLGA: está el recorrido de una figura que administró el desparpajo, ganó austeridad y aprendió a conducir sin domesticar aquello que la volvió atractiva. Natalia Jersonsky es un ícono perfecto de los tiempos que corren: antilocutada, natural hasta la sobreactuación, autoodiante, voluptuosa, contradictoria, peligrosamente cercana al exabrupto que circula a su alrededor.

Su recorrido, además, acompaña una mutación de época: de ESPN Redes y la televisión abierta a Luzu y, finalmente, OLGA. Del centro de gravedad mediático hacia el streaming: primero fue una chica de redes absorbida por la televisión; ahora pertenece a una generación para la cual la televisión es apenas uno de los medios posibles. Uñas con brillitos, un rubio cada vez más claro que la acerca a cierta tradición de divas argentinas, un cuerpo voluptuoso y el viejo arte de saber estar incluso cuando no hay demasiado que decir. Solo que ahora la compañía no es radial ni televisiva: ocurre en esa tierra híbrida y mutante llamada streaming.

En Nadie dice nada había algo de enajenación deliberada en su fascinación por Nico Occhiato. Nati hacía de deseante no correspondida, un personaje que le quedaba especialmente bien porque invertía una convención ancestral del cortejo mediático. En vez del varón avasallante y la mujer que administra sus avances, ella asumía la iniciativa, la insistencia, el papelón y hasta el rechazo. Más tarde repetiría parte del dispositivo con el periodista deportivo Gastón Edul: ofrecerle en bandeja sus «pechugonas», exagerar la disponibilidad, jugar a ser el objeto y, a la vez, la directora de la escena.

La paradoja es magníficamente Nati, porque esas mismas «pechugonas» que ahora funcionan como signo cómico habían pasado antes por un quirófano para ser reducidas. Puede hacer de su cuerpo un objeto antes de que otro lo haga por ella; ofrecerlo, exagerarlo, burlarse de él y convertir aquello que alguna vez le produjo incomodidad en una herramienta de poder escénico. No resuelve la vieja tensión entre ser mirada y decidir cómo ser mirada: la exhibe. Ella puede ser la chica que modifica su cuerpo para sentirse más cómoda y la diva que después lo pone sobre la mesa como parte de su arsenal mediático.


Curvas peligrosas
Nati es «transparente», según una de las palabras fetiche de la época. Pero la transparencia es un mito que las redes promueven como reacción a décadas de pose televisiva. Hay que ser espontáneo, auténtico, sin filtro. Sería increíble funciona a veces como laboratorio de ese peligro. Eial Moldavsky, pretendido filósofo del grupo, contó una noche sexual con detalles y alusiones que fueron interpretadas en redes como referencias a Lali Espósito; Homero Pettinato aportó a una escena que rápidamente se convirtió en problema. Fue una suerte de primera gran crisis de la era «Naticonductora».

Ella encontró una salida lo bastante hábil como para sortear la cancelación: sin desautorizar abiertamente a su compañero, logró tomar distancia de la escena y despegarse de sus consecuencias.

Explicó que «no había conectado con la situación como para poner un límite». La frase es casi un retrato generacional. No dicen «No me di cuenta», ni «Me equivoqué», ni mucho menos «Estuvo bien». No había «conectado». Es el idioma terapéutico de divulgación convertido en lengua franca de los medios masivos. El público, en términos generales, la sobreseyó.

No fue el único roce. Toto Kirzner, panelista fijo, quedó al borde de la cancelación por aquel pesebre paródico y semidesnudo que generó polémica. Y la propia Nati descubrió recientemente qué ocurre cuando la «transparencia» se mete con un santo nacional: criticó a Lionel Messi por posar junto a Donald Trump y le saltaron a la yugular, con Yanina Latorre entre las voces más vehementes. 

El streaming parece particularmente proclive a estos accidentes. Su promesa fundacional –épater les bourgeois, pero desde un sillón y con micrófonos de colores– depende de que todo parezca espontáneo, incluso cuando esa espontaneidad ha sido profesionalizada hasta la náusea. La conversación aquí es antierudita, antiletrada, aunque a su alrededor aparezcan pinceladas de pensamiento que intentan elevar unos centímetros la conversación.

Desde Moldavsky hasta el neurocientífico Estanislao Bachrach, cuyo paso por el programa derivó en otro momento incómodo: una discusión sobre felicidad, terapia y consumo de alcohol que terminó con Nati sintiéndose cuestionada incluso por su elección de terapeuta. Otra vez, lo personal no era un límite sino material del programa.

Una piba común
La nueva Nati interrumpe menos, respeta más las formas y muchas veces queda incluso subsumida a sus panelistas. Perdió electricidad, podría decirse. Pero ganó autoridad. El Martín Fierro llegó como certificación institucional de esa transformación, curioso destino para alguien cuya gracia original consistía en parecer ajena a cualquier institución. Ese aprendizaje se vuelve más visible cuando abandona la frivolidad. En las entrevistas policiales junto a Paulo Kablan –que funciona por momentos como tutor o mentor– aparece una Nati distinta. Frente a Nahir Galarza o en conversaciones atravesadas por crímenes de alto impacto, su mayor mérito consiste, paradójicamente, en no convertirse en especialista. Pregunta como preguntaría una piba común.

Allí funciona su capital más difícil de fabricar: la vibración emocional. Nati escucha y se nota que algo le pasa. No disimula el impacto detrás de una solemnidad periodística prestada ni pretende dominar aquello que desconoce. En algunas entrevistas asume haber alcanzado estados emocionales intensos. Para la cámara, pocas cosas resultan más magnéticas que un rostro al que genuinamente parece estar sucediéndole algo. Quizás ahí esté la clave de su evolución. La Nati de Nadie dice nada se ponía en riesgo deseando, hablando, exponiéndose demasiado.

La de Sería increíble conserva esa vibración, pero adquirió una segunda tarea: mientras habla, debe observar de reojo cómo está siendo leída. Es protagonista y comentarista de sí misma. Nati se mueve entre la turbiedad y la frivolidad con la misma disposición, sin establecer demasiadas jerarquías entre una y otra. No siempre sale indemne, y en esa vulnerabilidad persiste parte de su atractivo.

Después de tantos años de exposición, cuando todo debería haberse vuelto método, todavía conserva una cualidad poco frecuente: la sensación de que algo puede salirse del guion.

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