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África y el regreso de la soberanía

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Beto Cremonte

Del Sahel a Sudáfrica, Gobiernos con trayectorias muy diferentes reabren el debate: quién controla los recursos estratégicos y bajo qué condiciones el continente se integra al nuevo orden mundial.

Ibrahim Traoré. El presidente de Burkina Faso encabeza la fila en una visita a Moscú. Lidera un cambio en el continente.

Foto: Getty Images

Más de seis décadas después de las independencias, un número creciente de países africanos vuelve a discutir quién controla sus recursos estratégicos, define sus políticas económicas y decide el rumbo de su desarrollo. El fenómeno adopta formas diversas, pero expresa una misma convicción: la independencia política solo es plena cuando también existe capacidad para decidir sobre el propio destino.

Durante años, la palabra soberanía pareció haber desaparecido del vocabulario político africano. Las discusiones giraban alrededor del crecimiento económico, la estabilidad institucional, la lucha contra el terrorismo o la atracción de inversiones extranjeras. Sin embargo, en los últimos años ese concepto volvió a ocupar un lugar central en buena parte del continente. Lo hizo con Gobiernos, ideologías y recorridos muy distintos, pero con una pregunta compartida: ¿quién decide hoy sobre el futuro de África?

La inquietud no es nueva. Durante buena parte del siglo XX, la gran aspiración de los pueblos africanos fue conquistar la independencia.

Sin embargo, una vez derribado el dominio colonial directo, muchos de los mecanismos que habían organizado la subordinación permanecieron intactos. Las nuevas fronteras nacionales convivieron con economías especializadas en exportar materias primas, monedas vinculadas a las antiguas metrópolis, acuerdos militares que aseguraban la presencia de potencias extranjeras y organismos financieros capaces de condicionar las políticas económicas de numerosos Estados. La bandera había cambiado, pero no siempre quién decidía sobre los recursos, el crédito, la seguridad o el modelo de desarrollo.

Patrice Lumumba, líder anticolonialista y ex primer ministro de la República Democrática del Congo, sostuvo que la libertad política carecía de sentido si las riquezas del país continuaban siendo explotadas desde el exterior. Kwame Nkrumah, político de Ghana que luchó por su independencia, definió ese escenario como una nueva forma de dominación y acuñó el concepto de neocolonialismo. El filósofo, escritor y activista político Frantz Fanon advirtió que las élites nacionales podían limitarse a administrar el mismo sistema heredado del colonialismo, mientras Thomas Sankara –revolucionario panafricanista y ex presidente de Burkina Faso– defendió la autosuficiencia económica y la producción nacional como condiciones indispensables para construir una verdadera soberanía.

Décadas más tarde, Muammar al Gaddafi, líder que gobernó Libia por 42 años, impulsó la creación de un Banco Central Africano, un Fondo Monetario Africano y mecanismos financieros propios que redujeran la dependencia del continente. La intervención de la OTAN en Libia, en 2011, puso fin a ese proyecto y fue interpretada por numerosos dirigentes africanos como el cierre abrupto de uno de los últimos grandes intentos de autonomía continental. Más allá de sus diferencias, todos compartían una misma convicción: la independencia política sería siempre incompleta mientras las principales decisiones económicas y estratégicas continuaran tomándose fuera de África.


Del consenso neoliberal al regreso del debate
Durante los años 90 y buena parte de la primera década del siglo XXI, ese horizonte soberanista perdió centralidad. El fin de la Guerra Fría consolidó un orden internacional dominado por Estados Unidos y Europa, mientras las políticas de ajuste estructural promovidas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial desplazaban del centro del debate las estrategias nacionales de desarrollo. En numerosos países africanos la prioridad pasó a ser estabilizar las economías, abrir los mercados y atraer inversiones externas, aun cuando ello implicara profundizar estructuras productivas dependientes de la exportación de materias primas.

El escenario comenzó a cambiar con el ascenso de China, el regreso de Rusia como actor global y la creciente presencia de Turquía, India y los países del Golfo. Al mismo tiempo, el peso creciente de los Brics redujo la capacidad que durante décadas habían tenido las potencias occidentales para fijar unilateralmente las reglas de la cooperación económica y política. África dejó de tener un único interlocutor y comenzó a disponer de un margen de negociación mucho mayor.

La transformación coincidió con otro fenómeno decisivo. La transición energética y la revolución tecnológica multiplicaron el valor estratégico de los recursos africanos. El continente concentra cerca del 30 % de las reservas minerales conocidas del planeta y posee buena parte del cobalto, manganeso, cobre, grafito, uranio y tierras raras indispensables para fabricar baterías, vehículos eléctricos, turbinas eólicas, paneles solares y tecnologías digitales. Esa realidad convirtió a África en uno de los principales escenarios de la competencia económica global.


Distintos caminos, una misma pregunta
El dato más significativo es que el regreso del soberanismo no responde a un único modelo político ni a una sola región del continente. Mali, Burkina Faso y Níger representan su expresión más rupturista. Sus Gobiernos rompieron acuerdos militares con Francia, exigieron la retirada de tropas extranjeras, abandonaron la Cedeao (Comunidad Económica de Estados de África Occidental) y crearon la Confederación de Estados del Sahel (Unión política y militar formada por Malí, Níger y Burkina Faso) con la intención de recuperar el control sobre la seguridad y los recursos estratégicos.

Patrice Lumumba. Símbolo anticolonialista, ex primer ministro de la República del Congo.

Foto: Getty Images

En una intervención realizada en Moscú en 2025, el presidente burkinés Ibrahim Traoré resumió ese espíritu con una frase que recorrió el continente: «África no es pobre. Son nuestras riquezas las que alimentan al mundo».

Senegal llegó al mismo debate por una vía completamente distinta.

La victoria electoral de Bassirou Diomaye Faye y Ousmane Sonko estuvo acompañada por la promesa de revisar contratos energéticos, fortalecer la industrialización y redefinir la relación con Francia desde una posición de mayor equilibrio. Aunque hoy ese proyecto atraviesa tensiones internas y redefiniciones, consolidó la discusión sobre una mayor autonomía nacional como uno de los ejes de la política senegalesa.

Argelia sostiene desde hace décadas una política exterior relativamente autónoma y una fuerte presencia estatal en el sector energético. Madagascar busca ampliar su margen de decisión mediante la diversificación de alianzas económicas y diplomáticas, mientras Sudáfrica impulsa desde los Brics y la Unión Africana una agenda que promueve la industrialización y la agregación de valor a los minerales estratégicos del continente.

Sería un error interpretar estas experiencias como un único proyecto político. Sus diferencias son profundas, pero todas parten de una misma constatación: durante décadas África ocupó un lugar central como proveedora de materias primas y uno marginal allí donde se genera la mayor parte de la riqueza. El debate soberanista busca modificar esa ecuación. Ya no alcanza con discutir quién extrae el petróleo, el oro o el cobalto; también importa dónde se refinan esos recursos, quién desarrolla la tecnología asociada, quién financia la infraestructura y quién captura el valor agregado que producen. La disputa ya no gira únicamente alrededor de la propiedad de las riquezas naturales, sino del control de toda la cadena económica vinculada a ellas.

Más de 60 años después de las independencias, África vuelve así a discutir una cuestión que parecía resuelta, pero nunca dejó de estar abierta. La soberanía ya no se entiende únicamente como la existencia de un Estado independiente, sino como la capacidad efectiva de decidir sobre la economía, los recursos estratégicos, la seguridad y el propio modelo de desarrollo. Ese debate está lejos de resolverse y adopta formas muy distintas según cada país. Sin embargo, el hecho de que haya regresado al centro de la agenda política africana constituye uno de los cambios geopolíticos más relevantes del continente en las últimas décadas. Quizá esa sea la principal novedad del momento africano: más que elegir entre unas u otras potencias, un número creciente de Gobiernos vuelve a discutir cuánto, cómo y para qué quiere ejercer su propia capacidad de decisión. En esa discusión, todavía abierta y llena de contradicciones, la soberanía ha dejado de ser solamente la memoria de las luchas anticoloniales para convertirse nuevamente en un proyecto de futuro.

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