Historia

80 años de ciudadanía política

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Primero fue el sufragio femenino, después el cupo y, al final, la paridad de género, pero todavía falta. A ocho décadas de la sanción de la ley que les permitió a las mujeres elegir y ser elegidas, un repaso por las luchas que lo hicieron posible y las pendientes.

1951. En la primera elección, se emitieron 3.816.654 votos femeninos y fueron elegidas 133 mujeres en distintos cargos legislativo.

Foto: Getty Images

El 21 de agosto de 1946, hace 80 años, el Senado de la Nación dio media sanción al proyecto que reconocería los derechos políticos de las mujeres argentinas. Fue el primer paso parlamentario hacia el sufragio femenino, aunque todavía faltaría más de un año para la sanción definitiva de la ley y cinco años para que las mujeres votaran por primera vez en una elección presidencial.

La Cámara de Diputados aprobó el proyecto el 9 de septiembre de 1947 y el 23 de septiembre se promulgó como Ley 13.010. El 11 de noviembre de 1951, casi cuatro millones de mujeres participaron por primera vez de una elección nacional. Pero aquella conquista no solo incorporó a las mujeres al padrón. También abrió una discusión sobre qué significaba ser ciudadana y, especialmente, sobre el derecho a ser elegidas.

Esa dimensión recupera la historiadora Julia Rosemberg en Eva y las mujeres: historia de una irreverencia, publicado por Futurock. El libro propone revisar la figura de Eva Perón más allá del mito sentimental, la beneficencia o la pasión política. La presenta como una dirigente que entendió el voto femenino como una herramienta de organización y transformación política.

La media sanción de 1946 no fue el resultado de una única figura. El movimiento sufragista argentino tenía una larga historia y numerosas mujeres habían militado durante décadas por sus derechos políticos. Pero el proyecto perdió impulso en Diputados y allí adquirió un papel central Eva Perón.

A comienzos de 1947 desplegó una campaña pública y radial para reclamar la aprobación definitiva. No se limitó a respaldar el proyecto: convirtió el sufragio femenino en una causa política y en una herramienta de movilización popular.

Para Rosemberg, Eva no concebía el voto solo como un derecho individual. Lo vinculaba con la organización colectiva de las mujeres y con la posibilidad de transformar su lugar en la política.


Una nueva identidad cívica
La sanción de la Ley 13.010 fue apenas el comienzo. Había que incorporar a millones de mujeres al padrón y otorgarles una identidad cívica.

Ana Laura Martín, coordinadora de Investigación, Biblioteca y Archivos del Museo Evita, destaca la importancia de que «todas las mujeres tuvieran por primera vez libreta cívica». Hasta entonces, los padrones electorales estaban vinculados al enrolamiento militar masculino. «Los padrones tradicionalmente en nuestro país se confeccionaron a partir de los padrones militares», explica Martín. Los varones tenían una libreta que funcionaba como identificación cívica y electoral. Las mujeres contaban con documentos, pero no con una identificación equivalente que las incorporara al sistema político.

El empadronamiento comenzó en 1948. Y allí apareció otra dimensión del trabajo de Eva: la construcción territorial del Partido Peronista Femenino. Eva creó una estructura autónoma de la organización masculina del peronismo y una red de delegadas censistas que recorrieron el país.

Fueron enviadas a provincias y localidades para conocer la realidad de cada lugar, registrar a las mujeres y explicarles que tenían un nuevo derecho. «Había que identificar a esas mujeres, empadronarlas y que supieran que tenían el derecho a votar», señala Martín. «Fue un trabajo federal enorme».

Las unidades básicas femeninas no fueron solamente locales partidarios. Funcionaron también como espacios de asistencia, alfabetización, capacitación y organización comunitaria. Allí se desarrolló una verdadera pedagogía política que permitió que miles de mujeres se incorporaran a una estructura partidaria.

Para Rosemberg, esa organización resulta clave para comprender lo ocurrido en 1951. Eva no esperaba que las mujeres simplemente recibieran una libreta y concurrieran a votar. Buscó incorporarlas activamente a la política.


Elegir y ser elegidas
«Elegir y ser elegidas» es precisamente el nombre de la sala que acaba de ser remodelada en el Museo Evita. Martín explica que muchas veces «se pierde un poco conceptualmente la idea de también poder ser candidata». La diferencia es sustancial. La ciudadanía política no termina en el cuarto oscuro. También supone disputar candidaturas, ocupar lugares en las listas y participar de los espacios donde se toman decisiones.

La estructura del Partido Peronista Femenino permitió dar ese segundo paso. De aquella red territorial surgieron muchas de las candidatas que posteriormente llegaron al Congreso.

En las elecciones de 1951, se emitieron 3.816.654 votos femeninos sobre un total de 7.594.148 y fueron elegidas 133 mujeres en distintos cargos legislativos. La llegada de mujeres al Congreso fue inédita. «Hasta la ley de cupo, nunca nuestro Congreso tuvo tanta presencia de mujeres como en ese momento», señala Martín.

La paradoja aparece décadas después. En 1991, Argentina sancionó la Ley 24.012 de cupo femenino, que estableció un mínimo del 30% de mujeres en las listas legislativas. En 2017, la Ley 27.412 de Paridad de Género estableció que las listas para cargos legislativos nacionales deben integrarse alternadamente por mujeres y varones.

El hecho de que fueran necesarias esas leyes muestra que el reconocimiento formal de la ciudadanía no garantizó por sí mismo una representación equilibrada.

Rosemberg rescata precisamente a Eva como una estratega política. La organización del Partido Peronista Femenino era vertical y estaba fuertemente conducida por ella, pero al mismo tiempo permitió que miles de mujeres accedieran a la militancia, recorrieran el territorio, ocuparan espacios de decisión y llegaran al Congreso.

Esa tensión forma parte de la «irreverencia» que la historiadora encuentra en Eva. También aparece en «Mi mensaje», el texto que escribió poco antes de morir y que Rosemberg considera su testamento político más radical. Allí Eva desafía a la oligarquía, al clero y también a sectores de la propia dirigencia peronista que buscaban moderar el proceso político.

Su figura resultaba disruptiva: era mujer, provenía de un sector popular y ocupaba un espacio político reservado hasta entonces casi exclusivamente a los hombres.

Después del golpe de 1955, esa irreverencia se convirtió también en motivo de un fuerte ensañamiento. Rosemberg analiza cómo la dictadura buscó intervenir sobre el cuerpo y la memoria de Eva y borrar los símbolos asociados a su figura. Pero la incorporación de las mujeres a la ciudadanía política ya no podía borrarse.


La representación pendiente
Ochenta años después de aquella primera media sanción, las mujeres argentinas votan. La discusión ya no pasa por si deben participar de las elecciones, sino por cuánto poder efectivo tienen dentro de la política. ¿Quiénes llegan a las listas? ¿Quiénes las encabezan? ¿Quiénes ocupan los lugares de mayor poder?

La existencia de una ley de cupo primero y de una ley de paridad después muestra que la igualdad formal no alcanzó para producir una representación equilibrada.

La remodelación de la sala «Elegir y ser elegidas» del Museo Evita recupera ese recorrido: del reconocimiento del derecho a votar a la disputa por la representación. Votar significa elegir a quienes gobiernan. Ser elegida significa poder formar parte de quienes gobiernan.

El 21 de agosto de 1946 comenzó en el Congreso un proceso que cambiaría para siempre la ciudadanía argentina. Eva Perón fue una figura central en la transformación de ese derecho en una herramienta de organización política de las mujeres.

Ochenta años después, el voto femenino es una conquista consolidada, pero, ¿cuánto falta para que el derecho a elegir tenga, en la práctica, su verdadero correlato? El derecho de las mujeres a llegar en igualdad de condiciones a los lugares donde se toman las decisiones.

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