1 de septiembre de 2026
Con las redes como aliadas, una camada de jóvenes humoristas conquista a miles de seguidores con sus sketches y se catapultan a las grandes salas con sus shows de stand up. Entre el algoritmo y la crítica social.

A lo largo del tiempo, los escenarios donde el humor transcurre han cambiado de los teatros a la televisión, pasando por el cine y la radio. Hoy en día los celulares parecen haberse convertido en el espacio donde cada vez más personas consumen humor. En formato de breves piezas audiovisuales, ya sean reels de Instagram, shorts de YouTube o videos de TikTok. Muchos comediantes emergentes cosechan miles de seguidores y se catapultan a los medios tradicionales, al circuito de stand-up y a los grandes teatros.
¿Se trata simplemente de una mudanza de soporte o está naciendo otra forma de concebir al humor? ¿Se puede hablar de una «nueva comedia online»? Entre la lógica del algoritmo, la búsqueda de viralidad y el regreso a las salas, una nueva generación debate a pedido de Acción qué cambió y qué permanece en la búsqueda de la risa del público.
Para Lucas Upstein, la mayoría de los comediantes que se destacan en el ecosistema digital ya cuentan con «un amplio recorrido en el stand up. Construimos una audiencia en Internet utilizando todos los recursos y las herramientas que ya utilizábamos por fuera de la vida virtual». Upstein, por caso, estudió stand up con Luciano Mellera y Fer Metilli e improvisación con «Mosquito» Sancineto. Hoy tiene más de 400.000 seguidores en Instagram y se encuentra girando por todo el país con su show.
«Es un híbrido entre ambas cosas», señala el comediante y youtuber Fran Gómez, que cuenta con más de 2 millones de seguidores en Instagram y suele protagonizar sketches junto a Nachito Saralegui. «El estilo de la plataforma es distinto a la comedia tradicional. Los algoritmos cambian las reglas de juego. Te obligan a aggiornarte a ciertos patrones de efecto rápido, de enganche, que en otros espacios, donde la audiencia no tenía tanto apuro por el remate del chiste, tal vez había más tiempo; pero no diría que es una comedia 100% diferente a la anterior».
Locutor y actor de doblaje, además de comediante, Nahuel Ivorra suma alrededor de 700.000 seguidores en Instagram y gira por todo el país con el espectáculo Te pido mil disculpas, que realiza junto a su pareja, la popular Ceci Hace. La dupla le da vida a personajes que se ríen de los estereotipos y roles de género. Ivorra cree que las redes «son nuevas herramientas para hacer humor, hay que adaptarse. Me parece que hoy TikTok es lo que antes era la televisión. La tele sigue existiendo, obviamente: aparecen nuevas tecnologías que conviven con las anteriores. Lo que sí cambia es la forma de hacer humor y de consumirlo. El contexto es otro, pero nos seguimos riendo de las mismas cosas».
«Las redes no crearon una nueva comedia, sino una nueva forma de llegar al público», opina Nata Calpurnia, abogada y standapera oriunda de La Paz, Bolivia, que suele problematizar temas como el racismo. «En mi caso, subo fragmentos de mis rutinas para que la gente conozca cómo escribo, cuál es mi tipo de humor y decida si quiere ir a verme en vivo. Las redes son una herramienta de difusión. Antes repartías panfletos; ahora pagás publicidad en Meta. El escenario sigue siendo el mismo», afirma.
Actor y comediante, Adrián Lakerman analiza desde hace años el humor argentino en diferentes formatos: publicó un libro, tiene una columna en el streaming Gelatina y un excelente podcast llamado Comedia. Según su óptica, el contenido que circula en redes «se mezcla con algo de la propia vida». En el panorama actual, la fragmentación de los consumos culturales es moneda corriente. «Eso genera formas distintas de fama. Antes el famoso masivo era un famoso total: a Tinelli lo conocía todo el mundo. Hoy puede haber gente que no sepa quién es Lucas Spadafora, aunque tenga una enorme cantidad de seguidores».
Puntos de vista
Actor, humorista y streamer, Tomás Quintín Palma advierte cierta «homogeneización» de los contenidos entre sus pares. «Es difícil encontrar cosas singulares, se repiten un poco las mismas dinámicas. Todos los videos al comienzo te muestran lo más gracioso, la lógica del reel y del vertical y la verdad que eso me molesta un poco», comenta. Ivorra suma como argumento «la presión que existe para atrapar a quien está mirando en medio de una oferta enorme. Lo que antes era el zapping en la televisión ahora es un zapping múltiple, con el agregado del algoritmo, que va configurando el contenido según lo que le gusta a cada persona».
Lakerman apunta que algunos exponentes de esta corriente «son hijos de una tradición anterior de comediantes y otros son directamente hijos de TikTok. Cambia mucho el ritmo y la duración de las cosas, la cantidad de edición que tienen. Hay recursos que necesitan tiempo de acumulación, de incomodidad, y eso muchas veces no existe en TikTok. Es un lenguaje con menos reglas».
En general los personajes y sketches parten de situaciones cotidianas y, evitando el tono explícito o panfletario, funcionan como piezas de crítica social. «No me imagino a ninguna persona que piense blanco sobre algo y que, a nivel público, diga negro. Uno termina haciendo humor con el punto de vista con el que piensa el mundo. No voy a hacer un chiste que vaya en contra de mis principios. Entiendo que todo es político», afirma Gómez.
Quintín Palma trabaja en equipo y cuenta que «hablamos de la realidad, charlamos y hacemos un video que parodia a un estereotipo social que nos está molestando o nos sorprende, ya sea un negador, un manipulador, un paranoico, un tipo que repite el sistema del poder y no se cuestiona nada». Ivorra sostiene que la crítica social «aparece por mi manera de pensar, no porque esté tratando de bajar una línea. De hecho, trato de no hacer contenido político partidario porque me aburre; pero tengo una forma de ver la vida: creo en la justicia social y no me gustan las desigualdades. Eso está presente y se filtra solo, no hay que forzarlo».
El algoritmo también impone un ritmo acelerado y la necesidad de publicar constantemente. Para Calpurnia eso «es una de las peores cosas que trajeron las redes. Podés hacer un video con millones de reproducciones y al siguiente sentir que fracasaste porque no pasó lo mismo. Es una lógica que te hace pensar que el éxito fue casualidad y hasta te hace dudar de si realmente sos bueno en lo que hacés. Es un bucle bastante peligroso». A la vez, eso también condiciona el modo de escribir: «Empezás a pensar en chistes que funcionen en un minuto y que cualquiera entienda sin contexto. Ahí caemos todos un poco en la trampa de la viralidad, que muchas veces termina opacando el trabajo real del escenario».
En la misma sintonía, Ivorra comenta que a veces se siente condicionado. «Hay momentos en los que estoy pensando constantemente: “Tengo que subir un video”. Y termino subiendo cualquier cosa. La verdad es que no me gusta trabajar así. Pero el algoritmo genera una presión, porque si no subís videos el alcance empieza a bajar. Y yo dependo de eso para trabajar».
Afinidades electivas
Por estos días conviven los standaperos clásicos en TikTok y la nueva generación de tiktokeros en los teatros. ¿Tienen algún rasgo en común? Para Fran Gómez quizás se trate de la pericia técnica, un atributo que se volvió más exigente. «Antes, en un programa de televisión, tal vez solo tenías que encargarte de ser gracioso. Ahora el creador de contenido en redes tiene que saber producir, venderse, editar, intentar actuar lo mejor posible, guionar», enumera.
Upstein elige el adjetivo «camaleónica» para definir a la última camada. «Somos parte de una generación que empezó antes de las redes, pero que tiene una edad y una cabeza que permite que nos adaptemos a ellas. Algunos de la generación anterior se han podido adaptar, otros no. Y lo mismo va a pasa con los que vendrán. No somos tantos los que vivimos de la comedia y crecimos haciendo contenidos. Es difícil englobar a todos en un concepto, pero si tengo que resumirlo diría que es la capacidad de adaptación ante la circunstancia que se ponga enfrente».
Quintín Palma lo relaciona con el gusto por «lo artesanal. Porque, por más que las cosas hayan cambiado, me sigue atrayendo algo de lo primitivo, del juego por el juego mismo. Esos lugares de conexión van pasando entre las generaciones y, de alguna manera, estamos unidos por ese hilo invisible».
Calpurnia destaca la mirada crítica. «Aunque siempre digo que mi objetivo principal es hacer reír, intento analizar de qué nos estamos riendo y evitar repetir los mismos clichés de siempre», lanza. También observa cambios en el público, que «ya no se conforma con reírse del que menos puede defenderse. Hay una búsqueda de un humor un poco más consciente, aunque siga siendo irreverente y, sobre todo, gracioso».
Más dinámica, ansiosa o irreverente, lo cierto es que la comedia se revitaliza en la pantalla más chica que se conoce a la fecha y avanza a paso firme con nuevas y viejas dinámicas, más allá de los algoritmos. Después de todo, el humor se vuelve cada vez más necesario para incomodar, para cuestionar o, por qué no, para transitar el día a día con una sonrisa.
