9 de septiembre de 2026
Campañas digitales, bases de datos, negocios clandestinos y vínculos con el poder: la historia de Fernando Cerimedo que fue del algoritmo y las noticias falsas a un calabozo en Bolivia.

Estrella fugaz. Cerimedo, el 7 de marzo, en una reunión entre el presidente de Bolivia, Rodrigo Paz, y Marco Rubio, secretario de Estado de EE.UU.
Foto: Departamento de Estado de EE. UU. / Freddie Everett
Corrían en Bolivia los primeros minutos del 18 de agosto cuando ese hombre llegó al aeropuerto internacional de Viru Viru, a 17 kilómetros de Santa Cruz de la Sierra, para abordar un Boeing 737 de Aerolíneas Argentinas con destino a Buenos Aires. En su actitud se deslizaba un creciente nerviosismo. Y ya en la cabina, hundido en un asiento de la clase turista, recién al oír el rugido de las turbinas exhaló una bocanada de alivio.
Pero, de pronto, esos motores volvieron a callar, justo antes de que dos azafatas abrieran la primera puerta de embarque. Entonces, ingresaron allí seis uniformados. En ese instante, el tipo comprendió que había «perdido».
Fernando Cerimedo, el consultor estrella de la ultraderecha regional, fue bajado de aquella nave con las esposas puestas.
A partir de ese momento, la prensa latinoamericana se ocupó del asunto con fervor. No en vano ese individuo alto, calvo y de apariencia no muy vivaz (un detalle que, por cierto, lo beneficiaba) había incidido de modo palmario en los triunfos electorales de Jair Bolsonaro en Brasil, de José Kast en Chile, de Nastry Asfura en Honduras, de Rodrigo Paz en Bolivia y de Javier Milei en la Argentina, por no mencionar a sus pupilos aún en carrera.
Lo notable es que terminara tras las rejas por ser el presunto instigador del frustrado «feminicidio» de Nadia Beller, quien había sido su pareja.
Claro que ello rebasaba con creces lo estrictamente sentimental.
El emprendedor
Ya durante la mañana de ese martes, los noticieros argentinos no hablaban de otra cosa. El periodista de Espectáculos, Rodrigo Lussich, quedó de una sola pieza al ver por TV a Cerimedo en una foto de archivo, y no demoró en llamar por teléfono a su hermana.
Ambos conocían a este personaje, dado que, en 2012, los había estafado por 35.000 dólares mediante un ardid inmobiliario.
Es que, durante esa época, el bueno de Cerimedo solía vender la misma casa a varias personas en simultáneo, además de cometer otras trapisondas.
Con anterioridad, había trabajado de remisero en Mar del Plata. Pero su inclinación hacia las defraudaciones lo puso ante nuevos horizontes, que hasta incluían una condena dictada por un tribunal platense. Aquella vez se salvó de ir preso, aunque su reputación quedó hecha trizas. Por tal motivo se mudaría a la localidad bonaerense de Caseros y, luego, a Villa Bosch.
En esas circunstancias conoció a su primera esposa, Natalia Basil. Con ella asomó la nariz al mundillo de las consultorías políticas. Fue su salvación, dado que se le incrustaría entre ceja y ceja la meta de ser un self-made man. Y creía tener madera para lograrlo en tiempo record.
Entre 2018 y 2024 fundó varias empresas del rubro, como UPROD SRL (abocada a producir contenidos), Academia Numen (abocada a impartir cursos de marketing digital) y Numen Publicidad (abocada a campañas en las redes), junto con el portal La Derecha Diario, además de otras firmas más modestas.
Con tal estructura fue tejiendo su imperio. Tanto es así que, desde sus inicios, tales sellos le fueron útiles para establecer vínculos con personalidades como Milei (cuando todavía era diputado), Eduardo Bolsonaro (el primogénito de don Jair) y Carolina Paz (la hija del actual presidente boliviano).
Pero su salto lo dio al relacionarse, en 2022, con Brad Parscales, el gran mago de la manipulación masiva. Entre los pergaminos de este sujeto resalta su rol en el manejo digital durante la primera campaña de Donald Trump.
De hecho, Cerimedo tuvo la suerte de convertirse nada menos que en su ladero latinoamericano, al punto de utilizar dos plataformas de Parscales: Eyes Over y Champaign Nucleis. Cabe decir que estas atesoran millones de datos personales, incluidos los que fueron robados por Cambridge Analytica. O sea, una verdadera factoría de fakes que influyen en diversos comicios del mundo. Por lo pronto, Cerimedo no dejaba de ufanarse por su acceso a los métodos de Parscales y también por el uso de su software, que posee racimos con unas 50.000 cuentas truchas por unidad.
Por lo pronto, Cerimedo acostumbraba a proclamar: «Brad me presta sus fierros y yo le administro el lado técnico».
El antiguo estafeta barrial había llegado muy lejos.
La caída al vacío
En esta trama nadie parece ser trigo limpio. Ni siquiera Nadia Beller.
Ella fue una muy activa dirigente del Movimiento al Socialismo (MAS), de Evo Morales, que, ya relacionada con Cerimedo, dio un brinco que la situaría a la derecha de Atila. Sin ir más lejos, él le tendió una trampa para atraerla a la plaza ubicada frente al Swiss Hotel, donde sería atacada, al hacerle creer que allí la esperaría una niña de 13 años dispuesta a declarar que Evo Morales la había violado. De buena gana, esa mujer conspiraba contra el otrora presidente.
Exactamente a las 20:35 de ese lunes, en el celular de Cerimedo ingresó el siguiente mensaje de voz: «Hermano, en este momento le dispararon». Tales palabras provenían de un abonado que él registró por sus iniciales: «ECG».
No era otro que Erik Correa González, quien (aún hoy) es el titular de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Narcotráfico (FELCN), un área crucial del sistema de Inteligencia boliviano.
Cerimedo había recibido aquella noticia en tiempo real. ¿Acaso el azar había convertido a Correa González en testigo casual del ataque? Y si no fuera así, ¿en calidad de qué se encontraba justo en ese lugar?
Lo cierto es que, de modo súbito, Cerimedo se convirtió en una mancha venenosa para muchos, empezando por el presidente Rodrigo Paz.
Ahora, este se obstina en negar su lazo con el argentino.
–Nunca hubo un contrato. Por eso jamás hubo entre nosotros un vínculo directo de trabajo.
Pero Cerimedo ejercía una gran influencia sobre Paz; lo secundaba a sol y sombra, y firmaba decretos por él. En resumen, actuaba como si hubiera sido el verdadero gobernante de ese país.
Dicho sea de paso, su autoridad se extendía hacia la primera dama, doña María Elena Urquidi, y sobre la ya mencionada Carolina, en sendas cuestiones reñidas con el Código Penal: la venta ilegal de combustible y el procedimiento para la exportación clandestina de oro a Dubái.
En cuanto al primer asunto, Cerimedo y «Bibi» –como le dicen a María Elena– contaban con un stock superior a los dos millones de litros mensuales, que eran reducidos a cambio de un peso boliviano por unidad (más de 150.000 dólares diarios).
En cuanto al segundo asunto, la salida del metal precioso había sido de 189 kilos. Pero se frustró por el arresto, en una escala intermedia, del cómplice Adrián Lema, de 22 años, quien tiene un lazo amistoso con Carolina.
Tales cuestiones se añaden a la causa por «enriquecimiento ilícito» y a otra por «tráfico de sustancias controladas en grado de confabulación».
En todos estos expedientes, Beller es la principal testigo, ya que, cuando Cerimedo era su pareja, solía darse dique con detalles muy precisos tanto de la operatoria utilizada como del dinero recaudado.
Ahora, ella está a punto de prender el ventilados ante la Justicia.
Mientras tanto, recluido –a raíz de una prisión preventiva por 180 días– en un calabozo del penal de Palmasola, Cerimedo espera, con fe cambiante, el milagro de su excarcelación.
¿Acaso él tiene algún ventilador para prender?
