15 de septiembre de 2026
El 16 de septiembre se cumple otro aniversario de uno de los episodios más horrorosos de la historia argentina contemporánea. Los hechos y el testimonio de algunos de los sobrevivientes.

Terror intimidatorio. Emilce Moler, sobreviviente, cree que los secuestros no fueron por la lucha por el boleto estudiantil. Buscaban militantes políticos.
Foto: NA
El 16 de septiembre de 1976 –en realidad también en días anteriores y sucesivos– se produjo uno de los episodios más horrorosos de la historia argentina contemporánea. Jóvenes militantes de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) ligada a la Juventud Peronista (JP) y de la Juventud Guevarista (JG) vinculada al Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) fueron secuestrados en la ciudad de La Plata por miembros de la Policía Bonaerense, comandada por el general Ramón Camps, secundados por elementos pertenecientes al Batallón de Inteligencia del Ejército 601. Posteriormente fueron trasladados a distintos centros clandestinos de detención y brutalmente torturados. Ellos eran Francisco López Muntaner, María Claudia Falcone, Claudio de Acha, Horacio Ángel Ungaro, Daniel Alberto Racero, María Clara Ciocchini, Pablo Díaz, Patricia Miranda, Gustavo Calotti y Emilce Moler. Solo cuatro, Miranda, Calotti, Moler y Díaz lograron sobrevivir. Se cree que los restantes fueron fusilados en los primeros días de 1977. Todos ellos tenían entre 16 y 17 años y el tenebroso operativo pasó a ser reconocido simbólicamente como «La Noche de los Lápices».
Patricia Miranda no registraba antecedentes de militancia y se supone que fue secuestrada por confusión, en el marco de procedimientos masivos e indiscriminados (se estima que más de 250 adolescentes desaparecieron en los primeros dos años de la dictadura genocida). Pasó por los centros clandestinos Pozo de Arana y Pozo de Quilmes y después quedó a disposición del Poder Ejecutivo en la cárcel de Villa Devoto. Tras su liberación, optó por no declarar ante la Justicia ni dar testimonios periodísticos.
En los tribunales
Gustavo Calotti se exilió en Francia luego de un período en el infierno de los centros y dos años encarcelado en la Unidad Penal 9 de La Plata. En aquel país se desempeñó como profesor de castellano en la localidad de Grenoble y regresó a la Argentina en 2006 para declarar en los tribunales que juzgaban a los genocidas. Había sido secuestrado el 8 de septiembre, en la oficina en la que trabajaba dentro de la jefatura de la Policía provincial, a un pasillo de distancia de la Dirección de Investigaciones que comandaba el represor Miguel Etchecolatz. En una entrevista concedida a La Garganta Poderosa, en el 43 aniversario de la ominosa Noche de los Lápices, evocó: «Imaginaba, en mi estrechez propia de los 17 años y a pesar de la militancia, que iba a ser una cosa rápida, que me iban a matar y ya. No esperé jamás semejante tortura, tanta crueldad y tanta perversidad imborrable. Es un dolor interminable, una agonía, porque después de la sesión de golpes te vienen a buscar de nuevo, y ya sabes que lo van a hacer una y otra vez; eso era lo más horrible». Y añadió: «De los secuestrados del 16 y días anteriores solo sobrevivimos cuatro. Los demás quedaron congelados en el tiempo, jovencitos. A veces pienso que eran los mejores, que por eso no están con nosotros». Agrega: «Buscábamos un país donde no sufriéramos lo que hoy tanto nos lastima: una miseria total, pibes durmiendo en las calles, cierres de fábricas, una Argentina tremendamente endeudada y los derechos humanos vulnerados, porque la única respuesta que este Gobierno le ofrece al pueblo es la violencia».
Tanto Emilce Moler como Pablo Díaz desarrollaron una intensa labor de denuncia a partir de la caída de la dictadura cívico-militar, especialmente en colegios secundarios e instituciones sociales y educativas.
Libertad vigilada
En una nota firmada por Victoria Ginzberg, originalmente publicada en Página/12 el 15 de septiembre de 1998, Moler, que estudiaba Bellas Artes en el momento de su secuestro, cuenta que, al salir de la cárcel de Devoto, a los 19 años, y con libertad vigilada, rindió 5° año libre y decidió cambiar de carrera, entre otras cosas porque pensaba que podían mirarla peor si continuaba con el arte. Decidió estudiar algo «que no tuviera nada que ver con la realidad». Así se decidió por la matemática, pero en 1982 ya estaba colaborando en la conformación de los incipientes centros de estudiantes. Entre sus recuerdos más dolorosos, señala, están las sesiones de tortura que sufrió y escuchar los gritos de sus compañeros de cautiverio. Su padre, un comisario inspector retirado, luchó junto a ella a brazo partido, aunque nada pudo hacer para aliviar su situación. Con respecto al motivo de su secuestro, remarca que no cree que haya sido la lucha por el boleto estudiantil, porque en esas marchas –que se iniciaron en 1975– «yo estaba en la última fila» y destaca que «todos los chicos que están desaparecidos eran militantes políticos». «Nunca me arrepentí de lo que pensaba –subraya–, y si seguir pidiendo justicia en este país es idealismo, sigo siendo idealista, porque pelear por una sociedad más justa donde todos tengan dignidad y trabajo me parece que sigue teniendo absoluta vigencia».
Por su parte, Pablo Díaz, al declarar en el juicio oral y público que investigaba los delitos perpetrados en Pozo de Banfield, Pozo de Quilmes y El Infierno de Avellaneda aportó detalles precisos sobre las atrocidades cometidas en esos campos de exterminio: «Esa noche, cerca de las cuatro de la mañana, estacionaron tres autos en la puerta de mi casa, se trataba de un grupo de tareas dependiente de distintas fuerzas de seguridad. Intentaron abrir el portón y como no pudieron hacerlo comenzaron a tocar timbre. Entendí rápidamente lo que sucedía por los hechos que venían ocurriendo en la Ciudad de La Plata».
Trasladado a una vieja casona que ocupaba el Regimiento XII de Infantería en la localidad de Arana –lugar que fue dinamitado antes de la llegada de la democracia–, agregó que lo dejaron contra una pared más de 24 horas. «Cuando las piernas se me aflojaban pasaban y me pegaban». A continuación, precisó que fue llevado a una habitación, arrojado a un catre donde lo desnudaron y lo interrogaron sobre su participación en las movilizaciones estudiantiles. Ante su negativa a reconocerla le aplicaban la picana eléctrica en todas partes del cuerpo y no se detenían ante sus gritos. Pocos días después fue sometido a un simulacro de fusilamiento. Durante su testimonio recordó que cuando eran llevados al paredón los más chicos pedían por sus madres.
Poco después fue trasladado en un micro con un grupo de 20 a 30 personas: «Nos subieron a un tercer piso, mucho más tarde supe que se trataba del Pozo de Banfield, en el cual había muchos adolescentes y embarazadas en estado avanzado», precisó. Allí pudo reconocer al médico Antonio Bergés. A continuación, pasó por el Pozo de Quilmes y un mes después lo llevaron a la comisaría 3a de Valentín Alsina, donde no lo quisieron recibir por el pésimo estado en que se encontraba. Unas horas más tarde se lo condujo a la Unidad Carcelaria 9 de La Plata, desde donde fue finalmente liberado en 1980. Antes de finalizar su declaración, leyó una lista en la que identificó con nombre, apellido y funciones a una veintena de represores que vio en los distintos centros clandestinos.
Los testimonios de los sobrevivientes coinciden en puntualizar que el objetivo del operativo era sembrar el terror para neutralizar la creciente actividad estudiantil, y en su estrategia para eliminar al «enemigo subversivo» poner el acento en los adolescentes que podían convertirse en un relevo de los caídos.
Díaz manifestó públicamente, en distintas ocasiones, el dolor desgarrador que le produjeron las desapariciones de sus compañeros, sentimiento que se expresa elocuentemente en un fragmento del poema que le dedicó a su amiga María Claudia Falcone: «Habíamos quedado en ir de vacaciones/ o de juntarnos todos los chicos a tomar cerveza/ pero estoy solo, ni vos ni ellos han vuelto/ y yo camino mirando a ver si los encuentro/ me junto con sus madres, padres, hermanos/ tíos, amigos/ y no sé qué decirles/¿dónde están las palabras para ellos?».
