Cultura | ENTRE EL REALITY Y LA VIDA ÍNTIMA

El derrumbe de una estrella

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Julián Gorodischer

La saga de escándalos, roces y amenazas que sacuden a la familia del conductor se desarrolla sin pausa a la vista del público, mientras se espera por la segunda temporada de Los Tinelli.

Ocaso. De los gastos opulentos a los reclamos de sus acreedores, Tinelli atraviesa un momento crítico.

Foto: RS-Fotos

Misión lograda: volver a la centralidad mediática. Marcelo parece poseer sensores percutáneos para saber por dónde pasa la agenda y el gusto de cada momento histórico. Y en este, pasado de redes y narcisismo monetizable, supo que tendría que entregar, sacrificar, en la era del vlog (el racconto de los goces ostentados), cuando la representación de una completa naturalidad es premiada con un lugar en las plataformas y el streaming.

Del avión privado exhibido en el prime time, deglutiendo masas y sándwiches con Milett y El Tirri, al rumor que decía que habían aterrizado en Tucumán por su antojo de empanadas típicas, para desembocar en el estrepitoso declive de la «vida real». La crisis «personal y familiar» se devoró incluso al programa Estamos de paso, del canal Carnaval, so pretexto de volver el año próximo «con la fuerza y la alegría necesarias».

La guerra está instalada entre sus hijas y ex esposas, a partir de la presunta amenaza recibida por Juanita, de la que Sole y Cande, de la primera «gestión», descreen. Juanita dijo que el hostigador habría sido Gustavo Scaglione, actual dueño de Telefe y acreedor de su padre desde los tiempos de su presidencia en San Lorenzo. Y de ahí en más el escándalo se hizo tan viral como inaprehensible: ¿de qué estarán hablando en realidad?


Deriva inesperada
Esa frase-muletilla en su serie de Bailando por un sueño, «ser funcional al show», por fin se les dio en estadío posterior al big show: le abrieron la puerta de la casa familiar al interés masivo, y este se comió al clan. Como le pasó a Ricardo Fort, a Mariana Nannis, al Diego, la ostentación y el derroche mediáticos se pagan caro; aunque no lo pareciese, entre la mansión y el chill out, se gestaba el Apocalipsis.

Ahí, en Los Tinelli, se cocinó lo que está pasando ahora: el camarógrafo iba y venía del rostro de una hija a la otra, haciéndoles hablar con sorna de la pareja de papá (la peruana Milett), evidenciando algo de desdén, de parte de Juanita, hacia «la hipocondríaca de Mica» o hacia «la que es todo lo que está mal», su hermanastra hipertatuada, Cande. Como en el Bailando, Marcelo-el-productor no sabe ir para otro lado que no sean las emociones altas de una discusión, un duelo verbal que pasa a mayores. Después de unos cuantos fiascos (los últimos Bailando y Cantando) aplica esa misma zarzuela de dimes y diretes a su propio «grupo», pintado allí como un pater familiae, a la antigua usanza, proveedor incansable para el que no existe el ahorro, con un nivel de vida digno de Hollywood, a juzgar por las dimensiones de la mansión que hoy cambia de manos en Punta del Este, a tono con el show omnipresente de su caída.

Un fenómeno inexplicable anti-identificacional hace que resulte regocijante para el pueblo ver demolido a su máximo star, y asistir a un zigzagueante y dilatado arte de caer, como en este caso al antiguo presentador de la nación, del «¡Buenas Noches, América!», uno en la tríada de la identidad televisiva anterior a la revolución digital: Mirtha, Susana y Tinelli, fijos en las crónicas de TV y sociedad de los 90 para acá, en los albores de Videomatch y Ritmo de la Noche, cuando se premiaba con mil dólares al mejor de los bloopers.

Esa habla locutada alta y estirada se hizo el tono medio del mass media criollo, y hoy su caída es tan magnética como lo fue en su momento la de Silvio Soldán; esto sí que es bueno, no como aquel otro producto con su apellido en plural, que se promocionó durante el año. Mal actuado, vacío, con sus temas anodinos estirados hasta el límite de la tolerancia de cualquier atención, Los Tinelli no podría no haber disparado la crisis: bastó una temporada –y se viene la segunda– para habilitar y legitimar el cruce de acusaciones y desconfianza entre los herederos del patriarca. Cada nena lo aúlla a su manera: «Papi es mío, mío, mío». Anodino resulta el tópico de la caprichosa a la que, entre las hermanas y la madre del primer matrimonio, acusan de «mentirosa». Juanita, hace unos meses, conmovía con el posteo de un llanto tan tremendo como inmotivado que fue viral en TikTok. Luego, en un móvil con Fede Flowers, lo atribuyó a una acción para instalar «”el tema” de la salud mental», pero era tarde. Todo conspira para el escándalo: la denuncia de la amenaza de parte de Juanita y la desmentida implícita de la propia familia.

Juega con fuego. «Una psique inestable o impulsiva», según da cuenta el conductor cercano al astro, Ángel de Brito, encendió la mecha, y era lo que faltaba para instalar el tema en el afuera y el adentro del clan. El escándalo financiero de las deudas impagas se entremezcla con la identidad de quien habría amenazado a la nena. Lo pone en duda otra «inestable o impulsiva», tapada a lo largo de las décadas, que hoy siente permiso para hablar, quizás porque se quedó afuera del reality: Sole Aquino, la madre de las primogénitas, que atribuye la mentira a la acción coordinada de la antaño bailarina de las Tinellis, Paula Robles, y su hija Juanita, alejada de sus hermanas.

El necesario devenir del gasto irresponsable que se narraba en pantalla (de los movimientos y los gestos tan opulentos como excéntricos, la megalómana boda efímera de Cande y Coti, las compras, los traslados aéreos) es este ocaso hecho de acreedores en serie y cuentas no del todo claras, cruzados con la presunta amenaza de muerte para todo el clan, y la puja intrafamiliar que desborda la factura mal terminada del reality.

Vital paradoja: todo aquello que fue opaco y esmerilado por un lujo falso y vacuo, hoy estalla de voluptuosidad y no llega a empalagar al ávido gusto popular que pide y grita «más, más, más». Eso que Los Tinelli no pudo conseguir, al menos en su guionada y floja primera temporada, hoy languidece tras el anuncio del final del streaming de Carnaval, que a esta altura conducía José María Listorti. Entre la liquidación de algunos de sus bienes y el temporario ostracismo –de él, sus hijas y sus exmujeres– se sospecha un cohesionado llamamiento a silencio, para que la expectativa no se apague a horas del lanzamiento de Los Tinelli, segunda temporada. El show debe seguir pese a –o gracias a– la entrega del último resquicio de sus vidas privadas.

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