De cerca | CANTANTE, COMPOSITOR Y LÍDER

«Llevo la bandera under a todos lados»

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Gabriel Plaza

A la luz de la popularidad que le dio Masterchef, Walas exhibe con orgullo la raíz contracultural que nutre a Massacre. Historia de una vida marcada por la música, de Ramón Ayala a Luca Prodan.

Foto: Jorge Aloy

Guillermo «Walas» Cidade tiene el pelo color remolacha, una camisa leñadora sobre la remera, un short, un gorro verde. Es el vestuario que utiliza para moverse en los escenarios, la calle y la casa. El cantante y compositor está en un bar de la esquina de donde vive, en la localidad de Vicente López. La gente lo reconoce y lo saluda. Con la banda Massacre viene tocando en el under desde 1987 y lograron un reconocimiento tardío en la escena rockera que les permitió congregar a miles de personas en Obras y el Luna Park, pero nunca fueron una banda masiva. Su paso por las cocinas del programa Masterchef le dio otra visibilidad en un público que nunca escuchó su música.

«¡Aguante Walas!», le grita el conductor de una camioneta. Y él sonríe. Como líder de Massacre, el singular performer se mueve con ductilidad entre la cultura alternativa y el mainstream. «Me encanta el perfil que tenemos, sin ser populares ni comerciales», afirma. La banda se presenta el sábado 29 en el Teatro de Flores.

Hay algo que parece no haber cambiado, desde aquellos años cuando tocaba en tugurios del under con el sonido del hardcore y el punk como bandera, o aparecía en los 90 como parte del Nuevo Rock Argentino junto a Babasónicos, Peligrosos Gorriones, Los Brujos, El Otro Yo, Juana La Loca y Fun People. «Sigo siendo del under. Mis amigos son del under, aunque hoy convoquen ochenta mil personas como Los Fabulosos Cadillacs. En cambio, el mainstream no sabe nada. Se durmió en los laureles», dice mientras toma un té con miel.

Anoche se acostó tarde. El exfutbolista Maxi López, compañero en el reality gastronómico, invitó a todo el equipo del ciclo a una cena de catorce pasos. A Walas le divierte esa distorsión de la realidad que le permite compartir su tiempo con influencers, deportistas, actrices, exvedettes, que tienen carteras de lujo que cuestan más que lo que ganaría en una gira por todo el país.

Se mueve con naturalidad en ese universo colorido, aunque admite que es un mundo paralelo con códigos distintos. En el set de Telefe podía pasearse con un tapado de colores fluorescentes y aceptar la dinámica del reality cuando Wanda Nara le quería inventar un romance en el programa. «Es parte del juego», dice. Para cocinar tuvo que estudiar de apuro: alquiló cocinas de amigos y ensayó platos con la guía de un chef. No le alcanzó. Fue eliminado cuando presentó una cookie mal horneada. Su paso por la televisión fue otra buena experiencia, otro experimento, como cuando aceptó sumarse al elenco del musical El Principito.

–Después de nueve discos y treinta años de recorrido con Massacre, tu espíritu under se mantiene. 
–Fijate cómo navegamos entre lo oficial y lo contracultural. Me invitó Perry Farrell para el próximo Lollapalooza y, también, nos llegó la invitación para tocar en la última Marcha del Orgullo, a la que voy desde los 90 cuando éramos poquitos. Ahora había dos millones de personas. Son dos cosas sociológicamente muy distintas. 

–¿Qué es la contracultura para vos?
–La contracultura no es solo un gesto, es una ética que me acompaña todo el tiempo, incluso en Masterchef. No todo el mundo puede hacerlo, pero llevo la bandera del under a todos lados. Mi crianza anarco-punk me lleva a estar en el mainstream pero con gestos y rasgos contraculturales. Donde voy está un poco lo absurdo, un poco lo ideológico, un poco el sinsentido: juego con las cosas realmente importantes. Es una balanza, siempre tuve esa receta.

Walas creció en un hogar de clase media intelectual. Su madre y su abuela eran lectoras, cinéfilas y teatreras. Su padre era Vicente Cidade, folclorista y violinista, que formó una dupla inigualable con su hermano Ramón Ayala. «La música estaba siempre presente. En mi casa sonaban los discos de folclore, boleros, twist italiano, Wagner o Tchaikovsky», cuenta.

–Se podría decir que la avenida Corrientes alimentó tus primeras excursiones culturales.
–Crecí literalmente en torno al recorrido del Subte B. Mi abuela me llevaba al Teatro San Martín a ver títeres, tenía cerca el cine Los Ángeles y después, de adolescente, iba al Rojas, Ave Porco, Medio Mundo Varieté. Todo ese mapa de la avenida Corrientes tiene que ver con mi infancia y toda mi crianza.

–¿Qué descubriste en lugares como el Parakultural?
–Allí empecé viendo recitar poemas a Batato Barea, Urdapilleta y Tortonese. En ese momento era verlos y vivirlos. A la diez había teatro. A las doce había rock. Íbamos temprano y nos veíamos en tiempo real a las Gambas al Ajillo, a Los Melli. Ahí me entró el valor por la poesía, admirar a gente como Marosa Di Giorgio o conocer por el rock a Patti Smith. El texto se convirtió en algo muy importante para mí.

Foto: Jorge Aloy

–¿En qué medida te pudieron haber marcado figuras tan distintas como Luca Prodan y Ramón Ayala? 
–Soy hijo de la teatralidad rockera de Luca y Geniol, grandes performers, y también de la cadencia poética y recitada que escuché indirectamente en mi infancia a través de mi tío Ramón Ayala.


Durante años, Walas se fascinó con la ufología. En la pandemia se alejó porque empezó a darle temor todo lo relacionado a las logias, las élites y las conspiraciones a nivel mundial. Hoy prefiere mirar solo algunos fenómenos astronómicos. Con Gustavo Santaolalla, uno de los tres productores de Nueve (2024), el último disco de Massacre, habla de todos estos temas. «Lo considero un gurú, un maestro, tiene mucha info», cuenta. «Cada vez que nos juntamos nos ponemos a hablar de todos estos temas del cosmos más que de música», agrega. Producido por Santaolalla, Héctor Castillo y «Fico» Piskorz, uno de los guitarristas de la banda, Nueve se caracteriza por su sonido directo y sus canciones guitarreras nítidas y psicodélicas, con una estructura clásica que se diferencia de sus antecesores El Mamut (2007), Ringo (2011) y Biblia Ovni (2015). El trabajo ganó dos premios Gardel, a mejor producción y mejor álbum de rock.

–¿Cómo describirías el sonido actual de Massacre?
El Mamut, Ringo y Biblia Ovni fueron elegidos mejores discos del año por el suplemento Sí de Clarín, y para mí son como una trilogía. Ahora cambiamos por completo, alivianamos un montón de peso. Nos pedimos esta cosa más diáfana. Por ejemplo, el otro día escuchaba Biblia Ovni, que es reprogresivo y tiene un tema como «Feliz Noviembre», que por momentos se parece a Rush, un tema larguísimo con mil partes. Como banda queríamos más simpleza: estribillo, estrofa, estribillo, estrofa y parte C, nada más. Volver a una cosa de síntesis.

Walas viene cambiando desde que su canción «Plan B: Anhelo de satisfacción» marcó el pulso ansioso de la escena alternativa de los 90 con un grito cósmico: «Y si solo es el aliento de mi alma/ que alimenta mi calor». Ese joven Walas mutó en el artista que comanda esta nave moderna llamada Massacre, que puede ir hacia el futuro o hacia el pasado. En su último álbum dice: «Necesito una máquina del tiempo hacia atrás/ tengo en vista cambiar algunas cosas nada más».

Ahora, sentado con la mansedumbre de un hombre cuya procesión va por dentro, se sube a la máquina del tiempo imaginaria y regresa al momento más importante de su vida artística y personal. El día que cantó frente a su tío Ramón Ayala la canción litoraleña «El Mensú», con música de su padre, Vicente Cidade, y letra de Ramón Ayala (su verdadero nombre era Ramón Gumercindo Cidade), una de las duplas compositivas más significativas del folclore argentino. 

Para Walas, esa noche del 6 de noviembre del 2022 fue distinta. «Mira que yo toqué en un homenaje a Sumo con Divididos en un estadio frente a miles de personas, con Soda Stereo en Gracias totales. Canté en infinidad de lugares, pero cuando más nervioso me puse fue cuando me invitaron a hacer “El Mensú” frente a Ramón Ayala en la Ballena Azul del CCK. Me temblaba la mano del micrófono. Estaba ahí el tipo, el autor, el compositor y yo salí a cantar el tema desde mi impronta», asegura. 

La versión está subida a YouTube. En el video, Walas se transporta al imaginario litoraleño cuando dice: «Selva, noche, luna, pena en el yerbal/ el silencio vibra/ en la soledad/ y el latir del monte quiebra la quietud». El fraseo zigzaguea, tiembla, vibra sobre el paisaje y la música que se imaginó su padre, desde la nostalgia de su provincia misionera. Walas vuelve a ese origen, a ese lugar y a esa denuncia punk sobre la explotación del peón de campo que habita en su espíritu. Hay una comunión entre su voz, la música y la letra. Es una ceremonia de redención. Su padre murió en 2005. Recién lo conoció de adulto. «Yo me reconcilié con mi viejo cuando tenía 35 años. Nos pedimos perdón, él me pidió perdón por haberse ido y ahí me vinculo un poco con el mundo de él y de Ramón, con el mundo de los Cidade, que es mi apellido», dice.

Después del concierto, Ramón Ayala, su tío, su sangre, se le acercó en el camarín y le dijo: «Hiciste una versión extraordinaria». Esa noche, «El Mensú» fue la propia máquina del tiempo de Walas: la posibilidad de ir a cambiar, o reparar, con la música algunas cosas del pasado.

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