3 de enero de 2026
Retrato de un momento
Carlos Gorriarena
Museo Nacional de Bellas Artes

Leitmotivs. La obra de Gorriarena cuestiona la riqueza, la ostentación y el poder.
Foto: Gustavo Cantoni
La muestra Retrato de un momento recorre cinco décadas de actividad de Carlos Gorriarena (1925–2007). La pintura, para este artista argentino, fue un modo de pensar: una ética con dos caras. La primera, asociada al trabajo con la pintura en sí: la reivindicación del ejercicio de esta actividad y su materialidad, después de las vanguardias históricas, que abrieron otras dimensiones. La segunda, porque sus obras son retratos de lo que vio e interpretó en eso que solemos llamar «la realidad». En sus palabras: «Cuando tenía 20 o 30 años, me influyeron mucho los italianos, como Antonio Gramsci, que siempre me parecieron los más lúcidos del comunismo internacional. De ellos aprendí, especialmente de la generación contemporánea a Luchino Visconti, que existían dos éticas: la del proceso del hacer, propia del artista, y una ética civil, ligada al compromiso con lo que ocurre –lo que podía implicar enfrentar a los enemigos del pueblo si era necesario–. Era casi una obligación, porque el artista y el intelectual siempre viven mejor que un obrero. Estoy de acuerdo con ambas posiciones e intenté toda la vida ser coherente con ellas».
Aquí se exhiben unas 30 obras de mediano y gran formato, todas en acrílico sobre tela, donde podemos observar su exploración técnica. Relieves, texturas rugosas, colores estridentes, pinceladas gestuales y una figura humana que, aunque deudora de la neofiguración de los años 60, encuentra la singularidad del estilo propio: la identidad plástica. Gorriarena pintó escenas de la vida social, política y cultural contemporánea. Muchas de ellas provenían de recortes de la prensa: fotografías de diarios que él mismo guardaba y transformaba en bocetos. Parte de ese proceso creativo puede verse en una vitrina, además de cuatro piezas de su etapa informalista.
En el universo de sus composiciones hay figuras de la élite política y militar, burgueses anónimos, personajes del espectáculo o arquetipos sociales. La riqueza, la ostentación, el poder y los poderosos, el dominio de las potencias hegemónicas y el peso de estos aspectos en la cultura podrían ser algunos de sus leitmotivs. Su trabajo con las fotografías de Time y otras publicaciones también sugiere, como señaló Diana Wechsler en un catálogo editado por el Museo Franklin Rawson, «la resonancia del pasado en el presente y, con él, de unas imágenes en otras». Usó, además, la «hipérbole como principio organizador de su lenguaje visual», como advierte Andrés Duprat, director del MNBA, y también «una estudiada distorsión de las figuras y los espacios», según la curadora Gabriela Naso.
Una mujer rubia, con maquillaje cargado, de curvas predominantes y escote pronunciado, posa al lado de una pileta en una casa lujosa, junto a dos tigres de Malasia, sus mascotas, mientras un hombre la observa desde el agua («Diminutos detalles», 1995). Un congresista canoso y de ojos celestes, el demócrata Tip O’Neill, habla frente a una veintena de micrófonos en una conferencia de prensa. Su boca permanece abierta mostrando la lengua en un gesto ridículo («El retorno de los dinosaurios», 1999). Un burócrata de anteojos, camisa blanca y corbata oscura ordena una pila de documentos en su escritorio de trabajo («Papeles», 1978).
En una entrevista en su taller de San Telmo, el artista expresó: «Los pintores jamás sabemos lo que decimos, porque lo que decimos es una relación de forma, espacio, materia y color. Y lo que se dice pintando no se puede decir de otro modo». Esta exposición celebra el centenario de su nacimiento –el 20 de diciembre– y también reactiva la potencia de su obra como compromiso con la pintura y registro crudo e irónico de una sensibilidad.
