21 de enero de 2026
El empobrecimiento de las capas medias y de los que integran la clase trabajadora es cada día más pronunciado. Dramas íntimos de gente común que sufre los embates económicos del Gobierno libertario.

Conductores. Personas que fueron despedidas compraron un auto con la indemnización y hoy trabajan para aplicaciones, ganando mucho menos que antes.
Foto: Shuterstock
Un desvencijado camión provisto de un altoparlante recorre desde hace años los barrios del Conurbano y la Ciudad de Buenos Aires. Su pregón ya es parte sonora del paisaje: «Compro sillones, heladeras, lavarropas, baterías, herramientas, señora». Hasta hace poco tiempo circulaba una o dos veces por semana, ahora lo hace todos los días, incluidos los sábados.
Quien lo conduce no se muestra muy amigable a la hora de contestar preguntas periodísticas, pero a regañadientes dice que se llama Bruno, que hace una década que se dedica a esto, que antes compraba por unos pocos pesos muebles deteriorados, electrodomésticos que no funcionaban y los reciclaba o los mandaba a reciclar y hacía la diferencia. «En estos días la gente vende de todo, especialmente herramientas que tenía guardadas para reparaciones y hasta sillas casi nuevas, además de lo que no usa seguido. La cuestión es llegar a fin de mes y todo vale, pero no crea que el negocio es muy bueno porque cada vez se hace más difícil encontrar compradores. Y acá la corto porque tengo que seguir laburando», se despide.
La actividad es una de las tantas que evidencia el desplome de los sectores medios a los que el ajuste salvaje obliga a desprenderse hasta de lo imprescindible para sobrevivir. Son muchas las historias que cuentan, pesarosos, los nuevos excluidos, muchos de los cuales disfrutaban otrora de una prosperidad que añoran.
Pablo (75) fue durante 35 años empleado de un banco público y llegó a desempeñarse como contador de una sucursal con un muy buen salario. Se separó de su esposa y la división de bienes no le permitió comprar un departamento con su parte. «Me quedé dormido, me agarró el corralito y la guita se me fue yendo», dice. Actualmente cobra la jubilación máxima, pero paga 700.000 pesos por el alquiler de un PH de dos ambientes ubicado en Villa del Parque, otros 100.000 de expensas, 300.000 de la medicina prepaga, 150.000 de servicios y 500.000 entre seguro, patente, nafta y mantenimiento de un automóvil de marca francesa modelo 2017. «Cuando me jubilé tenía uno de 2022, pero se lo cambié a mi hija por el que estoy usando, porque el otro no lo podía mantener», cuenta, y agrega: «Me quedan menos de 400.000 pesos para comer, vestirme y pagar el cable, el único lujo que todavía me puedo dar».
Pablo tiene una situación privilegiada si se la compara con la de Fabián (42), que trabajaba como encargado de una curtiembre. Él está desocupado desde hace dos años y con la indemnización compró un utilitario usado con el que hace lo que puede. «Dos veces por semana voy a una granja de Mercedes, en la provincia de Buenos Aires, y me traigo 50 maples de huevos que compro a 3.500 pesos cada uno y vendo en el barrio a 5.500 pesos. Son unos 800.000 por mes, pero de ahí hay que descontar el costo del gasoil y mi tiempo. Además, hago algunos fletes chicos y un reparto de pan por el que me pagan 250.000 mensuales», asegura.
Ana (39) está divorciada, tiene dos hijos y era secretaria ejecutiva de una empresa mediana que acaba de cerrar. Está en juicio por el cobro de la indemnización, se endeudó por 2 millones de pesos con la tarjeta de crédito y pretendió rebuscárselas con la venta a domicilio de cosméticos, ollas y recipientes plásticos. «El tema es que no se vende nada. El mes pasado no llegué a los 150.000 pesos de comisiones. No me alcanza ni para pagar los servicios. Tengo un equipo de aire acondicionado, pero no lo puedo usar y para afrontar el calor recurro a un truco que apenas si me ayuda: colocar una bolsa de plástico llena de cubitos de hielo y colgarla atrás del ventilador».

Changas. Aquellos que perdieron su empleo formal, o hace mucho que no encuentran uno, se ganan la vida como pueden con los medios que tienen a su alcance.
Foto: Jorge Aloy
Lo de Roberto (39) es casi un lugar común de la crisis. Fue despedido hace seis meses de una importante empresa de electrodomésticos en la que, como encargado de ventas, redondeaba unos 2.500.000 pesos entre el salario en blanco, lo que percibía en negro y las comisiones. Contaba con un pequeño automóvil modelo 2021 con el que inmediatamente se incorporó a una aplicación de transporte porque necesitaba ingresos inmediatos. «El tema –afirma– es que está volviendo a pasar lo de los 90 con los parripollos y los locales de alquiler de videos. La gran mayoría de los que se quedaron sin trabajo se incorpora a esta actividad porque solo se requiere saber manejar.
Al principio los conductores no eran tantos y el precio del servicio compensaba medianamente, pero ahora ya son miles y la clientela ha bajado mucho con la caída de los salarios y la malaria comercial –explica Roberto–. Para peor, la compañía resolvió congelar prácticamente los valores que se cobran para sostener la demanda. Sin embargo, algunos compañeros están contentos porque en un buen día pueden recaudar alrededor de 100.000 pesos en 12 horas de labor. No tienen en cuenta que de esa cifra hay que descontar la comisión de la empresa, la nafta, gas o gasoil, la renovación de los neumáticos, eventuales reparaciones del vehículo y su inevitable desvalorización. Si se hacen bien las cuentas quedan poco más de 1.200.000 pesos limpios».
Entre los que la pasan peor está Diana (35), que se desempeñó durante diez años en un estudio jurídico como secretaria de un conocido abogado. Hace cuatro meses le anunciaron que se iba a producir una reducción de personal y fue una de las primeras víctimas. Se cansó de enviar currículums y el dinero se le fue acabando. «Nunca pensé que iba a terminar limpiando casas por 3.500 pesos la hora», confiesa conmovida.
Un caso paradigmático es el de Antonio (44), que en 2003, sobre la base de una pequeña herencia y un crédito bancario logró instalar una pyme de serigrafía (técnica de impresión que consiste en transferir la imagen que se desea estampar en distintos materiales a través de una malla que se denomina pantalla) en un galpón del barrio porteño de Barracas. Los primeros tiempos fueron dificultosos, pero la actividad fue creciendo y en 2010 contaba ya con seis trabajadores y había incorporado como cliente a la mayor multinacional de bebidas gaseosas. A mediados de 2024 todo empezó a desmoronarse y en mayo de 2025 la empresa estaba paralizada, con lo cual se vio obligado a vender su automóvil de alta gama y, a precio vil, la maquinaria que había ido incorporando. Con lo obtenido pagó la totalidad de las indemnizaciones. Actualmente sobrevive con el alquiler del galpón y algunas changas. «Pasé de asumirme como un tipo de clase media alta a integrar esa legión de quebrados y desocupados a la que llamo clase un cuarto», sentencia.
