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Plan de restauración imperial

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Telma Luzzani

Trump utiliza toda la artillería para reconfigurar el orden mundial en favor de Estados Unidos. La disputa con China y las tensiones internas limitan su ofensiva. Groenlandia e Irán, escenarios clave.

Washington. El presidente estadounidense, exultante, en un discurso ante miembros del Partido Republicano, el 6 de enero.

Foto: White House photo

Recién comenzado 2026, Donald Trump inició una fase acelerada de su master plan para reformatear Estados Unidos y el orden mundial. Luego del ataque contra Venezuela va por más. Quiere someter a México, Colombia, Cuba; amenaza a Irán con una embestida militar y desafía a Europa advirtiéndoles a las coronas británica y danesa que piensa incorporar («les guste o no») los territorios de Canadá y Groenlandia a la nación estadounidense.

«Trump no quiere trabas», explica el ensayista e historiador cubano Ernesto Limia. «Desconoce las leyes internacionales y se separa de organismos como Naciones Unidas. El embajador de EE.UU. en la ONU, Michael Waltz, acaba de llamar a esa institución “inservible y ridícula”. La existencia de la ONU hace al mundo más racional. Si se la vacía de significado –como lo están haciendo– lo que queda es un nuevo reparto del mundo y de las esferas de influencia».

Para esto, Trump usa toda la artillería legal e ilegal. Sabe que no tiene mucho tiempo: en noviembre habrá elecciones para renovar el Congreso y puede perder la mayoría que hoy tiene en las dos Cámaras. Una encuesta realizada entre el 8 y el 11 de enero revela que el 56% de los estadounidenses cree que Trump ha ido «demasiado lejos» con las intervenciones militares en el extranjero y el 61% desaprueba cómo Trump maneja la política exterior en general y con Venezuela en particular.

El sondeo realizado por AP-Norc (agencia Associated Press – Center for Public Affairs Research) revela que​ el 90% de demócratas denuncia una extralimitación militar y el ​71% de republicanos apoya las acciones trumpistas, pero solo 1 de cada 10 quiere más intervención.

Por otra parte, la puja por el poder y la influencia a nivel global tampoco da respiro al presidente estadounidense. Beijing además de aventajar cada vez más a Washington en diversos campos, especialmente en el tecnológico, le pone límites a las prepotencias de Trump.

Cuando el norteamericano advirtió que ni Rusia ni China podrían comprar petróleo venezolano sin la autorización de EE.UU., la Cancillería china, a través de su vocera, Mao Ning, le recordó que los países latinoamericanos «son todos Estados soberanos e independientes con derecho a elegir libremente a sus socios comerciales y estratégicos». En el caso específico de Cuba, China advirtió que el vínculo bilateral no se altera así como tampoco los acuerdos económicos con La Habana y diversos Gobiernos de América latina.

Claudia Sheinbaum. Conferencia de la presidenta mexicana, que no le teme a las amenazas de Trump.

Foto: Getty Images


Más intervencionismo
En su estilo perfil bajo, también con respecto a la delicada situación en Irán, el Gobierno de Xi Jinping puso sus límites. Cuando el 12 de enero Trump publicó en su red social Truth que cualquier país que haga negocios con Irán deberá pagar un arancel del 25% «en todas sus transacciones comerciales» con EE.UU., China reaccionó.

«China protegerá resueltamente sus derechos e intereses legítimos», informó Mao Ning. Y agregó: «China defiende la estabilidad de Irán. Nos oponemos a la injerencia interna de otros países y al uso o la amenaza de la fuerza en las relaciones internacionales».

A comienzos de este año, las protestas pacíficas en Teherán, motivadas por una difícil situación económica, derivaron rápidamente en una insurrección violenta y caótica por todo el país. Analistas y periodistas en el terreno señalaron similitudes entre estas acciones descontroladas y las operaciones de guerras híbridas o golpes blandos, como las registradas en la plaza Maidán de Ucrania (2014), cuyo fin es concretar un golpe de Estado.

Según publicó Telesur, en videos verificados e incluso difundidos por opositores iraníes se venían escenas de brutalidad extrema (bomberos incendiados vivos, linchamientos, mezquitas saqueadas, copias del Corán quemadas) que evidenciaban la presencia de actores ajenos a la ciudadanía iraní. El Gobierno persa denunció «que grupos de la Mossad entrenados para el sabotaje habían ingresado por la frontera oriental del país». En el mismo sentido la cancillería de Rusia denunció, a través de su vocera María Zajárova, la existencia de «fuerzas hostiles externas que buscan desestabilizar y destruir (al Estado iraní) aplicando el método de las revoluciones de colores».

En Estados Unidos y Europa, por el contrario, la prensa fogonea el descontento contra el «régimen», palabra que evoca una dictadura a pesar de que al actual Gobierno iraní fue elegido democráticamente en las urnas en 2024. 

Como con Argentina y con Honduras, Trump intervino descaradamente en la situación interna iraní, instando a los manifestantes a derrocar al presidente Masoud Pezeshkian, médico cirujano y político de la línea moderada y dialoguista. «¡Patriotas iraníes, sigan protestando! ¡Tomen el control de las instituciones!», escribió en Truth Social.

Es obvio por qué le interesa al presidente estadounidense derrocar a Pezeshkian. Irán ingresó a los Brics en 2024. Tiene importantes acuerdos de asociación estratégica con Rusia y China. Como los otros países que Trump amenaza con ocupar y someter (Venezuela, México, Groenlandia), tiene enormes riquezas naturales y una proyección geoestratégica privilegiada (no olvidar su objetivo, junto con su socio israelí, de dominar Oriente Medio).

Al mismo tiempo, Irán es el cuarto proveedor mundial de energía. Para China, que le compra el 80% de su producción hidrocarburífera, es vital. Cualquier corte en el suministro, significaría un duro golpe para Beijing.

Encuentro. Los cancilleres de Dinamarca y de Groenlandia se reunieron con el vicepresidente Vance y el secretario de Estado Marcos Rubio, el 14 de enero.

Foto: Getty Images


Apropiarse de lo ajeno
La mitad de América del Norte no es americana. De los 24,7 millones de kilómetros cuadrados que tiene el norte de nuestro continente, 10 pertenecen a Canadá (oficialmente una monarquía parlamentaria federal encabezada por el rey británico Carlos III) y unos 2 kilómetros cuadrados ocupa Groenlandia, nación constituyente del Reino de Dinamarca. ¿Estaremos frente al principio del fin de la OTAN?

El vicio estadounidense de quedarse con territorio ajeno no es nuevo. «Hay que ver la historia de México», dijo en su mañanera del martes 13 de enero la presidenta Claudia Sheinbaum. «La última vez que hubo una intervención de EE.UU. en México, se llevó la mitad del territorio», dijo en alusión a los 2,5 millones de kilómetros cuadrados (California, Nevada, Utah, Arizona, Nuevo México, y partes de Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma) perdidos en la guerra con EE.UU. (1846-1848).

Trump anunció «ataques con tropas terrestres en México contra los narcos», pero Sheinbaum le respondió en forma contundente: «Nosotros tenemos una Constitución y estamos en contra de las intervenciones militares (…) Además, está la soberanía de México y la integridad territorial. En México operamos nosotros, no opera nadie más».

En cuanto a Groenlandia, el plan trumpista de anexar la isla ha movilizado a las fuerzas políticas y militares de ambos lados del Atlántico. El 14 de enero, los cancilleres de Dinamarca y Groenlandia se reunieron con su par, Marco Rubio, y el vicepresidente J. D. Vance en la Casa Blanca para avanzar hacia un acuerdo. La gestión fracasó. La posición expresada el día anterior por el primer ministro de Groenlandia («el pueblo groenlandés elige a Dinamarca antes que a EE.UU.») fue inamovible.

¿Cumplirá Trump su amenaza de poseer la isla a cualquier precio, incluso el militar? Según él, necesita ocuparla porque si no lo harán Rusia y China. Sin embargo, este escenario es poco realista. La riqueza de Groenlandia en recursos naturales y su posición estratégica en el Ártico son las razones que desvelan a Trump.

Con el cambio climático y el deshielo, el Ártico ha adquirido otro valor geopolítico. China ha puesto en marcha su Ruta de la Seda del Ártico y Rusia ha inaugurado la Vía Marítima del Norte, una ruta comercial navegable que acorta significativamente el transporte de las mercaderías que antes debían pasar necesariamente por el Canal de Suez.

Estados Unidos no quiere el diálogo sino la primacía absoluta. Sin embargo, esta ambición le puede salir muy cara. La expansión estadounidense pone en vilo su relación con Europa y repercute en las estructuras debilitadas y llenas de contradicciones internas de la Unión Europea e incluso de la OTAN.

El 14 de enero, Suecia, Reino Unido, Noruega, Francia y Alemania confirmaron el envío de tropas a Groenlandia para la Operación Resistencia Ártica, solicitada por Dinamarca. Pareciera que estos países no saben en qué mundo viven. Han olvidado que sin EE.UU. la OTAN no existe y que, para ellos, es Washington el que dicta las reglas de la «nueva normalidad».

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