6 de febrero de 2026
El ICE, la fuerza federal encargada del control migratorio, ejecuta asesinatos, detenciones arbitrarias y operativos fuera de la ley. Una ofensiva contra migrantes que avasalla garantías democráticas básicas.

Minnesota. Agentes rodean una manifestación por el crimen de Renee Good, de 37 años, a manos del ICE.
Foto: Getty Images
¿Es casual que el nombre de la fuerza de Estados Unidos más cuestionada hoy, ICE, signifique «hielo» en inglés? Sus robocops tienen sangre helada, eso está claro. El ICE, en español Servicio de Control de Inmigración y Aduanas, ya mató a dos personas, Renee Good y Alex Pretti, en Minneapolis-St.Paul. Metió presos hasta a niños. E hizo otras salvajadas sobre todo en estados donde gobierna la oposición a Donald Trump, como Minnesota.
El ICE se llama así desde que lo rebautizó George Bush hijo. Antes era INS, es decir, el Servicio de Inmigración y Naturalización. Tampoco George W. era alguien a quien pudiera asociarse con la ternura o la benevolencia.
El ICE depende del Departamento (Ministerio) de Seguridad Nacional (DHS), donde manda Kristi Noem, trumpista radical. Estados Unidos se formó con migrantes europeos, luego de perseguir o matar a los pueblos originarios. Paradójicamente, Noem es una de los millones de descendientes de inmigrantes (en su caso, noruegos). Fue Reina de los Hielos en su Dakota del Sur. Vivió en un típico rancho del corazón del Medio Oeste, por lo cual le gusta andar vestida de cowgirl (vaquera), con sombrero y botas. Recibida de politóloga, escaló en el Partido Republicano como legisladora, luego gobernadora, y hoy es una de las piezas clave del gabinete de Trump. Califica a los migrantes perseguidos, incluso a los dos asesinados, como «terroristas domésticos». Y es una promotora del negocio de las cárceles privadas, a donde más van los inmigrantes detenidos. Esa es otra razón de la alta actividad del ICE, que según se ha denunciado, cobra per cápita.
Manual inconstitucional
Debajo de ella, quien dirige el ICE es Todd Lyons. Exmiembro de la policía en Miami, se unió al organismo en 2007 y fue ungido director en 2025. Es autor del «manual de estilo» que aplican sus muchachos y que, según muchos, es inconstitucional en cuanto a procedimientos para detener personas o saltearse la orden judicial. Un manual cuyos detalles solo conocen los altos mandos, que transmiten oralmente, sin dejar constancia, a los ejecutantes directos.
Lyons fue miembro de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, con experiencia en ocupaciones extranjeras. Bien podría –otra paradoja de esta historia– haber sido paciente del asesinado Alex Pretti, enfermero que se especializaba, justamente, en esos exsoldados que abundan en el país del Norte, dolientes en mente y alma tras llevar destrucción, saqueo y muerte a tierras lejanas.
Un subordinado de Lyons que también jugó un rol esencial fue Gregory Bovino, jefe de los fusilamientos de Minneapolis. Trump ya lo sacó de escena, después de que este hombre –a quien le gusta lucir trajes que recuerda al uniforme de las SS nazis– quedara en medio del escarnio y las maldiciones que le echaron los manifestantes que en forma masiva salieron contra frío y nieve extremos a marchar contra el ICE. Movilizaciones que tuvieron lugar en el estado de Minnesota, y en muchos más, como hacía décadas que no ocurría en Estados Unidos.
Igual que las marchas «No King» contra Donald Trump, que movieron a siete millones de personas, las protestas contra el ICE fueron multitudinarias y la sociedad civil se organizó contra los agentes con silbatos, rondas, autogestión y desobediencia civil; incluso en Texas hubo ataques a locales de los represores. Y el último fin de semana de enero, la protesta «Cierre Nacional» (National Shutdown) congregó multitudes en Minneapolis, San Francisco, Columbia, Filadelfia, Chicago, Milwaukee, Denver, Luisiana y Washington.
Pasado oscuro
Volviendo a Bovino, es uno de los que armó la mentira de que Pretti estaba armado al ser masacrado. Fue policía de fronteras con experiencia en los exterritorios mexicanos de Texas, California y Arizona, también en Chicago, otro lugar cuyo gobernador demócrata resiste el envío de tropas del ICE. Con impunidad, Bovino, por ahora, solo fue corrido de lugar, más precisamente a California.
En su lugar, el jefe de Estado envió a Minnesota al llamado «zar de las fronteras» y exdirector del ICE en el primer Gobierno de Trump, Tom Homan, quien ahora suele hablar como experto antinarco e inmigrantes en programas de las ultraconservadoras cadena Fox News y fundación Heritage. En 2024, Homan había anticipado en la Conferencia Nacional del Conservadurismo que como líder de las políticas migratorias del Gobierno iba a dirigir la «mayor fuerza de deportación que este país haya visto jamás». Va cumpliendo.
Arthur Schlesinger Jr. fue un historiador del tema crucial de la inmigración en la historia y la formación de Estados Unidos como nación. Desde los años de John F. Kennedy, a quien asesoró, y de la liberación y lucha de minorías, en especial la afrodescendientes, Schlesinger postuló que un concepto prodiversidad, sin caer en el fanatismo de lo étnico, podía suplir la tradicional idea de Estados Unidos como «crisol de razas», concepto perimido. Hablaba sobre una diversidad que era común ver en ciudades de Nueva York o California. Pero ahora, ese perfil de país está bajo riesgo con las políticas reaccionarias y antimigratorias extremistas de esta administración.
Con todo, las políticas de deportación vienen de lejos. Las cifras oficiales señalan que quien más las aplicó, con registros formales, fue el demócrata Barack Obama (2009-2017): expulsó el récord de 3 millones de personas. Biden, igualmente del Partido Demócrata, registró en 2021-25 más de 4 millones, pero incluyó un número importante de rechazos en la misma frontera. George W. Bush cuenta con más de 2 millones. Y Bill Clinton tuvo un conteo bastante menor. En su primer gobierno, Trump echó menos que Obama, entre 1,5 y 2 millones de personas. Y en lo que va de su segunda experiencia, son 605.000 hasta fines de 2025, según informó Washington. De acuerdo con The New York Times, esa cifra se repartiría más o menos en mitades entre deportados o rechazados en frontera.
Pero lo que se destaca de Trump, quien impulsó el muro en la frontera con México, no son solo los crímenes, sino su explícita xenofobia y una mayor espectacularidad y obscenidad para mostrar el traslado de migrantes expulsados y encadenados como si fueran bestias, además de saltearse pasos judiciales que sí hubo, en general, en los Gobiernos anteriores. La clave, quizá, esté en lo que estudiosos como Pablo Pozzi, quien por años dictó la Cátedra de Historia de Estados Unidos en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, advierten acerca de la creación de un estado de conmoción interna que habilite nada menos que la interrupción del sistema democrático del país del Norte, algo de lo que ya se habla abiertamente.
Es imposible que Estados Unidos viva sin migrantes. Como ironizó la película Un día sin mexicanos, que muestra a oriundos del sur del Río Bravo con medidas de fuerza y protestas que paralizan al país, un sinfín de oficios y puestos lo realizan migrantes, mayormente trabajos no calificados que buena parte de los nativos no harían. Lo de Trump y el ICE parece, entonces, como otras agendas del presidente, poco realizable y más en la línea del relato y la batalla cultural que desarrollan las extremas derechas de moda. El ataque ya no solo a migrantes, sino a ciudadanos nacidos en Estados Unidos, complica a Trump, por cierto otro nieto de inmigrantes, alemanes y escoceses. También ensombrece sus promesas de hacer «grande de nuevo» a su país. Los datos económicos no lo están ayudando. Y perdió casi todas las elecciones locales, incluido Miami, por lo que no tiene un panorama alentador para los comicios de medio término de este año.
