13 de febrero de 2026
El botín
Director: Joe Carnahan
Intérpretes: M. Damon, B. Affleck, S. Yeun, S. Calle, S. Adkins, T. Taylor
Netflix

Policías. Dumars (Affleck) y Byrne (Damon) intervienen en una causa vinculada al narcotráfico.
«Netflix quiere que la trama de una película se repita tres o cuatro veces en los diálogos porque la gente está con sus teléfonos móviles mientras la ve». La declaración de Matt Damon en una de las entrevistas que concedió para promocionar el estreno de El botín, el film que protagoniza con su amigo Ben Affleck en la plataforma de streaming más popular del mundo, nos ofrece una buena pista para explicar por qué la mayor parte de la producción audiovisual contemporánea es tan chata e irrelevante. Y, a la vez, permite corroborar que, en este escenario, buena parte de los popes de la industria han elegido la complicidad. A esta altura de sus respectivas carreras, queda claro que tanto Damon como Affleck pueden elegir los trabajos que hacen. Y eligen, no hay duda.
Lo primero que llama la atención de esta película de casi dos horas es justamente lo que se desprende de la declaración de una de sus estrellas: diálogos que se repiten, escenas que subrayan información y una narrativa que no da nada por supuesto. Un menú estrictamente pensado para una audiencia de atención fragmentada. El cine –o al menos cierto enfoque industrial– se está empezando a adaptar a la distracción, en lugar de combatirla.
La estructura de El botín es bien reconocible. Nada nuevo, pero ejecutado con el pulso que Netflix ha convertido en estándar: ritmo sostenido, giros constantes en la trama y una narrativa pensada para que ni siquiera un espectador disperso pueda perderse.
Los protagonistas son dos policías veteranos de Miami, Byrne (Damon) y Dumars (Affleck), que durante un operativo descubren un enorme alijo de billetes en efectivo escondido en una casa vinculada con el narcotráfico. Lo que en principio parece un procedimiento rutinario –incautar, contar y entregar el dinero a las autoridades– se transforma rápidamente en una prueba de lealtad. A medida que avanza la investigación, la frontera entre cumplir con el deber y aprovechar una gran oportunidad se vuelve cada vez más borrosa.
La puesta en escena es convencional, los conflictos se verbalizan más de lo que se sugieren y las motivaciones de los personajes se explican una y otra vez. No hay demasiado espacio para la ambigüedad. Cada giro narrativo viene acompañado de una confirmación, y todos los personajes están diseñados para ser funcionales: el líder con pasado turbio, el socio que duda, el especialista técnico, la figura femenina que aporta inteligencia y desconfianza. Son arquetipos reconocibles, más cercanos al algoritmo que a una tradición clásica de aquel cine de atracos que jugaba más con el estilo, la personalidad y el subtexto.
Las escenas de acción están coreografiadas con ingenio, pero la película nunca busca sorprender desde lo formal. Todo está pensado para ser claro, legible y rápido. Y no hay razones para pensar que esta tendencia no vaya a profundizarse en la mayoría de las plataformas.
El botín se convirtió muy rápido en una de las producciones más vistas de Netflix, ubicándose en el número uno del ranking en más de 80 países. La fórmula funciona. Y por si hiciera falta, decenas de medios online publicaron en los últimos días artículos con «el final explicado» de la historia.
