14 de febrero de 2026
Tres millones de documentos revelan detalles sobre la red de explotación sexual urdida por el magnate fallecido. Delitos aberrantes, nombres de alto perfil y un entramado interminable de complicidades e impunidad.

Washington D.C. Una de las sobrevivientes de los abusos de Epstein habla frente al Capitolio poco antes de la desclasificación de los archivos.
Foto: Getty Images
El Departamento de Justicia de los Estados Unidos acaba de desclasificar unos tres millones de documentos vinculados a Jeffrey Epstein, el magnate financiero que, además de desarrollar su conducta pedófila y de hacerlo con una angurria bestial, le descubrió a semejante perversión una «utilidad práctica»: abusar y prostituir niñas y adolescente de entre 12 y 17 años, entregándolas, por razones de negocios o solo para intercambiar «gentilezas», a referentes políticos, económicos y culturales de la élite mundial.
Pero el suyo fue un «curro» con una fecha de vencimiento o, mejor dicho, con dos. La primera: el 30 de junio de 2008, al ser recluido por 13 meses en la Prisión Estatal de Florida por «abuso de menores», bajo un régimen carcelario con salidas diarias para atender sus actividades «legales». Y la segunda: el 6 de julio de 2019, al ser recluido en el Centro Correccional Metropolitano de Nueva York por esa misma carátula, aunque agravada en esa ocasión con la de «tráfico sexual de menores», por lo que mereció un régimen carcelario más severo.
Pues bien, 28 días después, fue encontrado muerto en su celda. La versión oficial indicaba «suicidio por ahorcamiento» con un trozo de sábana, pese a que sobre este punto no está dicha la última palabra.
Pero esta trama no terminaría con su viaje hacia el Más Allá. Porque los papeles que ahora salieron a la luz –en cumplimiento de la ley estadounidense que exige el «acceso a la información»– ponen en foco sus lazos con personajes que aún no estaban en el radar de la pesquisa.
El emprendedor
Epstein fue un self made man de pura cepa. Nacido a comienzos de 1953 en un hogar judío afincado en Brooklyn, cursó la enseñanza media siendo un alumno sobresaliente. También asistió a una universidad privada, la Cooper Union, para luego pasarse a la Universidad de Nueva York, aunque abandonaría sus estudios de Ciencias Exactas medio año antes de graduarse. Aun así, logró ser profesor de matemáticas y física en dos prestigiosos colegios de la Gran Manzana. En 1976, el papá de un alumno lo recomendó al banco de Inversiones Bear Stearns.
Allí ascendería de rango en tiempo récord hasta convertirse en uno de sus socios. No era para menos: su habilidad para las operaciones bursátiles era mágica. Tanto es así que, a mediados de 1982, creó J. Epstein & Co, su propia mesa de dinero, que conservaría hasta el final de sus días.
Por ese entonces conoció a Ghislaine Maxwell, nada menos que hija del millonario editor británico del diario Daily Mirror. Y ella haría con Jeffrey una pareja más que singular.
La movilidad socioeconómica de este yuppie fue vertiginosa.
En lo patrimonial, Epstein sumaría unos 800 millones de dólares, a lo que se añadían sus propiedades; a saber: un piso en París sobre la avenida Foch, otro en Manhattan, una isla en el Caribe, un rancho en Nueva México, además de la nave insignia de su imperio inmobiliario: una mansión al oeste de Palm Beach, en Florida, junto al club privado Mar-a-Lago, de Donald Trump.
El actual presidente estadounidense –según The New York Magazine– opinó por ese entonces de su vecino: «Es un tipo fantástico. Incluso se dice que le gustan las mujeres hermosas tanto como a mí, y muy jóvenes».
De hecho, hay un video de 1992 –emitido recientemente por el programa Closer Look, de la NBC– con ambos caballeros rodeados de chicas que parecen colegialas maquilladas en exceso, durante una fiesta ofrecida por Trump en Mar-a-Lago. Esa troupe habría sido un aporte del bueno de Epstein. Allí, ya en copas, ponderan las curvas de aquellas adolescentes.
A un costado se la ve a Ghislaine, quien sonreía de oreja a oreja, sin un ápice de enojo por la conducta jaranera de su novio. Business is business.
En esa época, los deslices non sanctos del financista eran aún un secreto guardado bajo siete llaves. Y la actitud de Miss Maxwell no resultaba vidriosa.
El recurso del método
Ya al empezar el siglo XXI, en Palm Beach se corría la voz entre las alumnas del Royal Palm Beach Comunity High School que, por solo llevar un mensaje a la mansión del «señor raro de pelo gris» (así lo llamaban a Epstein), se podía ganar en el acto 300 dólares.
Sin embargo, el asunto no era tan sencillo. Eso lo supo en carne propia la estudiante Pamela Ribbens, de 16 años.
Es que, conchabada con ese fin por Ghislaine, quien chorreaba simpatía (¿acaso era razonable desconfiar de ella?), acudió a ese sitio con un sobre en la mano. Y tras aguardar unos minutos en un salón con enormes espejos, apareció Epstein. Estaba desnudo, a no ser por una toalla que le cubría los hombros. Y sin mediar palabra alguna, comenzó a manosearla.
Así era su modus operandi.
Pamela recién habló de ello a los 35 años, durante su denuncia judicial.
Por otros testimonios posteriores, se sabe que, en algunas oportunidades, Ghislaine intervenía activamente en los abusos.
Como proxeneta, Epstein no era menos minucioso, ya que tejer una red de tráfico sexual requería de criterios empresariales. Y también de alguien que se encargara de los «recursos humanos». ¿Quién mejor que Ghislaine para eso?
Entonces, ella ofició de reclutadora.
Por lo pronto, hay un caso específico que describe esta dinámica; es el de Virginia Giuffre, de 17 años (quien, tres lustros después, también sería una las denunciantes). Su ingreso a la órbita de Epstein fue a fines de 2000, luego de que, en Palm Beach, Ghislaine le ofreciera trabajar de masajista en la mansión.
Ella aceptó, sin suponer de qué masajes se trataba.
Uno de sus primeros «clientes», según denuncia la propia Guiffre, fue el abogado Alan Dershowitz, quien, además, era un alto dirigente del Partido Republicano y profesor en Harvard.
La cuestión es que Virginia se vio obligada a practicarle sexo oral en una limusina. Un detalle: Dershowitz tenía 88 años.
Luego –siempre según su denuncia judicial–, también tuvo un encuentro en los mismos términos nada menos que con el príncipe Andrés, del Reino Unido.
Otros numerosos casos de idéntico calibre constan con pelos y señales en la profusa documentación recientemente desclasificada.
De modo que Epstein se había transformado en un «fiolo» de alta gama; tal vez, el más poderoso de la Tierra. Un logro únicamente posible con el voto de silencio entre todos sus actores.
Quizás, embriagado por la impunidad, él no creía que, en algún momento, ese pacto se haría añicos.
Pero vayamos por partes.
Los monstruos
«Tengo una profesora para ti que te puede enseñar a hablar en ruso. Tiene dos por ocho años de edad, no es rubia, las clases son totalmente gratuitas y puedes tenerla hoy mismo, si así lo quieres».
Tal es el texto de un mensaje encontrado en el teléfono celular de Epstein.
¿Acaso su destinario fue el fundador de la empresa Microsoft, Bill Gates?
Es que él había intimado con una chica rusa proporcionada por Epstein. A raíz ello contrajo una enfermedad de transmisión sexual que intentó ocultar a su esposa. Pero sin éxito.
Su divorcio de Melinda French Gates coincidió con la segunda detención de Epstein. Y fue ella quien blanqueó el motivo ante la prensa.
Al Príncipe Andrés no le fue mejor. El caso hizo que su hermano, el rey Carlos, lo despojara de sus atributos. Y desde aquel día, obligado a identificarse únicamente por su nombre plebeyo –Andrew Mountbatten-Windsor–, transita por la vida como un fantasma apenas disimulado.
Fue una paradoja que, mientras este sujeto caía en desgracia, su antigua víctima, Virginia Giuffre, se suicidara con barbitúricos.
En tanto, Ghislane Maxwell era condenada a 20 años de cárcel. Y Epstein ya residía en el infierno.
Ahora, tras la reciente desclasificación de los archivos del caso, son más de un millar los intocables de la élite mundial que, al menos en lo que al buen nombre y honor se refiere, quedaron a la intemperie. El pacto secreto entre ellos explotó en, para ser exactos, tres millones de fragmentos. Demasiados, quizás, como para mencionar a todos estos príncipes desnudos de un tirón, más allá de la veintena que la prensa repite una y otra vez: Trump, Gates, Bill Clinton, Tony Blair, Elon Musk y el pobre Andrés, entre otros. Demasiados datos sin formato ni contexto como para que sus pecados se licúen en el misterio del presente. Un misterio atravesado por un claroscuro gramsciano entre el viejo mundo que muere y el nuevo que puja por nacer. Es el tiempo de los monstruos.
