22 de marzo de 2026
Marcela Perelman, Miguel Santucho y Malena Silveyra, militantes de organismos de derechos humanos, reflexionan sobre el desafío de transmitir a los jóvenes las huellas profundas que dejó el terrorismo de Estado en el país.

Argentina vuelve a salir a las calles el 24 de marzo para condenar los crímenes de la dictadura. No es una movilización más: se trata de medio siglo desde el último golpe de Estado, que dejó miles de desaparecidos y cientos de adultos que desconocen su origen. Las familias, en la mayoría de los casos, no cuentan con una tumba para llorar a los ausentes. Este año, los organismos de derechos humanos propusieron marchar con las fotos de los desaparecidos bajo la consigna «que digan dónde están».
La mayor parte de la sociedad argentina no vivió el terrorismo de Estado. Transmitir lo que significó y sus consecuencias hoy es un desafío para el movimiento de derechos humanos. Acción reunió a tres militantes con diversas trayectorias que participaron de estos debates para pensar cuál es el futuro de la memoria.
En la conversación participaron Miguel «Tano» Santucho, Malena Silveyra y Marcela Perelman. Santucho es parte de una familia diezmada por el genocidio: su madre está desaparecida, en 2023 encontró a su hermano, que nació en cautiverio, e integra la comisión directiva de Abuelas de Plaza de Mayo. Silveyra es socióloga y forma parte de la Liga Argentina por los Derechos Humanos (LADH). Perelman es politóloga, periodista y dirige el área de investigación del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS).
Los tres nacieron en los 70 y forman parte de una bisagra entre las generaciones que fundaron el movimiento de derechos humanos y las más jóvenes, que vienen a desafiar sus formas y estrategias.
–¿Qué representan los 50 años del inicio de la dictadura con una consigna que, de alguna manera, vuelve al origen?
–Santucho: Cincuenta años marcan un ciclo histórico. Es un momento de balance y lo primero que salta es que todavía no tenemos los cuerpos. Faltan 300 hombres y mujeres que no conocen su identidad. Cuando las Madres salieron a decir «aparición con vida», hoy sabemos que quienes están recuperando la libertad saben dónde están, tienen esa respuesta. Nosotros buscamos 300 nietos, pero no es que estén perdidos: fueron robados, están ocultados y esa información está en quienes no la dicen. Entonces, esta consigna tiene que ver con eso: hacer un balance y afirmar con fuerza lo que siempre dijimos y necesitamos, porque es un reclamo legítimo e histórico.
–Silveyra: Me parece que, además, es una consigna que es una exigencia, no dirigida a un solo actor: principalmente a los genocidas, pero también al Estado, en la necesidad de buscar a los desaparecidos, tanto a los hijos de los compañeros que siguen sin saber su verdadero origen como los cuerpos de los detenidos-desaparecidos. Los años redondos convocan a mirar el suceso que conmemoramos, pero también la trayectoria hasta el presente. Volver a la consigna «dónde están», histórica del movimiento de derechos humanos, de las Madres y los familiares, es recuperar esa historia de lucha. Es construir memoria no solo de lo que pasó durante la dictadura –o incluso antes– sino también de las trayectorias, sueños y grupalidades de los compañeros y de todo lo que hicimos nosotros, que es mucho y a veces se pierde. Esa es la potencia de la consigna.
–Perelman: Es una consigna que, si bien tiene ecos fundacionales, no es anacrónica: cobra vigencia como interpelación política concreta hoy. También es una forma de responder al señalamiento de la «memoria completa». Cuando se nos dice que callamos u ocultamos parte de la historia, este reclamo –que digan dónde están– señala que, si falta algo, no es porque ocultemos, sino porque hay información en el pacto de silencio que ellos sostienen. Entonces es devolver el cuestionamiento: si quieren memoria completa, que digan dónde están.

«Cincuenta años marcan un ciclo histórico. Es un momento de balance y lo primero que salta es que todavía no tenemos los cuerpos. Faltan 300 hombres y mujeres que no conocen su identidad.» Miguel Santucho
–Tanto el CELS como Abuelas se crearon durante la dictadura; la LADH tenía varias décadas de historia. Después de 50 años, ¿cuáles son los desafíos del movimiento de derechos humanos para sostener su vigencia?
–Santucho: Estamos viviendo un cambio epocal. Se están perdiendo el valor y la representación de instituciones como Naciones Unidas o el derecho internacional. En este contexto, los organismos tenemos una tarea fundamental: fijar valores. Hoy cualquiera puede inventar un relato o decir cualquier cosa, y no es así. Desde Abuelas planteamos el valor de la verdad, lo que significa conocer. Hay que poner límites, puntos de referencia, porque todo se tergiversa con facilidad. Nuestro rol es sostener principios y valores concretos, porque sabemos que son importantes, que nos cambian la vida. Mucha gente se identifica con ellos, aunque sea para diferenciarse. Estamos viendo en el mundo cosas que habíamos dicho que no tenían que pasar nunca más y que las sociedades también habían rechazado. Sin embargo, pasan y nadie se hace cargo. La verdad tiene un valor. Las cosas que se hacen se pagan.
–Silveyra: Coincido plenamente con el Tano. Ese ha sido históricamente el lugar de los organismos. Y hay otro rol también histórico: estar al lado de los sectores populares, acompañando sus luchas. Nuestro organismo nació al calor de la solidaridad internacional y la lucha contra el fascismo, y durante mucho tiempo estuvo concentrado en la defensa de trabajadores y presos. Esa es la potencia del movimiento de derechos humanos en Argentina: la lucha por memoria, verdad y justicia articuló siempre las luchas populares. En los 90, cuando estábamos muy solos, cada jueves en Plaza de Mayo había un megáfono para amplificar conflictos de todo el país. Los pañuelos amplificaban luchas, construían un hilo entre los 70 y el presente. La lucha contra la impunidad era también la lucha contra el neoliberalismo, en tiempo presente. Ese lugar de encuentro no puede ser el mismo hoy, porque el tiempo es otro, pero hay que volver a encontrarlo.
–Perelman: Hay tres articulaciones principales. Una es generacional: a quienes nacimos en los 70 nos toca despedir a una generación y abrir la conversación con los más jóvenes, asumiendo que crecieron en otro tiempo y no están subjetivados políticamente por la dictadura como nosotros. No frustrarnos, sino entender los problemas del presente y conectar pasado y presente. La segunda es la articulación entre luchas, en lo nacional e internacional, para que la memoria no quede encapsulada. Y la tercera es la articulación entre temporalidades.
–¿Cómo abrir la conversación con los jóvenes?
–Perelman: Nos cuesta que símbolos centrales de nuestra cultura política no lo sean para otras generaciones. Pero si eso nos frustra o nos enoja, los que nos alejamos somos nosotros. Hay un trabajo grande, no tanto de transmisión en términos tradicionales, sino de apertura a una conversación donde también tenemos que aprender. Podemos articular lo aprendido en nuestra experiencia con la de ellos, que combina eso con nuevas vulneraciones de derechos. El desafío es mostrar por qué la memoria es fundamental para atravesar el presente.
–Silveyra: Hay una falsa idea de que la transmisión es uno que habla y otro que escucha. La transmisión es una relación social. Se trata de construir ese diálogo. La memoria se construye en tiempo presente y para el presente. No es repetir el pasado, sino encontrar su sentido hoy. Es un trabajo entre generaciones: quienes tenemos más años intentamos entender la realidad desde nuestra experiencia, y los más jóvenes desde la suya. Ahí puede haber una transmisión efectiva. Nuestra generación tiene mucho para transmitir, aunque nos costó ver nuestras propias experiencias. Quedamos atrapados en la derrota de los 60 y 70 sin dimensionar lo construido después. Hoy, frente a Milei, aparece la necesidad de revisar los 90 o 2001: construimos analogías para entender el presente. El desafío no es bajar línea.
–Santucho: Es fundamental permitir que resignifiquen lo que hicimos. Desde Abuelas venimos planteando que las nuevas generaciones son un sujeto protagónico, no solo en la búsqueda sino en la defensa del Nunca Más. Lo hicimos con iniciativas como Sembrar Memoria, Plantar Memoria, para que la memoria tenga nuevos sentidos en los barrios. Que no sea solo la memoria de los 30.000, sino también de lo que pasa hoy. Los pañuelos verdes, violetas, naranjas son parte de esa transmisión. El tema es permitir que el otro nos interprete de otra manera, soltar y dejar que hagan con eso lo que necesiten.
–Perelman: También hay que evitar generalizar sobre «los jóvenes» como un sujeto homogéneo. Son muy chicos, después de medio siglo, para sentir esos hechos como propios. Pero viven en un tiempo donde pueden escuchar a quienes atravesaron esa historia. Ese encuentro generacional hay que propiciarlo. Otro desafío, más complejo, es que las diferencias dentro del movimiento consumen mucha energía. Esa dinámica endogámica nos aleja de lo importante: el contacto generacional y la articulación entre luchas. Nuestra energía es finita y hay que decidir hacia dónde dirigirla.

«Volver a la consigna “dónde están”, histórica del movimiento de derechos humanos, de las Madres y los familiares, es recuperar esa historia de lucha. Es construir memoria.» Malena Silveyra
–¿Cómo hacen para surfear esta coexistencia entre una sociedad que vota a un Gobierno con tintes negacionistas y este consenso antidictadura?
–Perelman: Hay un rechazo muy extendido de la dictadura, mayor que en otros países como Chile o España. Pero hay menos acuerdo sobre qué es la democracia. El rechazo al golpe o al terrorismo de Estado convive con una idea de democracia más ligada a derechos individuales y alejada de dimensiones colectivas. Por eso no es contradictorio rechazar la dictadura y, al mismo tiempo, no ver como problemático el presente.
–Silveyra: También hay una tensión en el lugar que ocupa ese rechazo dentro del conjunto de valores de cada uno. Podemos repudiar la dictadura, pero ubicar ese tema muy abajo en nuestras prioridades. Si no logramos actualizar esa memoria y conectarla con el presente, se aleja. En los 90, por ejemplo, entendíamos que la falta de trabajo tenía que ver con la dictadura. Había una articulación directa con la vida cotidiana. Si no reconstruimos ese vínculo, la memoria pierde centralidad. Ese es un desafío clave: pensar las consecuencias actuales de ese proceso.
–Santucho: Hay un consenso muy amplio en rechazar las consecuencias de la dictadura, pero no tanto sobre su origen. Ahí hay dos temas centrales: la crisis de la democracia y, sobre todo, de la representación. Muchas instituciones no representan a quienes dicen representar. Eso debilita la democracia y alimenta el malestar. La gente expresa esa bronca sin ser consciente de las consecuencias: votando opciones que pueden llevar a escenarios que dice rechazar. Hay una disociación entre lo que no se quiere y las acciones que se toman. Eso también es producto de los límites de la democracia que construimos.

«Podemos articular lo aprendido en nuestra experiencia con la de los jóvenes, que combina eso con nuevas vulneraciones de derechos. El desafío es mostrar por qué la memoria es fundamental para atravesar el presente.» Marcela Perelman
–¿Están conformes con lo que ha sido y lo que es el proceso de justicia?
–Santucho: Durante años dije que ya no era justicia, que no podían reparar todo el daño. Me retracto: la justicia absoluta no existe; sin embargo, se lograron cosas increíbles. Falta, sobre todo, romper el pacto de silencio. Para acercarse más a lo que quisiéramos, el Estado no debería haber permitido privilegios sin colaboración con la Justicia. Aun así, todo lo hecho es muy sanador. Con el tiempo se dimensiona su importancia. Y logramos que una Justicia que considerábamos cómplice se expida y condene.
–Silveyra: Es imposible decir que sí. La vida de quienes no están no vuelve. Quedan muchas deudas: los responsables civiles, los grupos económicos que se beneficiaron, no llegaron a juicio. Eso limita la comprensión del proceso. Dicho esto, en retrospectiva hicimos lo imposible. Recuperar eso es fundamental: somos un pueblo capaz de hacer lo imposible.
–Perelman: Hay que diferenciar el balance personal del social y político. En lo personal, hay muchos casos no juzgados y una gran heterogeneidad de resultados. Pero en términos sociales y políticos, se logró revertir la impunidad. El saldo histórico es que se hizo justicia: estos crímenes fueron establecidos como los más graves, recibieron las penas más altas y, a través del proceso judicial, se conoció mucha verdad.
