29 de marzo de 2026
Las marchas por los 50 años del golpe dejaron señales sobre el clima social, en un escenario signado por la persistencia de los valores democráticos, el ajuste y una creciente distancia con el discurso oficial.

Mensajes. Masividad y gran presencia juvenil, dos rasgos salientes de las movilizaciones de la semana pasada.
Foto: Getty Images
Si algo registraron quienes fueron a la marcha por los 50 años del golpe cívico-militar, tanto en Buenos Aires como en las grandes ciudades de todo el país, además de la masividad, fue la gran cantidad de jóvenes que participaron. Lo que llevó a que no pocos vislumbraran un promisorio hueco en uno de los ejes que el Gobierno ultraderechista sostiene desde que llegó a la Casa Rosada: la batalla cultural.
Lo que la realidad mostró es que la guerra siempre es larga, que al menos esta batalla la ganó la sociedad y que el Nunca Más caló hondo también en las nuevas generaciones. Muchos de ellos quizás hasta pudieron haber votado en el balotaje a Javier Milei creyendo que podía ser la vía para terminar con el grave problema de la inflación. Pero cumplida más de la mitad del período de gobierno, se diluye el discurso pretendidamente científico de que el presidente tenía el conocimiento y las herramientas para poner fin a ese flagelo. A esta altura, y a pesar de las maniobras con el Indec, ya no puede disimular que los precios van corriendo por el ascensor mientras que al pisar las paritarias y en un escenario de pérdida de fuentes de trabajo, los ingresos ni siquiera pueden gatear en una escalera. Una encrucijada que el contexto internacional de aumento de precios del petróleo y el gas por la guerra en Irán no harán sino amplificar. Pero que no podrá ser disfrazado con esa excusa.
Los medios tradicionales más influyentes, tanto en gráfica como en los canales que controlan (TN y La Nación+) intentaron que ante la inminencia del 24 de marzo, circulara el mensaje negacionista o el tan trillado de «memoria completa» que difunde el Gobierno. Las tapas de las ediciones del mismo martes fueron muy ilustrativas por lo que buscaban esconder más que por lo que mostraban. Otra forma de admitir, por sentido inverso, que ellos también fueron responsables de aquellos crímenes, ya sea por acción como por omisión. Una ventanita de tapa mínima de Clarín diciendo que «el kirchnerismo y la izquierda marchan divididos a Plaza de Mayo». Una en La Nación con una columna de Joaquín Morales Solá, protagonista a su manera de aquellos años desde Tucumán, resaltando que ese día «todo cambió para siempre» y otra debajo acentuando que se trataría de «marchas de la oposición».

Es cierto que era una noticia importante lo que ocurre en Oriente Medio tras el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán. Pero eran 50 años de la dictadura más mortífera de la historia argentina. Un golpe que arrasó con muchos de los sectores más combativos de aquel momento y buscó disciplinar al resto de la población para imponer un modelo económico neoliberal que Milei y sus acólitos intentan reeditar. Con los mismos argumentos y hasta las mismas palabras que usaron hace medio siglo la dictadura y el entonces ministro Alfredo Martínez de Hoz. Contra la industria nacional, en pos de «las libertades económicas» y en general denigratorias del pasado «populista» que afirmaban venir a enterrar.
Las calles mostraron que los más veteranos siguen con el rito de marchar en contra de aquella atrocidad y sus consecuencias. Pero también cientos de miles de jóvenes, digamos que hasta los 30-35, también tuvieron algo por decir, desmintiendo el brulote de que se habían hecho libertarios. Si ese hubiera sido el caso, será que ahora empiezan a advertir que se cumple eso de que «son lo mismo que la dictadura» y apelan a armas parecidas: represión y despojo. «En la política económica de ese Gobierno debe buscarse no solo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada», anunciaba Rodolfo Walsh en su carta póstuma del 25 de marzo de 1976. Cada día es más evidente que el plan y el resultado no serán diferentes.
Es en este entorno que una manifestación con la potencia que tuvo la del martes pasado implica tanto un grado de esperanza que parecía haberse agotado como un desafío para las dirigencias políticas. No fue una marcha partidaria y así lo vieron aquellos que temen por su futuro porque se les recorta el acceso a una educación pública de calidad, los derechos sociales y laborales y también la posibilidad misma de tener trabajo. Es decir, el proyecto básico de construir un país donde merezca la pena vivir. Esos cientos de miles –¿cuántos más de un millón en todo el territorio fueron?– asistieron por un reclamo que queda latente en pos de quien los represente.

Y así como en las marchas del 12 de mayo de 2017 contra un aberrante fallo de la Corte en favor de la doctrina del 2×1 a condenados por delitos de lesa humanidad, o aquellas otras en los albores de esta era democrática, en las Pascuas de 1987, contra el levantamiento carapintada, no solo hay una lucha por el futuro, la hay también por no volver a ese pasado ominoso. Es un guante arrojado al aire para que la política se haga cargo.
La otra cara
La pregunta que viene surgiendo de las últimas encuestas es hasta dónde la sociedad aguantará los rigores de un plan económico que no hace más que mostrar sus inconsistencias sin una luz al final del túnel. Los datos de desocupación creciente y de una inflación a la que los vaivenes internacionales no harán sino incrementar aún más, se le suman los grandes escándalos que envuelven desde a los hermanos a cargo del Poder Ejecutivo con la estafa $Libra hasta el jefe de Gabinete Manuel Adorni. El exvocero se está quedando sin palabras para explicar sus viajes a Nueva York y Punta del Este con su esposa, ni las nuevas posesiones materiales que van apareciendo. Fue así que en una conferencia de prensa (mal) pergeñada para calmar el vendaval, terminó huyendo porque el libreto, se entiende que minuciosamente preparado, se le iba de las manos.
El hombre que construyó su imagen desde las redes sociales con una acritud inusual para ese entonces y se burló sin pudor de sus opositores, quedó a tiro de que lo llamen, como algunos sugieren, «Aloe Vera», por eso de que todos los días le encuentran una nueva propiedad. Es que se cumple ese viejo adagio probablemente árabe que dice: «Trata bien a quienes te cruces al subir. Son los que vas encontrarte al bajar». En esta etapa se encuentra el jefe de Gabinete de un Gobierno al que le resulta a cada momento más difícil de sostener, a riesgo de que todo termine como con el exdiputado José Luis Espert, complicado también por otros vuelos, esa vez bancados por un acusado de narcotraficante.
Con respecto al avión privado a la ciudad balnearia uruguaya, la reacción de la «trolera» gubernamental fue amenazar a quien habría filtrado el video de los Adorni-Angeletti desde el aeropuerto de San Fernando. Como si la culpa de una obscenidad semejante fuera del mensajero y no del que se aprovechó de sus ventajas. Viejo esquive político que nunca termina de dar resultado, aunque la designación al frente del Ministerio de Justicia de otro «viajero frecuente» como Juan Bautista Mahiques –a Lago Escondido él, junto con otros jueces de conducta reprochable– lo puede desmentir. A todo esto, es de prever el destino que puede tener la causa en este sistema judicial. La cuestión de la imagen pública es otra cosa.
Como sea, lo que va quedando como constancia judicial es que el viaje minivacacional lo habría pagado Marcelo Grandío, contratado como periodista deportivo por la TV Pública, que orgánicamente está a cargo de la jefatura de Gabinete. Grandío, amigo de Adorni y anfitrión en su casa de Punta del Este de la pareja, tal vez no tan acostumbrado a responder entrevistas de ese calibre, llegó a decir que el viaje se había abonado con dinero del Estado. A última hora de este viernes se conoció el procesamiento del polémico funcionario por enriquecimiento ilícito. Parecía que todo se encaminaba a un cierre como el que Adorni hacía en sus posteos cuando le sonreían las redes: Fin.
Sin embargo, ese mismo día una noticia venida del norte dejó un resquicio por el que prontamente se coló el primer mandatario: la Cámara de Apelaciones del Segundo Circuito de Nueva York invalidó la condena en primera instancia que ordenaba un resarcimiento de 16.000 millones de dólares a un fondo buitre por la expropiación de YPF, realizada durante el gobierno de Cristina Fernández en 2012, siendo secretario de Planificación de Económica el actual gobernador bonaerense, Axel Kicillof.
En una cadena nacional de apenas siete minutos, Milei trató de subirse al carro del triunfo -por ahora parcial, ya que faltaría un posible fallo definitivo de la Suprema Corte de EE.UU.- y dijo que el fallo evitaba un pago de 18.000 millones de dólares y dijo que el juicio era una «espada de Damocles que colgaba sobre nuestras cabezas por culpa de la arrogancia populista». Se entiende el apuro por hablar a minutos del amistoso de la selección nacional con Mauritania, pero mucho más para morigerar el impacto político que implica el reconocimiento judicial en semejante estrado de que lo que se había hecho con la nacionalización de la petrolera de bandera no tenía objeciones legales. Es decir, que los enemigos que eligió para sostenerse, Cristina Fernández y Kicillof, tenían razón.
De todas maneras, si el debate se centra en ellos, el «AdorniGate» queda en un muy conveniente segundo plano para los Milei. Ni que hablar del $LibraGate.
