Sociedad | Muerte en la escuela

San Cristóbal: el dolor después del dolor

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Candelaria Schamun

En la tragedia de Santa Fe se entrecruzan infinitas preguntas y una pocas respuestas: tras el impacto inicial salen a la luz la violencia escolar, la salud mental, los consumos problemáticos y la fragilidad de las redes de contención.

Vigilia. Una comunidad devastada por el caso del estudiante que mató a un compañero en la Escuela Normal Mariano Moreno.

Foto: Farid

Los problemas de salud mental en infancias y adolescencias crecen, aumentan los intentos de suicidio, las autolesiones. Desde que dejó de existir un Observatorio de Violencia Escolar, no hay datos sistemáticos. Pero la percepción es clara: hay más violencia y es más intensa. Las familias están colapsadas y a veces también agreden a los docentes

Hasta la mañana otoñal del lunes 30 de marzo, pocos argentinos habían oído hablar de San Cristóbal, esa pequeña ciudad rural al norte de la provincia de Santa Fe. Allí viven 15.363 personas. Tiene dos clubes emblemáticos, dos plazas principales, cuatro escuelas secundarias, un hospital, el Paseo Güemes ‒un espacio verde donde confluyen chicos y familias‒, un observatorio astronómico, una parroquia y una iglesia. En los años noventa se cerraron los talleres del Ferrocarril General Belgrano y la estación dejó de funcionar.

La ciudad, de casas bajas, es un cuadrado de dieciocho por quince manzanas, casi sin transición al campo. Algunos jóvenes, al terminar el secundario, se van a estudiar a Rafaela; los que se quedan suelen anotarse en enfermería o en profesorados o carreras a distancia.

Como todos los días, a las siete y cuarto de la mañana, en el patio de la Escuela Normal Mariano Moreno N° 40, los alumnos se preparaban para izar la bandera. No llegó a sonar ni una estrofa de Aurora cuando se escuchó el primer disparo.

Todo sucedió con una dramática rapidez. G., un estudiante de 15 años, entró al baño de varones con la escopeta calibre 12/70 de su abuelo escondida en su mochila. La cargó y salió al patio. Antes de izar la bandera, Ian Cabrera fue al baño. G. e Ian se cruzaron en la puerta. El primer tiro impactó en su pecho y murió en el acto. Luego disparó al menos cinco veces más. Los perdigones alcanzaron a otros dos compañeros, que sobrevivieron con heridas.

Al oír los estruendos, Fabio Barreto, auxiliar de portería, salió corriendo. Aprovechó el instante en que G. recargaba el arma y sin pensarlo se abalanzó sobre él. «¿Qué hiciste?», le preguntó. G., con la mirada perdida, respondió: «No sé».

En la tragedia de San Cristóbal se entrecruzan lazos y desolación: quién no es compañero de trabajo del padre de Ian en la municipalidad compra garrafas en la forrajeria de la madre de G. Emergen a la luz la violencia escolar, la salud mental, los consumos problemáticos, la fragilidad de las redes de contención y el peligro potencial de la tenencia de armas.

Francisco nació en San Cristóbal y estudia para ser docente. Tiene dos hijos que asisten a la misma escuela. Dice que la violencia no empezó ese día: que ya estaba presente. De hecho, su hija fue agredida por un compañero, luego ella le pidió aprender boxeo para defenderse.

«Fue como una película. Algo que ves en la tele y no pensás que va a pasar donde van tus hijos. Cuando llegué, los chicos estaban en la plaza San Martín. Era un caos: gritos, llanto, algunos descalzos, otros lastimados. Solo quería encontrar a mi hija. Cuando la vi, estaba en shock. Me dijo: “Papá, yo no estoy bien”. Le cuesta dormir y no quiere volver a la escuela porque dejó de ser un lugar seguro. Mi hijo era amigo de Ian. Nunca lo había visto llorar así: se quebró en el velorio», cuenta.

Ian Cabrera era hijo único. Sus padres, Hugo y Gabriela, hicieron tratamientos de fertilidad para tenerlo. Estaba muy ilusionado: hacía tres semanas que había empezado la secundaria. La escuela es tan grande que aún no la conocía por completo. Jugaba al fútbol en el club Independiente y a la tarde iba a inglés. Hugo trabaja en la municipalidad en el área de licencias de conducir y Gabriela es maestra jardinera.

De G. se sabe que cursaba tercer año en la orientación de Ciencias Naturales. Vivía con su madre y su hermana. Le gustaba tocar la guitarra, jugar al ajedrez y pasar las tardes con sus amigos en el Paseo Güemes. Que es un chico tranquilo, buen compañero y alumno. Como la mayoría de los sancristobalenses, solía ir a cazar jabalíes y perdices al campo.  

Que su padre ‒camionero‒ se fue hace dos años de la casa por su adicción a las drogas y situaciones límite de violencia doméstica: los amenazaba con que los iba a matar a todos. Su mamá es maestra, vende garrafas y atiende la forrajería familiar. Atraviesa temas complejos de salud mental y también de consumo problemático. Para la socióloga Marina Larrondo, especialista en educación e investigadora del CONICET, los episodios de violencia escolar no son nuevos, pero se intensificaron tras la pandemia. «Ahora todo se vuelve visible, pero las condiciones ya estaban: una situación crítica de familias, chicos y docentes, sin recursos ni contención. Los gabinetes psicopedagógicos no alcanzan y faltan equipos:  solo hay 500 psiquiatras infanto-juveniles en todo el país y los psicólogos juveniles están saturados. Los problemas de salud mental en infancias y adolescencias crecen, aumentan los intentos de suicidio, las autolesiones. Desde que dejó de existir un Observatorio de Violencia Escolar, no hay datos sistemáticos, pero la percepción es clara: hay más violencia y es más intensa. Las familias están colapsadas y a veces también agreden a los docentes. Lo que queda es la complejidad: no simplificar ni buscar una única causa. Pensar qué hacer después, porque las comunidades quedan devastadas y la reconstrucción lleva tiempo», dice.

Antonela, de 36 años, nació en San Cristóbal. Su hijo era compañero y amigo de G. Compartían tardes en el Paseo Güemes y partidas de ajedrez. «Se habló de bullying, pero no, eso no es así. Incluso después de la tragedia él mismo lo desmintió. Era un chico integrado por sus amigos», cuenta.

El día del ataque, su hijo llegó a la escuela alrededor de las 7:05. Se cruzó con G. en la entrada, se saludaron y siguieron cada uno su camino. «Nadie entiende qué pasó. El día anterior habían estado juntos, organizando cosas del colegio. Los chicos están devastados. Mi hijo lloró mucho, no podía dormir. Yo solo le pedí que hable, que no se guarde nada. Porque no sabemos cómo procesar algo así. Uno cree que la escuela es un lugar seguro y de repente deja de serlo. Y estamos hablando de chicos: un nene que mató a otro nene», cuenta.

La escena remite, inevitablemente, a otra tragedia. El 28 de septiembre de 2004, en el Instituto N.º 202 Islas Malvinas de Carmen de Patagones, un estudiante de 15 años asesinó a tres compañeros dentro del aula.

Adriana Roumec fue directora de esa escuela durante 18 años. Asumió dos años después de la masacre. «El primer año fue el más difícil. Hubo que abrir el aula donde habían ocurrido los hechos, que se había convertido en un santuario, y transformarla en sala de reuniones. Eso permitió que los compañeros pudieran terminar la secundaria desde un lugar un poco más sano», recuerda.

Con el tiempo, el trabajo se centró en reconstruir los vínculos: con las familias, con los estudiantes, con la comunidad. «Siempre decíamos que la escuela tenía que ser un puente para transformar la realidad. Lo más importante es armar redes: familias, docentes, equipos de salud mental. Y multiplicar los espacios de escucha para los chicos. Eso es lo único que puede sanar», cuenta.

Ese trabajo implicó presencia, seguimiento, cercanía. «Si un chico no venía, había que llamarlo o ir a buscarlo. Ese acompañamiento es el que repara», dice.

Cuando Adriana se jubiló, la comunidad la despidió de una manera singular: el camión de bomberos la pasó a buscar por la puerta del instituto y la llevó a recorrer las calles de Patagones.

Ahora, San Cristóbal atraviesa un estado de conmoción y tristeza. En medio de ese impacto, la tarea que se abre es la de volver a tejer vínculos y acompañar a una comunidad golpeada por una escena difícil de asimilar: la de un niño que mata a otro niño.

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