7 de mayo de 2026
Peleas de tránsito, agresiones entre vecinos, armas en torneos infantiles: los estallidos de furia parecen expresar un profundo malestar colectivo. Desigualdad, aislamiento y un lazo social que se resquebraja.

El choque no provocó daños apreciables a primera vista, pero los conductores comenzaron a insultarse. Darío Andrés Lau bajó entonces de su Chevrolet Corsa con un palo y golpeó al motociclista Agustín Perrone Carozzo, quien por su parte le asestó dos golpes de puño en la cabeza. Lau se desplomó y murió en el acto, mientras un testigo se limitaba a registrar el hecho con su teléfono celular. El video del homicidio perpetrado el 19 de febrero en Ranelagh, partido de Berazategui, se viralizó poco después en las redes sociales y se convirtió en un «relato salvaje», como los medios de comunicación etiquetan un nuevo fenómeno de violencia.
Los «relatos salvajes» deben su nombre a la exitosa película de Damián Szifron que llevó ese título (2014) y aluden a estallidos de violencia desmesurada por parte de personas comunes. Los casos son tan frecuentes que la denominación contiene, además, varias tipologías, igualmente codificadas: peleas en el tránsito, en el supermercado, en las puertas de la escuela, en partidos de fútbol infantiles o de aficionados, entre las más frecuentes.
«Este tipo de situaciones y peleas por motivos de conflictividad interpersonal está en la base de muchos delitos que luego escalan en gravedad. Desde fines de los años 90, tanto en medios de comunicación como en estudios cualitativos, observamos casos que parecen menores o triviales, pero que se agravan por la presencia de armas o por las agresiones físicas», señala la socióloga Ángela Oyhandy.
El desfasaje entre las causas, cuando trascienden, y las reacciones, es notable: en el barrio Aeropuerto de La Plata, un hombre de 68 años asesinó a balazos a un vecino de 45 porque sus hijos arrojaron fuegos artificiales durante la última navidad; en julio de 2025, el encargado de un supermercado de Castelar se enojó porque un cliente abrió una botella de agua antes de pasar por la caja, lo desafió a pelear en la calle y lo atacó con una pala; el 24 de abril, a raíz de un partido de fútbol entre chicos de 10 y 11 años en la ciudad de Paraná, el padre de uno de los menores baleó a otro.
Esteban Rodríguez Alzueta analiza los casos como aristas de un iceberg: «Hay mucha violencia antes de la violencia, una violencia que se cuece en cámara lenta y se derrama de manera horizontal. Gente henchida de resentimiento, envidia, ira y odio que está cada vez más sola, que se fue desenganchando de las tramas sociales», dice el docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes.
Oyhandy apunta que, en términos estadísticos, «no existe evidencia de que hayan aumentado las lesiones denunciadas por este tipo de hechos o por cualquier motivo en general», al mismo tiempo que la tasa de homicidios dolosos registra una reducción sostenida desde 2015. «Sin embargo, esto no implica que haya descendido otro tipo de violencias y conflictividades que no son fácilmente captadas por las estadísticas, como el daño social generado por el crecimiento de mercados ilegales en sectores vulnerados», agrega la investigadora de la Universidad Nacional de La Plata.
Los incidentes se producen entre personas desconocidas entre sí, pero también entre «vecinos de toda la vida», como afirmó un testigo acerca del policía retirado Rafael Horacio Moreno, de 75 años, que en la navidad de 2024 asesinó de un disparo a quemarropa al colectivero Sergio Díaz, de 40, porque escuchaba música con el volumen muy alto en su casa de Lomas del Mirador. Moreno contó con la defensa de Francisco Oneto, militante de La Libertad Avanza y abogado del presidente Javier Milei, en el juicio en el que terminó condenado a ocho años y seis meses de prisión.
«Mirá como me dejaste la moto», le recriminó Perrone a Lau, albañil de 54 años, antes de la pelea. «Nos enseñaron que un vehículo vale más que la vida. Son objetos encantados que aportan prestigio. Atacar esos objetos es faltar el respeto», destaca Rodríguez Alzueta, autor, entre otros estudios, del libro Vecinocracia: olfato social y linchamiento.
«El aumento de las horas de trabajo, el endeudamiento de familias, la expansión de consumos de sustancias y el mayor involucramiento en mercados ilegales por razones de subsistencia son síntomas de este tiempo –comenta Oyhandy–. En ese contexto de mayor precariedad de la vida, cualquier agresión o pérdida se magnifica y cuesta empatizar con el sufrimiento del otro. La lógica de autoexigencia y emprendimiento nos aísla, recarga la responsabilidad en cada individuo y colabora en la construcción del otro como obstáculo, en el mejor de los casos».
Rodríguez Alzueta llama «pasiones bajas» a los impulsos subyacentes: «Un odio que será alimentado con el machismo, la homofobia, la aporofobia, la xenofobia, el antiperonismo, que las redes sociales y el periodismo televisivo propalan haciéndose eco de dirigentes que encontraron allí un insumo para movilizar a los espectadores y votantes».

Venado Tuerto. Enfrentamiento entre madres y padres de estudiantes de la escuela Raúl Alfonsín. Muchos filman sin intervenir.
Foto: captura
Obnubilados por las imágenes
El 23 de febrero tres hombres se trenzaron a golpes en el Acceso Oeste, en el partido de Morón. El episodio trascendió a partir del video de un testigo; la información consistió en el registro de la pelea, sin datos sobre los motivos o el incidente previo fuera de que se habría tratado de un incidente de tránsito. Las imágenes convirtieron así un incidente menor en noticia compartida en redes y portales.
«Los medios se alimentan de las redes –dice Oyhandy–. Estos hechos nos conmueven y dan una sensación de que vivimos en una sociedad cruzada por conflictos». Rodríguez Alzueta destaca que, desprovistos de «cualquier información para vigorizar los debates públicos», los «relatos salvajes» forjan «consensos anímicos» y provocan efectos múltiples: «Sincronizan las emociones que generan movimientos de indignación, refuerzan visiones maniqueas de la realidad y meten más ansiedad en sus seguidores».
La obnubilación por las imágenes reduce, además, a los testigos al rol de espectadores ajenos a la situación. El 23 de abril tres madres agredieron a otra en la puerta de una escuela de Venado Tuerto. En el video publicado se observa a un vecino que pide ayuda para separar a las mujeres, ante la indiferencia de otros que filman la escena y hacen comentarios burlones. El peligro de la balacera en un partido de fútbol infantil en Paraná también fue advertido por testigos que prefirieron registrar el hecho con sus celulares antes que intervenir.
«Hay que leer las violencias cotidianas al lado de la rabia que genera la desigualdad social, pero también de la envidia que genera la cultura del consumo y la ostentación con la que se vive el consumo», dice Rodríguez Alzueta. El investigador reconstruye dos escenas «protagonizadas por actores sociales diferentes, pero que dan cuenta de la indolencia que vivimos: el pibe que entra a robar a un kiosco y se lleva no solo la recaudación sino el celular y la mochila del laburante; y el dueño de la 4X4 que se mueve por la ciudad con mucha prepotencia, estaciona en cualquier lado y sabe que tiene la capacidad no solo de enloquecer el tránsito, sino de emputecer la vida cotidiana».
Oyhandy resalta el peso de la situación social y económica: «El empobrecimiento, el congelamiento de salarios, la reducción del Estado, unidos al discurso de emprendedurismo y autoexigencia, sobrecargan la vida económica en los individuos y generan un agotamiento muy fácil de ver en las interacciones cotidianas. Cada biografía está teñida de particularidades, pero estos hechos de violencia son emergentes de un malestar generalizado, con los padecimientos mentales y físicos que se ven en los hospitales, los chicos en situación de calle, la prostitución de jóvenes ligada al consumo y el suicidio adolescente». El «relato salvaje» encubre un problema más extendido y profundo del que registran los celulares y observan los medios.
