De cerca

Muscari lleva su paternidad a escena

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Javier Firpo

El dramaturgo y director se presenta en el CCC con Lucio y yo, un biodrama centrado en la experiencia que cambió su vida: la adopción de su hijo. El éxito de Sex y la vigencia de sus obras en la cartelera.

Foto: Juan Quiles/3 Estudio

Sentado en una butaca de la quinta fila, José María Muscari observa el ensayo atento, con el ceño fruncido, concentrado en la letra que interpretan los actores Esteban Pérez y Máximo Meyer sobre el escenario. «Dijiste que querés ser padre, no que querés tener un hijo. Querer ser padre es una manera de querer dar, brindar; en cambio querer tener un hijo suena a poseer», expresa Meyer. «Cuando me dijo eso, se me cayó la mandíbula de verdad. Dijo que me eligió porque yo quiero dar y no tener. Es genial conceptual y psicológicamente hablando», desliza Pérez.

Acción presenció en la Sala Solidaridad uno de los ensayos de Lucio y yo, que Muscari estrena el 7 de agosto en el Centro Cultural de la Cooperación. Se trata de la obra número 70 que lleva su firma y seguramente es la más personal, sensible y significativa. Por primera vez en 25 años de trayectoria, el autor y director se abre para llevar al teatro el episodio que, sin duda, marcó una bisagra en su vida: la adopción de su hijo.

«Yo estaba de vacaciones en Berlín, en octubre de 2023, cuando en un momento de descanso vi en las redes sociales un video que me sacudió. Era de un chico correntino de 15 años que vivía en un hogar de menores y que contaba que le gustaba estudiar, ir a la escuela, jugar al ajedrez y que deseaba encontrar una familia que lo quiera.

Después de verlo varias veces, sentí algo muy fuerte dentro mío, te juro, algo que no me había pasado antes. Sentí que ese chico del video era mi hijo y que yo tenía que hacer algo para adoptarlo. Estaba convencido y, a la vez, íntimamente entendía que me lo iban a dar», recuerda.

En una mesa del café del CCC, Muscari dialoga y no oculta su entusiasmo. Acaba de terminar el ensayo de la obra, pero rebobina y viaja a fines de 2023, cuando se empezaba a escribir «esta historia increíble», como la define. «Desde la habitación del hotel de Berlín, llamé al número del juzgado que aparecía en ese video y me comuniqué. Me explicaron cómo tenía que hacer para anotarme en la convocatoria para postularme. La persona que me atendió me dijo algo que me gustó, pero me angustió: “Ay, qué lindo, otra persona que llama para adoptar a Lucio. Hay tanta gente anotada ya”. Eso me desmoronó, porque estando en el extranjero, no podía llenar el formulario. Así que llamé a mi amiga Paola, quien hoy es la madrina de Lucio; le expliqué toda la situación y le dicté las respuestas a las preguntas que hacían, que tenían que ver con mi intención de querer adoptar».

¿El viaje continuó como estaba previsto?
–Sí, cuando pasó esto era por la mitad, me quedaban dos semanas y unos días, después volé de Berlín a Londres. Traté de mantener cierta normalidad, pero no era sencillo. Una tarde, después de una siesta y antes de ir al teatro, me llegó un mensaje de Lucio: «Me gustaría conocerlo, cuando pueda lo espero por Corrientes». Imaginate mis nervios. Le respondí tarde por la diferencia horaria, le expliqué que estaba de viaje, pero que no tuviera dudas, que allí iba a estar apenas llegara a la Argentina.

¿Cómo pudo darse todo tan rápido?
–Es de novela, la convocatoria estuvo abierta durante un par de meses y cuando yo vi el video estaba por cerrar. Tuve un Dios aparte. Una vez que cerró, llegaron a postularse unas 130 familias de todo el país y yo quedé como uno de los 10 preseleccionados por el propio Lucio. Llegué de Europa y al otro día viajé a Corrientes y nos conocimos: fuimos a tomar algo y charlamos de todo. Después llegó el turno de las entrevistas con psicólogos, intensas y agotadoras, pero necesarias.

¿El video se hizo con el consentimiento de Lucio?
–Fue una propuesta de la jueza de menores Carolina Macarrein, con la aprobación de Lucio, que nunca imaginó que tendría tamaña difusión. La decisión de la jueza, que generó mucha controversia en Corrientes, tenía que ver con las necesidades personales de Lucio, que hacía años se encontraba en situación de adoptabilidad.

¿Cuándo te empezaste a vincular con Lucio?
–Nos empezamos a vincular en octubre de 2023 y en noviembre hizo su primer viaje de una semana a Buenos Aires. Finalmente, el 18 de diciembre fue el día que vino a vivir conmigo. A partir de ahí, decidí hacer un giro radical en mi vida: dejé de lado lo laboral y apunté todos los cañones a consolidar nuestro vínculo familiar. Por suerte tenía obras en la cartelera que podían convivir sin la necesidad de que yo tuviera que crear un nuevo espectáculo.

Toda la atención estaba puesta en esa nueva responsabilidad.
–Pasé casi un año acompañándolo a todos lados, desde el colegio, pasando por fútbol, hasta el psicólogo. Pero de a poco me fui reencontrando con la actividad teatral, escribiendo sobre nuestro encuentro como si fuera una bitácora de viaje. Se lo comenté a mi hijo, a quien le compartí la lectura y empezó a tomar partido y a colaborar aportando cosas o sugiriendo sacar otras: «Yo no soy así» o «Yo no digo esas puteadas». Se convirtió en un curador de la obra y le agregó más realismo al texto, que estaba un tanto poético.

¿Cómo se dio tu llegada al Centro Cultural de la Cooperación?
–Desde el vamos tenía claro que era una obra para esta sala, uno de los pocos grandes espacios donde todavía no había dirigido. Había presentado varios de mis proyectos, pero nunca se me daba la posibilidad, ya sea porque no gustaban o no interesaban. Era una asignatura pendiente, por eso cuando la terminé de escribir, la presenté y la aprobación fue inmediata.

Foto: Juan Quiles/3 Estudio

¿Disfrutás del proceso de gestación de Lucio y yo?
–Un montón, aunque me pasa algo que nunca me había ocurrido, que es que vivo los ensayos intensamente y tengo la emoción a flor de piel, porque implicó un proceso totalmente distinto a lo que yo suelo hacer, porque es la primera vez que hago un biodrama personal. Siempre fui yo el que tuvo una mirada sobre el otro. Ahora lloro mucho escuchando a los actores repasando la letra, porque es la historia real de un chico que fue adoptado a los 15 años y cómo estamos viviendo y construyendo una vida en común.

–¿Te tranquiliza saber que siempre tenés varias obras en cartel?
–Es que hay un detalle que quiero remarcar: mis obras se suelen mantener mucho tiempo, toco madera y ojalá siga sucediendo. Soy un autor prolífico, pero en la actualidad están en cartel Sex, que lleva siete temporadas, Irreverentes, que lleva tres, y Doradas, que estrené este año. Antes, Perdidamente había estado cuatro años.

–¿Por qué perduran tus trabajos?
–Nunca voy a saber por qué. Como dice Carlos Rottemberg, «decide el público». He hecho trabajos con muchísima ilusión, como Tres mitades, con Moria Casán y su hija Sofía Gala, actuando juntas por primera vez, pensando que sería un hit y no fue nadie. Y he hecho piezas de las que no esperaba nada, como La casa de Bernarda Alba, que se convirtió en hit y duró cuatro años, con tres elencos paralelos. El teatro es raro y nunca hay explicaciones de por qué suceden las cosas.

–¿Cuál es el secreto de Sex, que es tu pieza récord?
Un interrogante, la verdad. Cuando la estrené, en 2019, recuerdo que eran quince figuras que yo pensaba que iban a estar poco tiempo y se irían, porque la verdad es que la obra es una experiencia, no es teatro y eso la hace diferente. Yo la cuido, Sex muta, varía, la voy renovando y tiene algo inexplicable. Me animaría a decir que una razón de su permanencia es que se trata de la única obra en la Argentina sobre la industria del sexo, algo que la hace distintiva.

–¿Tenés pensado volver a actuar?
En abril de 2027 volveré a la actuación después de 12 años. No puedo adelantar mucho, pero compré los derechos de una serie basada en un bestseller dramático que habla de adicciones, que yo vi hace un año en una plataforma y estoy haciendo la adaptación teatral. Cuando la estrene van a haber pasado casi tres años desde que vi la serie. ¿Qué quiero decir con esto? Que mis proyectos llevan un tiempo, tienen un proceso de sedimentación muy largo.

–¿Hay algún otro proyecto en el horizonte?
–Sí, estoy con un programa en Canal (á) que se llama Segundo acto, un ciclo de entrevistas a actores y actrices realizadas en seis emblemáticos teatros de Buenos Aires, que se estrenará cuando termine el Mundial. Serán seis episodios y en cada uno el artista hablará del vínculo actoral que tuvo con el teatro en el que estamos haciendo la nota.

–En estos dos años y medio de experiencia, ¿qué significa ser padre?
La paternidad es tiempo y presencia. Sigo aprendiendo, pero me siento un padrazo. Ojo, no es que de la noche a la mañana me convertí en padre. No. Lo que sí entendí es que todo hijo adoptivo o padre adoptante, al principio, actúa el vínculo y después de actuarlo se vuelve realidad. A mí me llegó de golpe un adolescente de quince años sin ningún proceso previo y, de golpe, tenés que actuar. Yo puse y pongo un montón para alimentar el vínculo y descubrí que tengo la capacidad para ser padre. La adopción de mi hijo es lo más importante de mi vida.

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