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La Scaloneta y la eternidad

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Alejandro Duchini

Pese a perder la final contra España, la selección argentina dejó una marca deportiva y social única. De las lágrimas de Messi y Scaloni a la emoción en las calles, la crónica de lo que pareció un fin de ciclo.

Sin consuelo. El capitán llora tras la caída 1 a 0 ante los españoles en el estadio MetLife de Nueva York.

Foto: Getty Images

Hay imágenes que resumen la derrota argentina en la final del Mundial 2026. España jugó mejor de principio a fin, pero recién en el minuto 106 del tiempo suplementario logró doblegar a la Scaloneta. Recién ahí Nico Williams habilitó con un cabezazo a Ferrán Torres para que pusiera el 1 a 0. Entonces pasó lo que tenía que pasar: los españoles alcanzaron la victoria que merecieron desde el inicio del encuentro jugado en Nueva Jersey. Si no la habían concretado antes, fue porque apareció la mejor versión del Dibu Martínez.

La primera imagen para repensar lo que dejó el encuentro es la de Messi sentado sobre el pasto del MetLife Stadium. Acaba de terminar el partido y el capitán, con los brazos apoyados en el césped, mira la nada. Tiene la mirada de la paz, de la tranquilidad, de aquel que lo dio todo. Parece un maestro zen. Pasaron apenas unos minutos desde que terminó la final. Ya está todo resuelto. Hasta que se saca los botines, las medias, las vendas y se mueve como un ser humano cualquiera.

Otra foto de la final es también de Messi. Parado, mira a los hinchas y se le caen las lágrimas. ¿Qué pasará por su cabeza? Los jugadores ya recibieron las medallas. La multitud argentina no deja de alentar ni de aplaudir. «Olé olé olé, cada día te quiero más… Soooooy argentino, es un sentimiento, no puedo parar…». Himno tribunero de la década del 80 que se canta en las buenas y en las malas. No importa que en los 130 minutos del partido la selección haya jugado mal, aguantado como pudo los embates de un merecido campeón. Con uno menos por la expulsión de Enzo Fernández a poco de cumplirse los primeros 90 minutos. Lo que quedó fue la garra, esa cosa tan argentina de no dar nada por perdido. Tal fue el aguante del seleccionado que, con uno menos, estuvo cerca de empatarlo cuando Gio Simeone mandó una pelota por arriba del travesaño español.

Gol y campeonato. Fernán Torres celebra el tanto que significó la consagración española por segunda vez en su historia.

Foto: Getty images

ADN intacto
Durante el Mundial, el equipo de Scaloni nos acostumbró a eso: a no dar nada por perdido. En 12 minutos se le dio vuelta el partido a Egipto; y en menos, a Inglaterra.

Fue un equipo que llegó al torneo con el aval de ser campeón, pero también con jugadores condicionados físicamente. Sin embargo, eran los jugadores con los que Scaloni quiso salir a pelearla. Acertó. Pero el desgaste de los partidos hizo lo suyo. Contra una España juvenil y temeraria, Argentina jugó como pudo. Emiliano Martínez fue figura: tapó tres increíbles en el segundo tiempo y otra en el alargue. Fue el Dibu de los mejores tiempos.

Tagliafico terminó como símbolo: corrió a más no poder, literalmente. Se lo veía renguear y sin embargo seguía. Trababa, corría, bajaba, subía. «Hizo un partidazo, no quiso salir», dijo Scaloni: «Es el ADN que lleva este equipo. Estoy muy orgulloso de él y de sus compañeros» , emocionaría en la conferencia de prensa.

Futuro incierto
Fue segundos antes de quebrarse. Cuando le preguntaron sobre su futuro al frente del equipo, el DT generó otra de las imágenes de esta final. Recordó que su contrato termina en diciembre, que tiene que hablar con el presidente de la AFA, Claudio Chiqui Tapia, que no sabe si podrá «hacer algo tan grande como esto que hicimos» y que el grupo humano que tiene (¿o que tuvo?) fue hermoso. Se le quebró la voz al decirlo, algo que el DT quería evitar. Y cuando lloró, se fue con los aplausos de los periodistas. «Se necesita volver a resetear para formar un grupo como éste, que difícilmente se vuelva a lograr» , dijo. Es verlo y es sentir la emoción.

Esos mismos aplausos se replicaron en las calles de Argentina. Resumido, tal vez, en el Obelisco lleno. Porque no es común que se celebre un segundo puesto; sobre todo en un país tan exitista como el nuestro. Pero el tema es que esta selección está más allá de lo deportivo. Es un movimiento social, un tiempo de vida; o una forma de vida. No es una final ni un Mundial. Es un proceso.

Obelisco. Una multitud se reunió en Buenos Aires y otras ciudades del país para reconocer la actuación del equipo albiceleste.

Foto: Getty Images

Será el Mundial de la memoria colectiva y de las banderas en el corazón. Quién imaginaría que una bandera irrumpiría en la escena para recordar que las Malvinas son argentinas. De buenas a primeras, fueron estos chicos los que, cuando nadie lo esperaba, enarbolaron ese trapo en el que se leía «las Malvinas son argentinas». Del otro lado estaba el seleccionado inglés al que se acababa de derrotar por 2 a 1, igual que cuando hace 40 años jugaba Maradona. Cuántos jóvenes que veían esa causa como algo del pasado ahora se preguntan, y aprenden, que hubo una guerra, que hubo una dictadura que mandó a pibes de 18 años a pelearla. Pero que también hubo y hay una sociedad que les debe a esos soldados. Eso también lo logró esta selección.

Argentina ganó 7 de 8 partidos del Mundial. Algunos con autoridad, otros con empuje, con corazón. En ocasiones la comparamos con aquella de Italia 90, que a pesar de sus jugadores lesionados se sobreponía y ganaba. Luchó contra sí misma y contra los rivales, pero también contra las voces que hablaban de una supuesta preferencia. Incluso se vaticinó que el Mundial estaba armado para Messi. Entre los que se quejaron estaba el español Rodri, advertido por Otamendi. Pero técnicamente no hubo ningún regalo para un equipo que jugó la final con uno menos por una expulsión.

El fútbol argentino tiene el honor de contar con los dos mejores jugadores de todos los tiempos. Cuando se pensaba que Diego era único, apareció Messi. Si sus últimos ocho meses fueron de entrenamientos durísimos pensando en esto que acaba de terminar, las últimas cinco semanas fueron las de la cosecha. Con 39 años fue la figura por sobre una lista poderosa: Kylian Mbappé (27 años), Lamine Yamal (19), Erling Halland (25) y hasta Cristiano Ronaldo (41). Hizo 8 goles. Corrió y caminó la cancha. Fue un reloj de sí mismo. Ya era ídolo, ratificado en Qatar. Pero ahora es eterno.

Tan eterno como la Scaloneta.

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