Informe especial

El triunfo invisible de Messi

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Mariano del Mazo

Además de desafiar al paso del tiempo, su memorable participación en el último Mundial fue el corolario de una historia extraordinaria, cargada de drama, belleza y épica. El legado del gran capitán de la Scaloneta.

Orgullo y dolor. Con la medalla plateada en el pecho, miró largos minutos hacia la tribuna de Nueva Jersey.

Foto: Getty Images

Triste, solitario y final. Miró hacia la tribuna largos minutos, como si en esa mirada que se fue inundando de lágrimas estuviera leyendo el libro de su vida. Esos minutos son una eternidad. Acaba de terminar Argentina-España y seguramente para él significa una pequeña muerte, el comienzo del duelo. Si se cumple la lógica será su último Mundial, el corolario de una historia extraordinaria, cargada de drama, belleza y épica. La de un héroe que venció todos los obstáculos y que ahora enfrenta a un adversario invencible: el paso del tiempo. Messi encarnó el largo viaje de Ulises hacia Ítaca y ahora, lo sabe íntima, melancólicamente, se aproxima el reposo del guerrero.

Ese mismo estadio fue, diez años atrás, escenario de otro drama. En el MetLife Stadium de Nueva Jersey, el 26 de junio de 2016, después de fallar un penal en la definición de la Copa América ante Chile, también entre lágrimas anunció lo que parecía una renuncia definitiva: «Ya está. Se terminó la selección para mí». Eran palabras de agotamiento. Desde su adolescencia estuvo obligado a convivir con una expectativa difícil de soportar. Desde que asomó con su genio, cada gesto y cada silencio fue interpretado. Según pasaron los años vivió dentro de una ficción escrita por millones de argentinos con derecho a decirle cómo debía jugar, hablar, sonreír, liderar o incluso cantar el himno. Tal vez esperaban frases memorables, quién sabe. Su lenguaje fue el de la pelota. Un léxico único, un diccionario inextricable.

Hay un episodio fundacional que suele contarse como una mera anécdota médica, pero que dice mucho más. A los 13 años dejó Rosario para instalarse en Barcelona y someterse al tratamiento hormonal para crecer de estatura. La mudanza debe haber sido mucho más traumática de lo que se supone. Fue el exilio de un chico que dejó atrás amigos, barrio, escuela, abuelos. Hay decisiones que un adulto apenas consigue procesar; Messi tuvo que tomarlas siendo casi un niño.

Nunca dejó de hablar en rosarino, nunca dijo portero, ordenador, balón. En ese mismo sentido, jamás sobreactuó argentinidad. Cuando España intentó seducirlo para vestir su camiseta, eligió naturalmente la albiceleste. Lo curioso y cruel es que, durante años, buena parte de la Argentina sospechó lo contrario. Lo acusaban de ser demasiado europeo, demasiado frío, demasiado catalán, falto de potrero. Un crack demasiado limpio.

La relación entre Messi y su país terminó siendo una historia de reconocimientos demorados. No se discutía el talento; se discutía acaso su manera de representar una idea de país. Y, siempre, la natural pero hastiante comparación con Diego Armando Maradona. ¿Qué podía hacer un genio ante un dios? Argentina tardó en comprender que no existe una única forma de ejercer el liderazgo o de ser feliz. Se creyó que un capitán debía hablar como hablaba Diego, opinar sobre todo, sin ambages. La de Messi fue una lenta imposición de baja intensidad expresiva. Su triunfo invisible fue resistir la tentación de convertirse en alguien distinto para satisfacer una demanda ajena. En la fidelidad a su temperamento tímido hay una forma singular de valentía.


La batalla final
La psiquis de Messi es, como la de cualquier ser humano, insondable. La renuncia de 2016 terminó siendo un punto de inflexión, como si se sacara una mochila. Paradójicamente, empezó a reconciliarse con su patria cuando mostró que también podía romperse. Hay una ironía en el modo en que se escribió después su destino, que tal vez tenga que ver, sí, con los terrenos de la psicología: la gran secuencia victoriosa comenzó meses después de la muerte de Diego. Copa América, Finalissima, Mundial de Qatar, otra Copa América. Como si la historia hubiera esperado que desapareciera el padre simbólico para permitir que el hijo encontrara definitivamente su propia voz.

Lo concreto es que los éxitos aplacaron la demanda de que fuera otro Maradona. La sociedad cambió su valoración, y también cambió Messi. Se lo empezó a ver más suelto, sonriente. ¡Cantaba el himno! Dejó de estar a la defensiva. Y encaró, también en silencio, la batalla final contra el paso del tiempo. Modificó su alimentación, profundizó el trabajo físico, fortaleció la masa muscular y recurrió a la terapia.

Poco antes del Mundial que acaba de terminar, diseñó una preparación específica junto con unos de sus principales húsares, Rodrigo De Paul. Después del mundial de Qatar tuvo, ahora lo vemos, un único objetivo: llegar competitivo al siguiente.

Quizá el verdadero legado de Lionel Messi no sea tanto haber sido el mejor futbolista de todos los tiempos –discusión que habrá que clausurar–, sino haber demostrado que la grandeza puede construirse desde el perfil subterráneo, la paciencia y la fidelidad a uno mismo. Durante dos décadas intentaron escribirle un personaje. Él se limitó a jugar. Messi no cambió para conquistar al mundo; fue el mundo el que terminó aprendiendo a leer a Messi.

Por todo esto, y más, llora nuestro gran capitán en Nueva Jersey. Toda aventura legendaria tiene un final. Sabe que dio todo, que aprendió a perder, a volver, a reinar. Ahora que los verbos empiezan a conjugarse en pasado queda el trazo grueso de una historia formidable. Nos diste demasiadas alegrías, dejaste demasiadas enseñanzas. Tu llanto también es nuestro.

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