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La guerra terrorista de Trump

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Telma Luzzani

La Casa Blanca presentó una renovada Doctrina de Seguridad Nacional basada en la persecución y la criminalización de toda disidencia. El retorno del macartismo, en clave electoral, amenaza los derechos de la sociedad civil.

Washington. Marco Rubio, secretario de Estado, pronunció un discurso plagado de falsedades.

Foto: Official State Department/ Freddie Everett

El jueves 16, cuando la atención global se concentraba en las finales del Mundial de Fútbol, Estados Unidos lanzó una convocatoria aterradora para reactivar (con otro nombre) la Doctrina de Seguridad Nacional, esta vez no solo para los latinoamericanos, sino para todo el planeta, incluyendo a los propios ciudadanos estadounidenses.

La argumentación es tan pueril que podría prestarse a la burla si no fuera tan altamente peligrosa. En una transmutación berreta de la Guerra Fría, el nuevo plan de persecución y extermino del «otro» se basa en la supuesta existencia de dos bandos antagónicos: los que odian y destruyen (un campo diverso en el que entran todos los que no gustan del imperio: marxistas, islámicos, inmigrantes, ateos, anarquistas, narcos, antiimperialistas, etc.) versus las fuerzas del bien, los «normales» (sic), «los hombres superiores que han construido lo bello y lo justo» (sic).

La iniciativa, titulada «Resurgimiento del terrorismo político», fue presentada, en Washington, a los representantes de más de 60 países por el Secretario de Estado, Marco Rubio, por el del Tesoro, Scott Bessent, y por Stephen Miller, subjefe del gabinete presidencial, director de esta iniciativa y encargado, durante la conferencia, de dar los detalles más represivos e intolerantes del plan.

En un discurso lleno de datos falsos o incomprobables, Rubio equiparó –¡como si en más de medio siglo el mundo no hubiera dado un vuelco total!– las décadas de 1960 y 1970 con el momento actual.

Nombró a las Brigadas Rojas, a Tupamaros y Montoneros, entre otras organizaciones, con el objetivo de probar que «ahora enfrentamos una nueva oleada de ese viejo mal» que «desprecia a Occidente por su grandeza» y que «busca destruir todo lo que nosotros valoramos».


Un nuevo plan
Pintar ese escenario apocalíptico le era imprescindible a Rubio para justificar este nuevo plan trumpista que promueve la persecución seguida de prisión o muerte para el que piensa diferente. «Son resentidos venenosos que se disfrazan de defensores de la igualdad, la justicia y la liberación», dijo sobre el «enemigo terrorista», ante una audiencia entre quienes se contaba el canciller argentino Pablo Quirno, orador privilegiado en esa presentación.

Los «agentes iraníes», el «régimen cubano» y la organización Antifa (antifascista) fueron los más acusados por Rubio de cometer actos de violencia. Lo impactante es que esos hechos enumerados («Atacan oleoductos, ferrocarriles, redes eléctricas y laboratorios)» son los que más frecuentemente efectúan el Pentágono e Israel, en forma directa o a través de una operación encubierta, como la voladura de Nord Stream, el gasoducto submarino que proveía gas ruso a Alemania.

La Casa Blanca aclaró que las acciones contra el resurgimiento del terrorismo son preventivas, trasnacionales y obligatorias. 

Obligatorias porque el proyecto sigue la misma lógica del ultimatum que lanzó George Bush (hijo) en septiembre de 2001: «O están con EE.UU. o están con el terrorismo».

Alineados. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, presidió la reunión con representantes de distintos países, el pasado 16 de julio.

Foto: Getty Images

Trasnacionales porque según afirmó Rubio, los enemigos «no son células aisladas, sino redes interconectadas que actúan compartiendo la misma infraestructura, los mismos enemigos y la misma misión». «La amenaza es transnacional y nuestra respuesta debe ser transnacional», le advirtió a los extranjeros presentes. El secretario del Tesoro, a su vez, aseguró que van a rastrear y eliminar las «instituciones sin fines de lucro y benéficas tras las cuáles buscan ocultarse» los izquierdistas.

Sobre el carácter preventivo de esta cruzada se explayó Stephen Miller, asesor clave del Donald Trump. «Se trata de prevenir estos horrores», arengó. «Prefiero prevenir y ser acusado el resto de mi vida de haber dado una alarma falsa sabiendo que en mi interior yo creía tener razón, que esperar demasiado y que los horrores crucen el punto de no retorno». Como ha dicho Trump claramente, la actual Casa Blanca no responde a las leyes universales y nacionales: ellos se guían por su propia moral.

Con una mentalidad supremacista y lombrosiana, Miller describió a los «izquierdistas» (ya no usó el término «terrorista») como seres deformados porque «su aspecto exterior se convierte en una manifestación de su odio interior».

«No es casualidad que, al observar a los Antifa ninguno parezca una persona normal. Todos están deformados en su apariencia, o en su vestimenta, o en sus gestos. Si comparamos dos fotografías, una de un estadounidense normal en la calle y otra de una protesta de Antifa, ¿por qué entre los manifestantes violentos no hay ni una sola persona de aspecto normal?».

¿Será que el siniestro plan eugenésico del nazi Heinrich Himmler –el Lebensborn– ha vuelto al siglo XXI? «Lo normal, lo bello, lo bueno, las familias son lo correcto», insistió Miller. «Los niños son preciosos y hermosos y deben ser protegidos. El izquierdista observa una familia perfecta, hijos perfectos que van a la iglesia todos los domingos, y se llena de envidia, odio y celos y transforma esas emociones en un deseo de subyugar, oprimir e infligir dolor y sufrimiento».


El pasado otra vez
Según comentó Marco Rubio, en mayo pasado se realizó el primer «Taller de Aplicación de la Ley contra el Terrorismo», una suerte de Plan Cóndor y Escuela de las Américas (ahora global) donde se dieron las instrucciones a policías estadounidenses y extranjeros. El próximo taller será en Alemania.

El Secretario de Estado hizo dos advertencias paranoicas para justificar la aplicación de esta ley sin límites. Una es que el «terror izquierdista» es subestimado, sobre todo, por «la prensa, la academia, las universidades y las instituciones tradicionales que consideran esta amenaza una fantasía de la derecha, o peor aún, una peligrosa conspiración fascista. A pesar de la clara e innegable realidad, a pesar de las cifras y estadísticas objetivas se desestima la amenaza. Eso tiene que terminar» . 

La otra (que recuerda cómo la dictadura de Jorge Rafael Videla perseguía no solo a los militantes, sino también a los amigos, parientes o conocidos) cataloga también como amenaza a «aquellos que no son terroristas, pero que apoyan la violencia de izquierda y permiten que continúe sin ninguna inhibición significativa». El ejemplo, según la Casa Blanca, son los que protestan contra los agentes del ICE (caza inmigrantes) o contra las fuerzas del orden.

Este macartismo recargado busca impactar, a corto plazo, en las elecciones legislativas del próximo 3 de noviembre, pero se enmarca en un plan de disciplinamiento y militarización mayor que el Gobierno de Trump viene implementando desde el año pasado.

La Estrategia de Seguridad Nacional (diciembre 2025) y su Doctrina Donroe; la Estrategia de Defensa Nacional (enero 2026) y formaciones puntuales como el Escudo de las Américas (una coalición regional para combatir cárteles, inmigrantes, etc.) son los distintos capítulos de un nuevo orden represor y de control que desconoce las reglas existentes.

En Argentina, políticos como la senadora Patricia Bullrich o como el intendente de CABA Jorge Macri, quienes bajo la consigna de la ley y el orden persiguen a los más débiles (jubilados, minusválidos, desocupados o pobres), comulgan con estos cambios que, en el fondo, buscan crear un nuevo sistema social supremacista, jerárquico y deshumanizador. 

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