1 de septiembre de 2026
La visita papal tendrá una dimensión religiosa, política y cultural. Su llegada al país puede leerse como un reconocimiento al legado de Francisco y un respaldo a los obispos que cuestionan las políticas del Gobierno.

Castel Gandolfo. El papa recorre las inmediaciones de su residencia de verano en agosto.
Foto: Getty Images
Difícil es desentrañar los motivos que impulsaron a León XIV a visitar la Argentina y lo mismo puede decirse respecto de los propósitos con los que Robert Prevost llegará al país. Pocos, entre los cuales seguramente está su equipo más cercano de colaboradoras y colaboradores, podrían dar una respuesta precisa sobre aquellos interrogantes. No obstante, hay indicios que permiten acercar algunos elementos para despejar las dudas.
Según las estadísticas oficiales de la Iglesia Católica reflejadas en el Anuario Pontificio, en América Latina habitan aproximadamente 560 millones de católicas y católicos, lo que representa el 40% de la feligresía mundial. Por lo menos en términos formales es la región «más católica» del mundo, aún consignando que el número de fieles viene decreciendo y que, en buena parte de los casos, la condición de «católico» no se refleja en pertenencia activa y participación institucional sino más bien en una suerte de adhesión laxa y hasta cultural.
En 1979 Juan Pablo II inauguró para la Iglesia Católica otro modo de presencia y visibilidad a través de los viajes papales. El papa polaco hizo 104 viajes y visitó 129 países. Francisco realizó 47 viajes a 66 países. Desde que asumió, el 18 de mayo de 2025, en cuatro viajes León XIV visitó Turquía, Líbano, Mónaco, Argelia, Camerún, Angola, Guinea Ecuatorial y España. Este setiembre irá a Francia. En ninguno de esos lugares la Iglesia cuenta con la incidencia que tiene en nuestra región, si bien se puede argumentar la tradición católica (hoy en crisis) de Europa y que es en África donde actualmente más crece el catolicismo.
Latinoamericanizado
Por otra parte, de la Iglesia de América Latina han surgido desde las décadas finales del siglo pasado los mayores aires de transformación del catolicismo, tanto en lo teológico como en la relación de la Iglesia con la sociedad. La llamada Teología de la Liberación y la Teología del Pueblo, calaron profundo en el pensar y el hacer de la Iglesia a nivel universal. Jorge Bergoglio, convertido en papa Francisco, no solo plasmó esas ideas y aires de renovación, sino que estratégicamente se ocupó de renovar la relación del catolicismo con las personas, con sociedades nacionales e internacionales. Para ello también llevó a Roma a figuras de la Iglesia latinoamericana en quienes delegó responsabilidades y entregó poder de decisión.
Robert Prevost, estadounidense por nacimiento, fue a Perú como misionero y en 2015 asumió la nacionalidad peruana, se «latinoamericanizó». El 30 de enero de 2023 Francisco lo nombró prefecto (ministro) del estratégico Dicasterio (ministerio) para los Obispos, encargado de seleccionar en todo el mundo a los sacerdotes que serán designados luego obispos por el papa. Pocos meses después, el 30 de setiembre de 2025, Bergoglio lo nombró cardenal.
León XIV viene ahora a Uruguay, Argentina y Perú porque necesita hacer valer su presencia en esta región del mundo, que siendo parte de América Latina, es crucial y estratégica para el catolicismo en el mundo. Lo hace además porque se siente y se considera latinoamericano, social, cultural y eclesialmente.
Viaja a Perú, porque es su país. Viene a Argentina porque es el país de Francisco y al que Bergoglio nunca pudo visitar por diferentes razones. En este caso es un reconocimiento y una forma de agradecimiento a Francisco y a su legado (que el papa reivindica), y ese mensaje es el que León XIV quiere transmitir al pueblo argentino y a la feligresía que lo espera.
Justicia social
Viene también porque los obispos argentinos se lo pidieron. Son los obispos «made in Francisco» (dicho con el mayor respeto), nombrados por Bergoglio para cambiar la matriz del episcopado eligiendo a los «obispos con olor a oveja» y para que, siguiendo el ejemplo del asesinado Enrique Angelelli, cumplan su tarea «con un oído en el Evangelio y otro en el pueblo».
Respecto de la venida del papa abundan las especulaciones e incluso entre el progresismo católico hay críticas que advierten sobre el riesgo de que el Gobierno de Javier Milei utilice la presencia de León XIV en el país para sacar rédito político y electoral. Es difícil descartar totalmente que algo de ello pueda suceder.
Sin embargo, no habría que perder de vista aquello que vienen señalando los obispos argentinos en intervenciones públicas que han sido sumamente críticas con la situación social del país, en defensa de los más pobres y vulnerables. Intervenciones basadas además en la reafirmación de la doctrina social de la Iglesia, que tiene como eje la justicia social que el presidente Javier Milei califica de «robo» y de «basura». Basta repasar lo que dijo el presidente del episcopado Marcelo Colombo al hacer memoria de los 50 años de la muerte del obispo riojano Enrique Angelelli asesinado por la dictadura, o la homilía del arzobispo porteño Jorge García Cuerva en San Cayetano reivindicando los derechos sociales en base a textos de Francisco y del propio León XIV. Sin dejar de ver que el cardenal cordobés Ángel Rossi (vice del episcopado) decidió que de aquí en más se celebre cada año en su diócesis el «domingo de la justicia social». Para fundamentarlo dijo que «la justicia social no es una teoría económica sofisticada, ni un eslogan partidario, ni una simple idea ideológica o sociológica, sino una exigencia evangélica imperativa desde el momento que Jesús se identifica directamente con los marginados».
A la luz de lo anterior sería difícil pensar que el papa llega a la Argentina para desautorizar a sus obispos. Todo indicaría que viene al país para confirmar lo que sus obispos hacen y dicen aquí. Pero al margen habrá que observar cada detalle, los gestos, las fotos y toda la simbología de una visita oficial que tiene las características políticas y formales de una visita de Estado que dará lugar a interpretaciones diversas y puede confundir a más de uno.
Sumado a ello habrá que leer las múltiples manifestaciones de un acontecimiento que será de masas, que será político, cultural y religioso y, como sucede en todo el mundo, pleno de sorpresas y consecuencias imprevisibles hasta para el observador y el analista más sagaz.
