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Moria: ícono, exceso y verdad

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Alejandro Lingenti

Moria
Creadores: Javier Van de Couter
Intérpretes: M. Casán, Sofía Gala Castiglione, G. Siciliani y C. Roth
Netflix 

Titiritera. La vedette observa la obra de su vida y la dirige.

Una biografía es siempre un punto de vista. Naturalmente, importa el rigor histórico, pero son muchos los hitos de una vida que se pueden contar de acuerdo con una forma particular de interpretarlos. Sobre todo los de una vida con tantas facetas y sucesos como la de Moria Casán. Independientemente de lo que pueda pensarse sobre ella, Moria es una figura indiscutible de la cultura popular argentina contemporánea. La lectura sobre el significado de ese dato es personal, claro. O material para la sociología, en todo caso. 

Consciente de la necesaria parcialidad del relato audiovisual de su historia, Moria seguramente pensó: «Si hay un punto de vista, mejor que sea el mío». O algo por el estilo… Es lógico para alguien que fue la titiritera, la diseñadora de su carrera artística, una self made woman que tuvo sobre todo carisma, buen humor y sentido de la oportunidad. Ella, sin embargo, salió a diluir la idea de la control freak: «Yo pedí que se viera todo. Se ve poco de lo que yo pasé. Hubiese preferido más. Pero eso se lo dejo a quien lo hace, porque si no, me filmo yo sola», le dijo a La Nación.

Más allá de los hechos, de las historias que cuenta la serie –una selección en la que la protagonista queda generalmente bien parada, aunque también es cierto que se exhiben moderadamente sus miserias, debilidades y contradicciones–, esta Moria para Netflix (el nombre de la serie, económico y contundente porque incluso en eso Ana María Casanova supo cómo crear una marca registrada) confirma que Javier Van de Couter entiende las exigencias de la producción para plataformas (las hay, aunque se discuta tanto sobre el tópico), pero que también sabe cómo encontrar detalles que revelen el esfuerzo por conservar su personalidad creativa. 

Ya lo había insinuado en Cris Miró (Ella) –otra serie biográfica pero de TNT–, y ahora, por ejemplo, ha entendido cabalmente que el kitsch no es una decoración en el caso de Moria, sino parte de su lenguaje más elemental: plumas, maquillaje, cuerpos torneados, revista porteña, música electrónica, sexo y cultura queer construyen un universo colorido y brilloso que se mueve entre la reconstrucción histórica, la fantasía y el musical, con la propia Moria apareciendo intermitentemente como la corporización de un fantasma que observa a prudencial distancia y asiente.

Sofía Gala Castiglione, Griselda Siciliani y Cecilia Roth la interpretan en distintas etapas de su vida. Ninguna apela a la mera imitación, pero es Sofía Gala quien consigue el resultado más notable: la genética ayuda, obviamente, pero son la gestualidad, la energía y las inflexiones las que hacen que por momentos resulte difícil separarla de su madre. No se trata solo del parecido físico, hay también un trabajo encomiable de la actriz. A Siciliani le toca la Moria ya consciente de su poder, y a Roth la más difícil, porque se trata de la más cercana en el tiempo, por lo tanto la que tenemos más fresca en la memoria. Tanto una como la otra lo resuelven con compromiso y eficacia. 

Por momentos, la serie se libera de toda represión y se entrega al desvarío: no hay pruebas concretas de que el episodio del encarcelamiento de Moria en Paraguay haya sido como se narra cerca del epílogo, pero es justamente esa romantización teñida de exageraciones y arropada por un entorno y un tono deliberadamente cursi la que nos recuerda que estamos frente a una ficción, que los hilos como siempre los maneja Moria y que si querés llorar, llorá.

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