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Gaza, entre el fuego y la destrucción

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Manuel Alfieri

Pese a la tregua anunciada por Donald Trump hace un año, Israel mantiene su ofensiva militar en el enclave palestino. Mientras se agrava el drama humanitario, la intransigencia de Netanyahu dificulta las negociaciones de paz. El reclamo de la comunidad internacional.

Devastación. Sale humo negro de un edificio, luego de un nuevo bombardeo del ejército Israelí en Gaza, el 8 de septiembre.

Foto: Getty Images

«Esto no es solamente el fin de una guerra. Es el fin de una era de terror y muerte, y el comienzo de una era de fe y esperanza». Donald Trump pronunció esa frase el 13 de octubre de 2025 ante el Parlamento de Israel, en Jerusalén. Acompañado por el premier israelí, Benjamin Netanyahu, y ovacionado por la gran mayoría de los legisladores presentes, el jefe de la Casa Blanca anunciaba con bombos y platillos el inicio de un «histórico» alto el fuego entre Israel y Hamas. Se trataba, según sus propias palabras, de un nuevo «amanecer» para Oriente Medio.

Casi un año después de aquella afirmación, la realidad de la región, y particularmente de la Franja de Gaza, es muy distinta de la proyectada por el presidente estadounidense. Es cierto: la intensidad de la guerra se redujo significativamente, pero las operaciones militares de Israel siguen vigentes y las víctimas fatales en el pequeño enclave palestino ya son más de 73.000, de las cuales 1.300 corresponden al último año, según las autoridades sanitarias de Gaza.

Entre sus promesas, Trump también habló de un ambicioso plan de «reconstrucción» que, en cuestión de años, transformaría a Gaza en un próspero centro turístico e inmobiliario, con rascacielos y hoteles de lujo, al mejor estilo Dubái. Hasta imaginó una estatua suya en el centro de la futura y delirante «Gaza Trump». Hasta el momento, la única reconstrucción iniciada es la de los propios gazatíes, que empezaron a levantar precarias casas con barro, plástico y madera.

La situación actual, documentada por la ONU, es crítica. El 94% de las dos millones de personas que todavía viven en Gaza requiere ayuda humanitaria básica —refugio, agua, comida, medicamentos— para subsistir. Cuando se afirma que el territorio quedó «reducido a escombros», no se trata de una metáfora: la destrucción israelí produjo 61 millones de toneladas de escombros, cuya remoción es extremadamente dificultosa porque se calcula que entre las ruinas de edificios, escuelas y hospitales todavía hay unos 8.000 cuerpos no identificados. Consecuencias del genocidio que, según un comité de expertos de la ONU, Israel cometió sobre la población palestina en la desproporcionada ofensiva militar iniciada a fines de 2023.

Bloqueo circular
En su faceta más ambiciosa, el plan impulsado por Trump contemplaba el desarme de Hamas, una retirada gradual de las tropas israelíes y el posterior despliegue de una «Junta de Paz» para supervisar a un eventual Gobierno de transición. Nada de lo previsto por el magnate sucedió, y los sucesivos borradores presentados para alcanzar un nuevo acuerdo fueron siempre rechazados por una u otra parte.

El nudo del conflicto es la mezcla de hostilidad y desconfianza que persiste entre los protagonistas de la historia. Israel, que todavía controla más de la mitad del territorio, reclama el desarme de Hamas antes de iniciar una retirada. Hamas, por su parte, reclama la retirada israelí antes de desarmarse. Resultado: un bloqueo circular que imposibilita cualquier acuerdo diplomático.

A eso se suma que Trump, mediador del conflicto, casi parece haberse olvidado de Gaza. Con las elecciones de medio término en el horizonte más próximo, toda su atención está centrada ahora en la política doméstica y en la fallida ofensiva contra Irán. Sin posibilidades de reelección y con un nivel de aprobación que cae semana a semana, la figura del jefe de la Casa Blanca es cada vez menos preponderante en el plano local y también en el internacional.

Una derrota republicana en noviembre lo dejaría prácticamente sin margen de maniobra.

Ataque. Netanyahu junto a integrantes del ejército.

Foto: Getty Images

Lo electoral también juega su partida en Israel. El próximo 27 de octubre habrá elecciones parlamentarias, las primeras desde el brutal ataque de Hamas de 2023, en el que fueron asesinadas 1.200 personas y secuestradas otras 251. Netanyahu, que pretende continuar al frente del Ejecutivo, llega muy golpeado a los comicios: denuncias por corrupción y crímenes de guerra, divisiones al interior del Gabinete y múltiples acusaciones por desoír todas las alertas recibidas antes de la masacre de Hamas. Si el resultado electoral es flojo, como vaticinan muchas encuestadoras, el premier necesitará más que nunca del apoyo de sus tradicionales aliados –la ultraderecha nacionalista y los partidos de la comunidad ortodoxa– para formar Gobierno. Y eso solo podrá lograrlo sosteniendo una posición dura frente a Hamas. Cualquier concesión, dicen desde los sectores ultra, constituiría una capitulación y una derrota ante el terrorismo.

Eso explica en buena parte la intransigencia de Netanyahu y su apoyo público a medidas cada vez más extremas, como el polémico plan de emigración masiva de palestinos ideado por sus ministros más reaccionarios. «En lugar de excavar túneles, que hagan las maletas», dijo Itamar Ben-Gvir, jefe de la cartera de Seguridad Nacional, para respaldar la iniciativa que contempla la expulsión de la población gazatí en un plazo de siete años. Ben-Gvir y Netanyahu se escudan en que todo ocurriría de forma «voluntaria», pero organismos internacionales advirtieron que semejante plan podría derivar en una limpieza étnica y constituir un crimen de lesa humanidad. Hoy –al menos hoy– no cuenta con el apoyo ni de Estados Unidos.

Apoyo contradictorio
Ben-Gvir es líder del partido ultraderechista Poder Judío. Fue condenado en 2007 por incitación al racismo y apoyo a una organización terrorista. Esta semana cobró fama en los medios argentinos por su respaldo al reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas, en un claro guiño al Gobierno de otro ultraderechista: Javier Milei. Lo paradójico es que, mientras el ministro israelí acusa a la monarquía británica por la ocupación de Malvinas, al mismo tiempo sostiene que Cisjordania –territorio cuya ocupación es reconocida por la comunidad internacional– forma parte integral de Israel.

El apoyo de Ben-Gvir a la causa Malvinas es, en realidad, la forma que el funcionario israelí encontró para enviar un dardo contra el laborista Ed Miliband, canciller del Reino Unido, quien recientemente anunció una serie de sanciones contra los asentamientos israelíes en Cisjordania. Desde Londres, Miliband también reafirmó que la única forma de encontrar una solución pacífica al conflicto palestino-israelí es a través de la creación de un Estado palestino. Algo que cada vez más países de la comunidad internacional reclaman, pero que por ahora parece tan lejano como la distancia que separa a Israel y Hamas en cada mesa de negociación.

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