14 de octubre de 2026
Washington Cucurto (Santiago Vega, Quilmes, 1973) es escritor, editor y artista plástico. Autor entre otros libros de Cosa de negros (novela, 2003), Como un paraguayo ebrio y celoso de su hermana (poesía, 2005) y El rey de la cumbia contra los fucking Estados Unidos de América (cuentos, 2010), fue traducido al inglés, al francés y a otros idiomas como el chino y el finés. En 2003 fundó junto a Javier Barilaro el proyecto editorial Eloísa Cartonera, dedicado a la fabricación de libros «artesanales y populares» reutilizando el cartón recuperado de la calle. Su obra plástica consiste en collages y pintado sobre papeles de distinta procedencia.

Este es un país de ladronzuelos, desde el presidente que acabó de enviudar y le ha dado por llorar en cada discurso y acordarse de ella: la demócrata. Todos, desde la llorona, la madre castradora, hasta el chino de enfrente al conventillo céntrico en el que vivo y al que todos en Buenos Aires conocen como La Pajarera, somos unos ladrones de mierda, abusadores del carajo. ¡Eso es lo que logró esta democracia en cincuenta años! Esta es una tierra en la que cualquier sátrapa se siente con derecho de robarle a su semejante. La democracia es un libertinaje salvaje, una vida de la selva, un hazme reír y te diré por qué.
Este engendro de enano con renacuajo me cobra dos huevos a ¡5 dólares! Y un litro de leche a ¡15 dólares! Y es para pegarle un tiro, a esta cría zafira con cerebro con una única célula que le sirve para robar.
¡Debería tirarle el sachet de leche por la cabeza!
Pero ¿qué sentido tiene protestarle? Esta gentuza no entiende de razones, ni modales, ni cordura. Solo viven para robarle a todo el que se les acerque. No usan pistolas, pero usan las leyes de la Afip que les da derecho a montar un almacén y asaltar a todo el mundo.
Le hago un comentario irónico.
–Es la inflación, Humberto –me dice el puerco.
–La inflación vive en tu cerebro.
Subo con mis porquerías para que coman mis nenes. Mi humor es de perros y mi inteligencia se siente humillada. En el ascensor va la negra que vive con dos grandaneses. ¿Qué hace una viejita fina conviviendo con dos grandaneses?
Esto solo ocurre en el piso 12 de la Pajarera. Se la pasa cogiendo, la viejita. Yo vivo en el 13.
De pronto, el yotibenco se mueve, tiembla con fuerza. Los perros comienzan a ladrar y me desespero. Me saltan con sus bocas asesinas tratando de arrancarme un pedazo. Le doy piñas y codazos, suerte que tengo los dedos llenos de alambres. De anillos.
–¡Es un terremoto! –grita la vieja en el ascensor.
–¡No puede ser! –grito. Estamos en la pampa, en el llano eterno.
El ascensor va a desmoronarse. Pero automáticamente se para en el quinto piso y la vieja baja con los perros y la máquina sube, sin darme tiempo a bajar.
Nunca sentí tanto miedo en mi vida, pienso en Elsa y mis dos hijitos.
Suerte para mí que el ascensor se atascó entre las paredes, quedándose inmóvil y pude abrir la puerta y bajar justo antes de que se desmoronara. El edificio se levantó de sus cimientos como si fuese una hoja de papel, se suspendió en el aire unos segundos y se asentó en el mismo lugar con un ruido estremecedor.
Elsa y mis hijos lloraban en el pasillo. Corrí hacia ellos mientras las paredes se venían abajo, el ascensor caía por el tubo y las puertas de los demás departamentos caían al piso partidas en pedazos que salían despegados para cualquier lado. Alcé a mis hijos y agarré de la mano a Elsa. Le dije que se agarrara fuerte y comenzamos a subir las escaleras, mientras los escalones atrás nuestro se derrumbaban. Corríamos hacia la terraza.
El día era cálido, transparente. El sol rajaba la tierra y no había una nube en el cielo. Para mí fue una eternidad, el cielo comenzó a llenarse de polvo y mis hijos lloraban desesperados al borde del síncope.
En la terraza había una gran campana de bronce que se cayó y agujereó el piso, rompiendo el departamento de abajo. Era el fin.
Las jaulas gigantes de pájaros y palomas que los vecinos guardaban celosamente en la terraza se contorsionaban, doblando sus hierros y no dejando salir a las aves. Las jaulas: por eso le decían la Pajarera a este yotibenco horripilante, porque se traficaba droga con las palomas y los pirinchos que llevaban un transmisor atado al cuello con cien gramos de cocaína. Dealers perfectos. Graznaban como locos buscando la libertad. La furia y la brevedad de la naturaleza eran implacables.
El terremoto se detuvo y yo le dije a Elsa:
–Mi amor, agarrá a los chicos y no te muevas de la baranda.
Ella, desesperada, llorando del terror, me imploró:
–¿Qué vas a hacer?
–Voy a soltar a los pájaros.
Me trepé por los fierros doblados, trabados de la inmensa jaula que se columpiaba de un lado a otro al borde del derribo, solo sostenida por una viga oxidada que se negaba a romperse. No podía ver morir a esas aves de semejante forma. Morir sin libertad es lo peor que puede pasarnos. Me trepé e hice fuerza con mi peso para adentro. Los hierros crujieron. Por suerte, la puerta cedió y me envió adentro de la jaula con los pájaros que chocaban con mi cabeza y se alejaban volando.
El maldito terremoto volvió a sacudir todo, ahora las sacudidas eran más intensas y los edificios a nuestro alrededor se bamboleaban de un lado a otro, con mucho ritmo, pero sin caerse. Esta cumbia parecía no terminarse nunca. Agarré a Elsa y a los chicos y nos encerramos en la jaula. Ya no había otra salida. Nos abrazamos y cerramos los ojos.
Por lo menos moriríamos juntos.
Furia blanca, mi paloma, mi proveedora de drogas se desligó de la bandada y vino junto a nosotros, volaba a mi altura mientras el suelo se sacudía. Abrió sus alas con la intención de protegernos. Pero es demasiado pequeña y era el fin. Se alejó. Vi la cúpula del Congreso desmoronarse. Vi como el barrio repleto se desmoronaba sobre la avenida Pueyrredón y sobre el horizonte, la Plaza Once se prendía fuego. El humo llegó hasta la terraza de la Pajarera, todos los edificios alrededor se derrumbaban sin remedio.
Escuché gritos desesperados. Es el fin. Todo alrededor se cae como cartón. Las paredes del sector derecho del edificio se desmoronan por completo. Solo quedamos nosotros adentro de la jaula, sostenidos por la viga que se niega a caer. Comenzamos a llorar, abrazados del miedo, no puedo calmarme con el fin de tranquilizar a mis hijos.
Las palomas y los pirinchos ahora regresan hacia la jaula armando una nube negra en el cielo. Nos rodean, nos tapan con sus plumajes, nos picotean los brazos y piernas, hasta que nos incorporamos y nos rodean formando una alfombra negra con sus cuerpos.
El terremoto cesa, las palomas se desperdigan para distintos lugares dejándonos caer sobre el piso frío y mojado de la terraza de la Pajarera.
Es increíble que de todos los edificios del barrio uno de los pocos que quedó en pie fue la Pajarera. El yotibenco cucarachesco y más detestable de Buenos Aires.
¿Cómo es posible? Tiempo después lo sabría. La Pajarera estaba construida con viejas vigas de acero flexibles y resistentes, lo que permitió que el terremoto nos zarandeara de los lindo e incluso que el yotibenco se inclinara casi sin derrumbarse, mientras los demás edificios modernos caían al piso como naipes.
