30 de octubre de 2026
El Centro Universitario de Devoto está en riesgo por la decisión del Ministerio de Seguridad de adelantar el cierre del penal y trasladar a los estudiantes a Marcos Paz en pleno cuatrimestre. Pasado y presente de una experiencia inédita.

CUD. La tasa de reincidencia en el delito entre los graduados en contexto de encierro se ubica apenas entre el 2,5% y el 3%.
Foto: @PPNArg
El mito fundante del surgimiento del Centro Universitario de Devoto (CUD) puede ser resumido en una escena. La madre de un preso va al rectorado y cuando ingresa se encuentra con Marta Laferriere, que luego será propulsora del programa UBA XXII. Laferriere, militante radical exiliada en Venezuela de regreso en Argentina, estaba trabajando en el Ciclo Básico Común (CBC). «Está sentada en las escalinatas del rectorado mirando currículums y se le acerca esta madre para decirle que quiere que su hijo estudie, pero que está preso. Y ahí Marta le dice: “Entonces lo que vamos a hacer es que la universidad vaya a la cárcel a estar disponible para su hijo”», recuerda para Acción Ramiro Gual, profesor e investigador, y docente del programa UBA XXII. Pero esa valiosa iniciativa de los primeros días de la democracia hoy corre peligro. A mediados de octubre el Servicio Penitenciario Federal (SPF), que maneja la ministra Alejandra Monteoliva, rompió los acuerdos existentes y anticipó el cierre de la cárcel y del CUD, con un operativo que violó los derechos humanos de los presos. No los dejaron llevar sus pertenencias, menos aún terminar el cuatrimestre.
En 1985 el SPF estaba intervenido por un abogado civil que autorizó la propuesta de Laferriere. Según Gual, «había una afinidad política entre todos los actores, cuando Marta fue a una primera entrevista con este futuro estudiante de Devoto se encontró con que ya eran ocho. Los programas universitarios en contexto de encierro nacieron de personas detenidas que deseaban el vínculo con la universidad».
A lo largo de estas cuatro décadas hubo marchas y contramarchas. «Uno podría construir en estos 41 años de historia distintos momentos en los cuales esa colaboración o esa tolerancia de la administración política se transformó en entorpecimiento», destaca Gual.
Espacio subterráneo
Alcira Daroqui, excoordinadora y profesora de la carrera de Sociología en el programa UBA XXII, empezó a ir al CUD en 1992. En ese momento hubo un conflicto muy importante que provocó el traslado de cuatro presos –entre ellos Sergio Schoklender– a la vieja cárcel de Caseros, donde posteriormente, en 1994, fue creado el Centro Universitario de Caseros (CUC). Daroqui también acompañó la creación del Centro Universitario de Ezeiza de Mujeres y en 1996 la nombraron coordinadora de la carrera de Sociología. «Con Laferriere y Schoklender deciden poner en condiciones, con donaciones privadas, esas catacumbas de Devoto, el espacio subterráneo de la cárcel, para hacer un centro universitario».
En su mirada, el CUD «fue una experiencia inédita y pionera porque había actividades de extensión de la Universidad y talleres que permitían a las personas que estaban presas transitar su detención, su condena, resistiendo la degradación y el oprobio que significa la cárcel, y al mismo tiempo, en aquellos casos en los que las personas pudieron recibirse de algunas de estas carreras, construyen herramientas para cuando salen en libertad, para pelear la sobrevivencia afuera», describe Daroqui a Acción.
Ella lo define como un espacio en donde había otras relaciones diferentes a las carcelarias. Daroqui –hoy coordinadora del Grupo de Estudios sobre el Sistema Penal y Derechos Humanos (Gespydh)– explica que «el CUD siempre fue resistido por el SPF, con todos los Gobiernos, pero sí llevaban a personas del exterior a visitarlo para mostrarlo como ejemplo». A su criterio, la clave del éxito del CUD fue «no caer en asistencialismos mediocres, sino tratar a esos estudiantes como estudiantes y no devaluar los contenidos académicos; por el contrario, en mis 14 años como coordinadora la consigna fue que tenían que tener los mismos contenidos que los estudiantes extramuros».
A partir de marzo de 2025 el cielo se oscureció por completo para el CUD. El Ministerio de Seguridad, en ese momento a cargo de Patricia Bullrich, emitió una resolución que prohibió la permanencia de los estudiantes durante la jornada completa dentro del CUD. «El resto del tiempo los obligaba a estar en la conflictividad y la ociosidad de los pabellones», dijo Gual. Y la segunda decisión fue desconocer la organización gremial y política de los estudiantes bajo la forma del CUD, su comisión directiva, sus asambleas, cancelando la legitimidad de esas organizaciones. «En los últimos meses se lograron ciertos acuerdos políticos informales», dice Gual.

Monteoliva. La ministra anunció el cierre de la cárcel y del CUD. Durante el traslado a los estudiantes no los dejaron llevar sus pertenencias ni terminar el cuatrimestre.
Foto: NA
Amortiguar el golpe
La idea era que en estos días los estudiantes no fueran trasladados en medio de un cuatrimestre para no perder el desarrollo de sus trayectorias educativas, y que fueran a la cárcel de Ezeiza, donde funciona el centro universitario CUE. «Esos acuerdos se rompieron, se comenzó por el pabellón donde viven la mayoría de los estudiantes universitarios, los llevaron al Complejo VIII de Marcos Paz». Para Daroqui, «trasladarlos a Marcos Paz perjudica enormemente la vinculación familiar y social, y también la continuidad de los estudios; de hecho, las facultades de Psicología, Derecho y demás no están en Ezeiza».
Una de las incógnitas que se plantean docentes y directivos es si llegó el fin de la experiencia del CUD o están ante la reconversión en otro espacio. «La UBA fue pionera en las cárceles, y hoy hay 34 de las 70 universidades públicas que realizan este tipo de intervenciones», responde Gual. Sin embargo, destaca que «la potencialidad del CUD fue única, porque habilitó niveles de organización, autonomía y capacidad de las personas detenidas para resistir los dolores de la prisión y para modificar las condiciones de vida dentro de la cárcel».
Al respecto, Gual enfatiza que el CUD fue construido con las mismas manos de los presos. Incluso lograron modificar las condiciones de encierro. Desde que nació, el CUD creó una asesoría jurídica para que todos los presos de Devoto, y de otras prisiones, se allegaran a consultar sobre sus causas a ese grupo de estudiantes de Derecho, quienes luego de graduados –aunque siguieran encarcelados–, podían efectuar algún tipo de intervenciones en sus expedientes.
En el CUD se construyó el primer sindicato de trabajadores presos de la Argentina, y cooperativas para personas liberadas y sus familiares. «Hubo acciones judiciales y proyectos de ley que permitieron cosas tan variadas como la interrupción de las requisas vejatorias a familiares, la ley que habilitó el arresto domiciliario para mujeres embarazadas y para mujeres que tuvieran niños y niñas de corta edad, la ley que habilitó que si una persona estudia y finaliza cursos dentro de la prisión pueda adelantar los plazos para una libertad anticipada», enumera Gual.
La única esperanza está puesta en una nota que envió el jefe del SPF, Gabriel Aquino, al rector de la UBA, Ricardo Gelpi, en la que anuncia que a partir del 1 de noviembre los presos que estudiaban en el CUD podrán retomar sus clases en el CUE. Sin embargo, Daroqui es pesimista al respecto. «Deberían garantizar al menos una asistencia docente académica virtual, la provisión de material bibliográfico y poner las fechas de examen; todo va a ser muy dificultoso, la mística del CUD se cae con el traslado de los presos y con el cierre de la cárcel de Devoto», sostiene la referente.
Graduados
El CUD tiene los niveles más altos de egresados. Son más de 100 graduados principalmente en Derecho, pero también en licenciatura en Administración, en Contaduría, en Sociología y en Psicología. Sin embargo, el mayor logro está en que esos egresados prácticamente no reinciden en el delito. La tasa de reincidencia es extremadamente baja. Mientras que la reincidencia delictiva general en la región ronda entre el 40% y 50%, la tasa de reincidencia entre los graduados universitarios de este contexto de encierro se ubica apenas entre el 2,5% y el 3%.
Cuando la exministra Bullrich anunció el cierre de los centros de estudiantes en las prisiones federales, el abogado Diego Cepeda, egresado del CUD, la cuestionó duramente. Nunca había pensado en ir a la universidad, pero una tarde, mientras terminaba el secundario, miró por la ventana al patio donde un grupo jugaba al fútbol. Eran estudiantes del CUD, y Cepeda decidió que quería estar ahí. Por sus aulas pasaron algunos presos famosos como Schoklender, que fue uno de los impulsores del proyecto, Alejandro Puccio y Mario Fimenich, entre otros tantos.
Rodolfo «Cacho» Rodríguez pasó más de dos décadas preso, tiene 68 años y es egresado de la carrera de Sociología del CUD. «Estudiar me ayudó a pensarme como alguien diferente, ya no era el “pibe chorro”, sino el que estudiaba, aprobaba y reflexionaba», contó. Tras su paso por el encierro puede dar cuenta de que la famosa «bienvenida» a los presos era el inicio de una serie de torturas que padecían los internos. Rodríguez estuvo preso durante la dictadura, y afirmó que ni siquiera entonces escuchó de tantas muertes de presos. En Devoto vivió el allanamiento al CUD, en 2010, cuando «el Estado intervino con fuerzas de seguridad en territorio universitario sin dar aviso a la UBA». Entonces él cumplió, junto a otros seis presos, una huelga de hambre durante 54 días. Fue del 20 de octubre al 14 de diciembre. Finalmente, la crisis culminó con la renuncia del entonces jefe del SPF, Alejandro Marambio.
