Cooperativismo

Melodías en comunidad

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Lourdes Michiqué

En Mar del Plata, músicos locales se organizaron en cooperativa con el objetivo de ampliar las oportunidades para la escena independiente. Hoy ofrecen múltiples servicios.

Música y cooperación. Los asociados Elías y Pablo Ciambotti, Lautaro Manes y Matías Fragolini.

Foto: Juan Manuel Quintanilla

Las cooperativas culturales ocupan un lugar cada vez más visible dentro de la economía social. En un sector históricamente atravesado por la precarización, la intermitencia laboral y la autogestión individual, comienzan a surgir experiencias que organizan el trabajo artístico desde otra lógica: compartir recursos, profesionalizar la gestión y generar condiciones más justas para quienes producen cultura.

En Mar del Plata, una de esas experiencias es 1000 Producciones. Nacida hace dos años como cooperativa de trabajo, reúne a músicos que decidieron transformar años de organización informal en una estructura capaz de sostener proyectos, crear empleo y ampliar las oportunidades para la escena independiente.

«Siempre trabajamos de forma cooperativa, solo que ahora está bajado a una organización formalizada», sintetiza Elías Ciambotti, tesorero. La afirmación resume un recorrido que comenzó mucho antes de la creación de la figura legal, cuando el grupo impulsaba festivales y producciones desde una asociación civil. Con el tiempo advirtieron que hacía falta otro modelo: uno que no solo promoviera la actividad artística, sino que también reconociera y remunerara el trabajo de quienes la hacían posible.

«Como músicos generamos un montón de trabajo y, muchas veces, somos los que menos nos llevamos», reflexiona Elías. Esa constatación fue el punto de partida para pensar otra forma de organizarse.

Así nació 1000 Producciones, Músicos Independientes de Latinoamérica. El proyecto comenzó con una sala de ensayo armada a partir de instrumentos y equipos aportados por sus propios integrantes. Los recursos que generaban se reinvertían: primero llegaron a adquirir el escenario, el sistema de sonido y el backline (equipos de los músicos que se usan en un show en vivo). Después, llegaron las nuevas salas de ensayo y la posibilidad de brindar servicios técnicos para recitales y festivales.

Pero el cambio más importante no fue el crecimiento del equipamiento, sino el de la mirada. «Teníamos que olvidarnos de que éramos músicos y entender que lo que íbamos a generar no era hacer festivales para tocar nosotros, sino trabajar para que otros artistas estén en ese espacio y nosotros ser los gestores que generan ese contexto», explica Pablo Ciambotti, músico marplatense de larga trayectoria y asociado a la cooperativa.

Ese corrimiento del escenario hacia la gestión cultural implicó profesionalizar tareas que muchas veces quedan invisibilizadas: administración, comunicación, mantenimiento, producción técnica y planificación. Cada integrante encontró un rol según su experiencia y sus conocimientos, conformando un equipo donde la música convive con otros oficios indispensables para sostener el proyecto.

Hoy la cooperativa administra dos salas de ensayo –con una tercera en proyecto–, organiza el Festival Rompiente para bandas emergentes, ofrece alquiler de escenarios y backline para producciones locales y nacionales y acaba de inaugurar Próspero Casa cultural, en una histórica esquina del microcentro marplatense: un centro cultural con recitales, talleres y propuestas gastronómicas.

Toda su actividad puede seguirse desde la cuenta de instagram instagram.com/1000producciones. 

La iniciativa también busca modificar las condiciones de acceso para los artistas locales. «Los pocos lugares que hay cobran muy caro para tocar. Acá el cien por ciento de la puerta es para las bandas y tienen todo el equipamiento», señala Pablo. El objetivo es que los grupos puedan concentrarse en su propuesta artística sin asumir costos que muchas veces vuelven inviable una presentación.

Más que una experiencia aislada, 1000 Producciones expresa una transformación que empieza a consolidarse en distintos puntos del país: artistas que, además de crear, deciden organizarse para producir, gestionar y sostener colectivamente su trabajo. En ese camino, la figura cooperativa aparece no solo como una herramienta jurídica, sino como una forma de repensar el lugar de la cultura dentro de la economía y de ampliar las posibilidades de quienes la hacen todos los días.

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