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Historias de Pueblo Escondido

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En el Valle de Calamuchita, en las sierras Comechingones, a 20 kilómetros del límite con la provincia de San Luis, a los pies del cerro Áspero, se erigen los restos de Pueblo Escondido, la villa minera fundada por ingleses que funcionó desde finales del siglo XIX hasta 1969. El yacimiento de tungsteno que dio origen al pueblo fue descubierto en 1894 por Guillermo Bodenbender, uno de los padres de la geología argentina. El tungsteno se utiliza en la actualidad en la construcción de filamentos de lámparas incandescentes, de resistencias eléctricas y electrodos, y de herramientas para corte a altas velocidades, como discos abrasivos y puntas de mechas. Además, su uso era y es estratégico para la realización de aleaciones de acero para la industria bélica. Dicha importancia se reflejó en las exportaciones argentinas de tungsteno. Durante los años de la Segunda Guerra Mundial, alrededor del 70% de la producción nacional provenía de la zona de Concarán, San Luis; el 30 restante se extraía del cerro Áspero.
Frente a la demanda externa, se hizo urgente construir, además de las instalaciones de extracción y procesamiento del mineral en la confluencia de tres arroyos serranos, un pueblo que albergara a los trabajadores. Así nació Pueblo Escondido, que en su época de mayor esplendor convocó a cerca de 300 personas, instalaciones de molienda, concentración y separación de minerales, usina propia, hospital, habitaciones para el personal, comedor, viviendas para los jefes, un puente colgante y hasta un teléfono. La producción fue de tal envergadura que se instaló un cablecarril de 300 metros para bajar el mineral hasta la planta. Sin embargo, no había geólogos. Sólo mineros –de origen chileno y boliviano– con mucha experiencia, quienes extraían el mineral en galerías cavadas en la roca mediante explosiones con dinamita. A fines de los años 60, el pueblo fue perdiendo importancia a la par de la caída del precio internacional del tungsteno. Además conspiró el agotamiento natural del yacimiento. No obstante, la mina continuó trabajando a «media máquina». En la década del 80, agotada y sin posibilidades de competir en el mercado internacional debido al ingreso de la República Popular China, Pueblo Escondido fue abandonado, primero por sus dueños, luego por los trabajadores.
En la actualidad, el acceso al pueblo es bastante difícil. Sólo se llega desde Embalse, Córdoba, o Merlo, San Luis. Gran parte del camino es de ripio y sólo transitable con camionetas doble tracción, moto o a pie, tras una caminata de 15 kilómetros. Sin lugar a dudas, el esfuerzo vale la pena. Aún hoy pueden recorrerse las estructuras de las viviendas de los empleados con mayor jerarquía, caminar sobre los pisos de parquet y encontrar antiguas chimeneas en pequeños rincones de lo que fue un salón. El trazado de Pueblo Escondido conduce hasta el puente colgante que cruza el río, y que separa las viviendas de los jefes de otras construcciones mucho más sencillas: las habitaciones de los mineros. Este valle encajonado, donde hasta hace casi medio siglo las explosiones con dinamita y los picos de los mineros alteraban la naturaleza para extraer sus riquezas, es hoy un silencioso y agreste paraíso con historia.

Texto y fotos: Guadalupe Lombardo

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