Cooperativismo | PIPINAS, BUENOS AIRES

Toda pesca es política

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Beatriz Chisleanschi

La Boya busca mejorar las condiciones de trabajo y establecer precios justos en una actividad históricamente relegada. También reinstalar este alimento como parte de la dieta cotidiana.

Un nuevo comienzo. Asociados y asociadas de la cooperativa el día de la apertura de la pescadería popular.

A 160 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires se encuentra la localidad bonaerense de Pipinas, perteneciente al partido de Punta Indio. Si bien su nombre se debe a dos niñas de la alta sociedad llamadas Josefina, a las cuales apodaban «Las Pipinas», hoy, con menos de 1.000 habitantes, es un pueblo esencialmente de trabajadores. 

En Pipinas no hay bancos, farmacias ni cajeros automáticos, pero hay cooperativas. Entre ellas está La Boya, que nació con el objetivo de mejorar la vida de los pescadores de la localidad. Así lo cuenta Martín Otero, presidente y asociado de la entidad desde su fundación a fines del 2022 y vecino de Pipinas: «Un día fui al puerto a ver cómo pescaban y pensé que había que mejorar la calidad de vida de los pescadores. Las cooperativas de pesca son, generalmente, para acopio y venta, no tienen una mirada integral. No hay pescadores en el agua que tengan una cooperativa acá en la zona».

Intentar mejorar la calidad de vida de los pescadores tiene un anclaje en la realidad y un ejemplo concreto en la pesca de la corvina rubia, que se hace por arrastre y que se realiza entre los primeros fríos de mayo hasta agosto. «Es invierno», explica Otero, «cuando el río no es un barro, es una pasta y andan con dos grados bajo cero, con unas Crocs, todos mojados. Duermen, literalmente, en un rancho de chapa, sin agua potable, sin un lugar donde bañarse ni lavar la ropa». Estas condiciones extremas, sin embargo, no son fáciles de revertir, en muchos casos por resistencia de los propios pescadores a cambiar ese modo de vida que llevan desde siempre. «Los chicos de la cooperativa, que son los capitanes de dos lanchas, un día llegaron con su indumentaria, campera, botas y mameluco para el agua. Y los otros empezaron a cargar solo porque estaban con la ropa que tendrían que llevar todos», relata Otero.

Para trabajar sobre esa resistencia a mejorar las condiciones de trabajo, desde La Boya se plantearon comenzar por los pescadores locales, que son 10, frente a las 150 lanchas, aproximadamente, que se acercan cada año a pescar al río Samborombón. Asimismo, intentan que los pescadores se organicen y puedan poner en valor su pesca. «Que no sea el frigorífico quien ponga el precio del pescado», señala Otero.

Al respecto, el secretario de La Boya, Luciano Álvarez, aclara: «La pesca es un commodity, como cualquier otro. El 97% se exporta. Pero nosotros, desde una visión más política, comprometidos con la lógica de construir soberanía alimentaria, nos planteamos la necesidad de ir torciendo esa ecuación». Álvarez afirma que la extracción de pescado es «una más de las formas de extractivismo en la que estamos inmersos», que el negocio está organizado y regulado para abastecer al primer mundo de modo «y para que muy poco se vuelque en tratar de resolver el déficit nutricional en el 65% de los pibes que están mal alimentados en la Argentina. Desde ahí tratamos de aportar desde un lugar diferente».

Del agua a la mesa. Pochi Baigorri (pescador), Gildo Onorato (presidente del IPAC) y Otero.


Soberanía y derechos
Los derechos sindicales de los pescadores y pescadoras –que son muy poquitas– fueron uno de los primeros ejes de trabajo de la entidad. Por otro lado, empezaron a desarrollar una experiencia concreta de soberanía alimentaria y promoción del consumo de pescado a nivel local. «De lo que las lanchas traen al puerto y va a los frigoríficos, hacemos que una parte vaya a los comedores populares y a los territorios donde estamos insertos. Para ello, generamos en Pipinas una pescadería popular, La Boya. Esa porción de pescado la traemos a tierra, la despanzamos, hacemos filet y armamos un sistema de distribución en el partido de Punta Indio a través de nodos de economía popular o haciendo puerta a puerta».

También comenzaron a expandirse por otros territorios cercanos. «Nos dimos una estrategia para abastecer a espacios comunitarios o merenderos populares en La Boca, Avellaneda o La Plata y con eso pudimos lograr que algunos jóvenes se vuelquen a la tarea del fileteado», continúa Álvarez un militante que colabora con la distribución.

Reinstalar el pescado como parte de la dieta cotidiana es el gran objetivo. «Del 3% de pescado que no se exporta, el 50% se vende en Semana Santa. Quiere decir que el otro 50% se distribuye durante todo el año, entonces nos dijimos, ¿no tendremos que empezar a valorar el pescado como parte de nuestra dieta semanal?»,  reflexiona Otero. También capacitaron a alumnos de la escuela secundaria de Pipinas y de la Universidad de Avellaneda sobre la importancia de comer pescado.

Con nueve asociados, la cooperativa La Boya forma parte de la rama agraria del Sindicato de la Economía Popular, UTEP y tiene su génesis en el Movimiento Popular Los Pibes. Tiene como desafío el ejercicio de la soberanía de los ríos y para ello tienen dos lanchas que integran la Flota Patriota. «Siempre fue composición “La vaca”, nunca “El pescado”», dice risueñamente Otero. Y concluye: «Si empieza a haber una demanda, también podemos acercarnos a los pescadores de otra manera. Los primeros pasos hacia ese horizonte ya se están dando».

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