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Encuentro con el diablo

Los rieles
Aurora Venturini
Tusquets
181 páginas

Singular autobiografía. La autora sopesa y juzga sus aciertos y sus errores.

Foto: Télam

Cuando el premio de novela del concurso convocado por Página/12 en 2007 lo obtuvo Las primas de Aurora Venturini, era ella para la mayoría un nombre desconocido, pero no porque fuera una autora novel, sino todo lo contrario. Tenía entonces 86 años y había recorrido un largo camino en la literatura, iniciado con la poesía en la década del 40 y continuado hasta el nuevo siglo, a la que se sumaron novelas, cuentos, ensayos y traducciones. Formó parte de la Peña Literaria Eva Perón donde también asistía su marido, el historiador peronista Fermín Chávez. Allí Eva se reunía con escritores que resultaron ser, después del golpe del 55, «los poetas depuestos».
Aurora eligió en ese momento exiliarse en Francia y allí, además de seguir estudiando y de traducir a grandes poetas como Arthur Rimbaud, se vinculó con figuras como Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, Albert Camus o Eugene Ionesco, en plena época del auge de la filosofía existencial y del teatro del absurdo.
Gracias quizá a la premiada Las primas, hubieron reediciones pero también nuevos títulos, porque la autora mantuvo una actividad incesante en los últimos años del siglo XX y los inicios del XXI hasta su muerte en 2015. Los rieles, su última novela, es una conmovedora e impresionante reflexión de una mujer muy consciente de estar transitando los tramos finales de su vida, con todo su enorme bagaje de experiencias que se van desgranando en recuerdos a veces alucinados o muy concretas escenas, mediante una afinada escritura, en su estilo a la vez conciso y sutilmente elaborado.
Se desencadena el relato «ya en el límite de todas las edades» con el tremendo contraste entre la contundencia y rispidez de sus palabras y el desvalimiento físico, menos por la edad que por haber padecido un problema gastrointestinal y, sobre todo, una caída que la dejó postrada durante varios meses. Verdadero infierno, literalmente en la novela, porque casi desahuciada y confinada a una cama de hospital junto a otros enfermos tan maltrechos como ella –atendidos por médicos y enfermeras desdeñosos–, tiene entonces en su delirio un muy vívido encuentro con el diablo.
Así, vive su dolor físico y psíquico como el castigo infligido por el propio Satán, quien la declara muerta, lo que Aurora niega con todas sus fuerzas. En una sucesión de partes no muy extensas pero sí muy densas, según acuden a ella sus sensaciones y su memoria, revive con total nitidez, como si se tratara de una acumulación de escenas presentes, hechos que bien pueden trasladarnos a sus años de escuela, a la estudiante universitaria, a la muy sagaz viajera, a la lectora que nombra y cita a filósofos y literatos.
No menos presentes en el relato están sus compañeros de otros tiempos, como María Granata (que también acudía a la Peña Eva Perón), el espanto de los años negros de las dictaduras del 55 o del 76 o un diálogo con Borges, quien le entregó en 1948 un premio de iniciación en la poesía. Pero no se trata simplemente de evocar, porque esta narradora en primera persona, autora de una singular autobiografía, sopesa y juzga sus aciertos y errores así como crudamente refiere daños y adversidades por causa de algunas personas, como su propia madre y un amor esquivo y engañoso. Y, con todo, no deja de sorprender de qué modo Aurora se sitúa en las antípodas de la pasión romántica porque la asocia al sufrimiento, del cual, como muestra, mucho sabe, no porque no ame la vida, sino porque mucho la ha vivido. 


Susana Cella