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Mi Buenos Aires querido

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Pablo Díaz Marenghi

BUE
Martin Caparros
Random House
304 páginas

Estilo. En BUE, Caparrós ofrece una clase magistral de cómo narrar una ciudad.

Foto: Adrián Escandar

Azar acecha. Con esa frase, que se repite como un leitmotiv, Martín Caparrós resume el espíritu que sobrevuela BUE. Lo inesperado, lo fortuito, el movimiento constante, es parte de la dinámica que forja una ciudad. Y qué mejor ejemplo que Buenos Aires –melancólica, impertérrita, cosmopolita, inclaudicable– y quién mejor que el escritor declarado Ciudadano Ilustre, porteño, que termina forjando desde su casa en Torrelodones, España, donde vive hace más de una década, una novela desde la añoranza que describe el pulso de sus calles casi de la manera a la que aludió Borges para hacer presente lo deseado. Como los camellos en el Corán: sin necesidad de explicitar.

¿Qué es BUE? En un principio se trata de una clase magistral acerca de cómo es posible narrar una ciudad. La forma que encontró el autor de más de cuarenta libros entre sus crónicas, ensayos y novelas, fue la del entrecruzamiento de voces, personajes y reflexiones. No es un simple relato coral, aunque hay diálogos furtivos, verosímiles y crudos. No se trata tampoco de una hagiografía o una crónica ensayística, aunque también hay bellas elucubraciones en torno a la urbe.

«En la Ciudad, la forma de la diferencia está en la sustracción» o «Una Ciudad es un despilfarro de signos, un sinfín de signos sin un fin». Es todo eso y, también, un tejido entrecruzado por versos. Algo que no es una novedad en el estilo del autor, que incluye citas de canciones o breves poemas como dejándolos caer de los bolsillos. Algo que ya perfeccionó en Antes que nada (2024), sus notables memorias.

No tiene sentido, tal como señaló el escritor Rodrigo Fresán, tratar de resumir la trama. Los personajes van y vienen, se enredan y hasta se nota la intención de Caparrós en robustecer dicha mezcla como símbolo del propio caos vivido en la Ciudad, escrita así, con mayúscula. De este modo también forja un no-tiempo, una prolongación particular. Se perciben grandes maestros: la fibra de John Berger, el pulso lúdico de Georges Perec y el estadounidense John Dos Passos, sobre todo algo de su mítica novela Manhattan Transfer.

Caparrós pone a bailar en la misma pista a sus influencias con su propia memoria y su sensibilidad cada vez más afilada, sin escatimar su habitual ironía y acidez. Algo que ya a esta altura es algo más que una marca registrada. También incluye referencias epocales ineludibles de la porteñidad: desde letras de Manal o Leonardo Favio a tangos de Discépolo. Hay bares, por supuesto. También puteadas y lunfardo, como no podía ser de otro modo.

Esta novela ratifica su obsesión por descifrar las ciudades, tal como lo hizo en Ñamérica (2021), esta vez deteniéndose en la suya propia, su ciudad interior, y permitiéndose jugar un poco más. Hay referencias concretas –todo se tiñe de muerte a medida que se acerca 1976–, pero lo fáctico se vuelve menos importante. Buenos Aires es tan omnipresente que, en un gesto borgeano, se hace presente casi sin ser mencionada.

La ciudad como una confusión; la solución contra el recelo; el espacio de la desconfianza; como alguien que come siempre las mismas dos o tres comidas; un remedo malo del infierno; todo se convierte en una enumeración caótica. En la página 209 se lee: «En la ciudad hay albañiles, policías, carpinteros, cerrajeros, oficinistas varios, pedicuros, manicuras, peluqueras, barberos, peluqueros». Algo que resuena al poema «Cadáveres» de Néstor Perlongher y revalida su atención por la musicalidad del lenguaje. Caparrós ratifica una vez más que su capacidad creativa parece no tener límites.

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