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Realismo delirante

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Hernán Carbonel

El parche caliente
Fabián Casas
Emecé
147 páginas

Retrofuturista. La novela de Casas construye una Argentina imaginaria del siglo XIX.

Foto: Juan Quiles

«La idea clave fue la de construir un país imaginario, hacer un país en el vacío, fundarlo en el desierto; hay un pathos a la vez utópico y criminal en la Argentina de esos años», dice Ricardo Piglia en «Una trama de relatos». Un poco en ese camino va El parche caliente: la avanzada sobre el interior de la Argentina del siglo XIX. ¿Cómo se construye un país? Parcelación de terrenos, estrategias civilizatorias, implantación de una religión; agrimensores, ingenieros, militares, funcionarios. La precariedad de una nación en ciernes, la debilidad del hombre frente a la pampa húmeda, el mal llamado desierto. La vida al borde de lo salvaje, la usurpación cultural, la brutalidad en el cuerpo a cuerpo.
Y en medio de ello, personajes extravagantes. Diego Zuluaga, comandante de un precario reducto que intenta sobrevivir entre soldados azotados por los nativos, la soledad y el clima; cruel, loco, se viste de mujer y de repente desaparece en un viaje entre fortines. Él y su perro raza jersey con un parche en el lomo, que transmuta en hombre y se convierte en domador. Un inglés que ha llegado al país junto a su hija gracias a un contacto con el Ministerio de Guerra, toma la palabra y escribe «por si me pasa algo». Milkibar, un fabricante de frases hechas, autor del libro El muro como voluntad y representación.
También están Catriel, salvaje domesticado que trabaja para el Ejército y opera como contacto con las tolderías, y su esposa bruja; Charles Castaneda, contemplativo, lisérgico, sensorial; Masilla, oficial joven que ha servido en la guerra del Paraguay y se maravilla con sus propias frases, que escribe en un cuaderno. Un prestidigitador de cartas abreviado en Harry Póker, los caciques Raquel y Raquelito, el Coronel, tribus nómades o sedentarias, sordomudas o tartamudas.
En la identidad de los protagonistas actúan tanto la ruptura como la continuidad de tradiciones literarias en múltiples referencias (Lucio Mansilla, Carlos Castaneda, J. K. Rowling, además de apariciones efímeras de Aira, Hudson, Sarmiento o Schopenhauer), mientras se mueven en un tejido de ramificaciones argumentales que se abren y nunca terminan de cerrarse. Ese delirio regulado es El parche caliente, segunda novela de Fabián Casas, que se ha destacado de los 90 para acá como poeta, cuentista y ensayista. Con latigazos de un humor lacerante, Casas hasta se permite jugar con lo metaliterario y preguntarse «¿cómo convertir al perro en un hombre y que el relato siga?».
Pero el mayor interrogante que la novela plantea es quién narra, desde dónde, desde qué época. «Hace mucho, mucho tiempo, en un país muy lejano», comienza el relato. Retrofuturismo mediante, los antiguos pertenecen tanto al pasado como al futuro, y quizás la respuesta esté en el último capítulo, el que da título al libro: «Ahora tengo que inventarme una voz».
Realismo mágico o delirante, novela histórico-fantástica o western pampeano, no importa, El parche caliente por momentos emerge como un spin-off onírico de Una excursión a los indios ranqueles, o una reescritura de la película Jauja, de Lisandro Alonso –en la que Casas fue coguionista–, ambientada en los tiempos de la Conquista del Desierto, y donde también aparece un legendario coronel de nombre Zuluaga. Pero enlaza, además, con Ema, la cautiva o La liebre, de César Aira, Las aventuras de la China Iron, de Gabriela Cabezón Cámara, o Malón blanco, de Dalmiro Sáenz. Las conexiones, sabemos, muchas veces son producto del azar, como las circunstancias que han de atravesar estos personajes extraviados.

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