Cultura | De cerca | SILVIO RODRÍGUEZ

Compañía cancionera

El compositor cubano desmenuza su vínculo con la música y evoca algunas de las experiencias que marcaron su vida. El mundo y la isla en tiempos de pandemia.

Silvio Rodríguez tiene un blog llamado Segunda cita, en el que publica versos e ideas propias, artículos ajenos y opiniones o mensajes de sus seguidores. Allí se presenta como «trovador nacido en San Antonio de los Baños, Cuba, en 1946, hijo de Argelia y Dagoberto». En 1952 se mudó con su familia a La Habana y diez años más tarde compuso su primer tema, «El rock de los fantasmas». Entre 1969 y 1970 viajó por las costas de África en barcos de pesca, en los que escribió 62 canciones. En 1975 lanzó su primer disco en solitario, Días y flores. Al año siguiente, cuando la Sudáfrica del apartheid invadió Angola, recorrió dos veces el frente de combate, cantándoles a las tropas cubanas y angoleñas.
A partir de entonces viajó por América y Europa. Ha recibido numerosos premios y reconocimientos. Su producción discográfica incluye más de 40 álbumes, entre trabajos de estudio, registros en vivo y colaboraciones con otros artistas. Sus canciones han sido traducidas al francés, italiano, alemán, inglés, portugués, guaraní, ruso, chino, japonés, coreano, sueco y catalán. Desde finales de 2010 encabeza un grupo de músicos, escritores y artistas que actúan en las zonas más necesitadas de La Habana y en distintas provincias de la isla. Antes de la llegada de la pandemia, la «Gira por los Barrios» había alcanzado su concierto número 107.
El año pasado lanzó Para la espera, una obra que dedicó a siete «excelentes creadores que el mundo ha perdido»: Tupac Pinilla, Juan Padrón, Luis Eduardo Aute, César López, Luis Sepúlveda, Marcos Mundstock y Óscar Chávez. A comienzos de octubre presentó Silvio Rodríguez con Diákara, una producción grabada originalmente en México en 1991 que permanecía inédita. Y el próximo año planea editar La comarca, integrado por diez canciones en las que lo acompaña el Trío Trovarroco.
Con la misma claridad y profundidad que emanan de sus letras, el cantautor acepta gustoso mirar hacia su infancia y juventud y recordar algunas de las experiencias más determinantes en su vida. Habla también de los sueños, que se dan la mano o se transforman. Sus letras, lejos de cualquier maquillaje, dan cuenta de sus deseos más tempranos: su sueño era ser astronauta y astrónomo. ¿Qué lugar ocupa lo lúdico en su trabajo? «En inglés se dice to play, y creo que está muy bien dicho, porque la música tiene mucho de juego. La composición es un juego constante donde hay exploración, descubrimientos y construcciones. En la interpretación sucede otro tanto. Los músicos tenemos la suerte de conservar uno de los tesoros de la niñez».
–En alguna oportunidad dijo que más que creador de canciones es un creador de compañías. ¿Cómo es eso?
–Al principio la música y las palabras fueron un impulso, un deseo de hacer, una especie de necesidad. Después, con el contacto con los oyentes, se fue transformando en diálogo. Entonces me fui percatando de coincidencias y diferencias, lo que me llevó a optar conscientemente por cierta «política artística» más que por otra. Me refiero a ideas de lo que era la canción como expresión en los tiempos en que empecé a componer, y lo que podría ser si se aventuraba en ciertas direcciones no solo del contenido sino también de la forma. Hoy día, para mí, cada canción nueva viene a ser como un pequeño experimento, una especie de puzzle infinito, una propuesta entre las muchas opciones que soy capaz de reconocer y escoger. Pero al margen de mis propios procesos, lo que recibe y acepta la gente es la compañía: las canciones no hacen otra cosa que acompañar a las personas a través de su vida.
–La música clásica está presente desde su infancia. ¿Cómo fue ese primer contacto?
–Hubo dos momentos importantes en eso. El primero fue cuando tendría 3 o 4 años, un día que en la radio sonaba una música que captó mi atención. La emisora era CMBF, que empezaba a trasmitir en Cuba justo en aquellos años. De alguna forma aprendí el lugar del dial en que quedaba y después trataba de encontrarla. Entonces me quedaba absorto escuchando aquella música que me trasladaba a extraños lugares, hasta que llegaba algún mayor y cambiaba el dial diciendo «a este muchacho le gusta la música de muertos». Por eso durante mucho tiempo pensé que así se llamaba aquel tipo de música: «de muertos». Lo que no dejaba de tener su razón, porque todos aquellos compositores eran de otras épocas. El otro momento fue cuando empezaba mi adolescencia y un día fui a un cine donde proyectaban Fantasía, de Disney. Fue un impacto tremendo ver aquellas imágenes con aquella música. Me gustó tanto que estuve yendo durante semanas, siempre que conseguía el dinero para entrar. Fantasía me resultó en cierto sentido programática, porque después, para volver a escuchar aquellos temas, empecé a ir a las bibliotecas donde se podía escuchar música.
–¿Qué hace que un músico sea popular?
–Hay una escena en Amadeus, la película de Milos Forman, en la que F. Murray Abraham, que interpreta genialmente a Salieri, con mucha amargura trata de explicarle a un joven sacerdote que sus melodías son tan buenas como las de Mozart, y que no se explica por qué las del genio de Salzburgo se hacían populares y las de él no. Ser popular es un misterio: es una suerte, un don, una gracia que alguna misteriosa deidad concede o no. Hay quienes se dan cuenta, o creen saber qué es «lo que gusta», y todo lo escriben en una fórmula que consideran abridora de puertas. Conocí a buenos músicos que siguieron esos caminos y tuvieron sus éxitos, pero ya nadie los recuerda. Sin embargo, también conocí a otros que tomaron la senda difícil, la de no ser complacientes con lo que un público pudiera esperar, la de asumir la música como una búsqueda, un riesgo, incluso un desafío. No digo que una opción lleve más a la popularidad que la otra; hay mucha gente con verdadero talento que no ha tenido suerte, e igualmente hay éxitos inflados por las trasnacionales discográficas y el comercio banal. En cualquier caso, siempre es mejor amar la música y disfrutar lo que nos aporta cuando se le respeta, cosa que considero mucho más importante que ser popular.

Fotos: KALOIAN SANTOS CABRERA


–¿Qué piensa acerca de las nuevas tendencias musicales en Cuba?
–Cuando yo empecé era muy difícil grabar y dar a conocer la música. La única forma de trasmitir el trabajo era en directo, si tenías la suerte de que alguien te dejara tocar en algún sitio. Era un lujo poder grabar algo. Pero después, con el desarrollo de la tecnología, las formas de hacerse escuchar fueron en aumento. Hoy día, con los teléfonos inteligentes y el mundo virtual, cualquiera con mayor o menor talento puede hacer trascender cualquier cosa. Algunas nuevas tendencias musicales del mundo están muy marcadas por esta facilidad. Yo prefiero las nuevas voces que están afincadas en las tradiciones. Me gusta la música elaborada, aunque tenga dos acordes. Me gustan los textos bien escritos, con riquezas estéticas y éticas. En Cuba actualmente hay muchos autores admirables en todas las vertientes: jóvenes que componen conciertos y música de cámara; autores de canciones; trabajos vocales que recuerdan a la trova tradicional; excelentes orquestas integradas y dirigidas por jóvenes. También hay quienes le cantan a nuestra realidad, a nuestros problemas. Es el talento de un pueblo cuando ha tenido la oportunidad de estudiar, como el nuestro.
–Tenía apenas 14 años cuando en 1961 decidió unirse a la Campaña Nacional de Alfabetización. ¿Cuánto influyó aquella experiencia en la «Gira por los Barrios»?
–Hacerme miliciano en mi escuela e incorporarme a la Campaña de Alfabetización fueron mis primeros pasos de compromiso ciudadano. Aquel tiempo marcó un antes y un después en mi vida. Son muchos los recuerdos. Y, por supuesto, son experiencias que acompañan después, durante el resto de la vida, y explican hasta cierto punto las direcciones que se toman ante encrucijadas posteriores. Estuvimos once años haciendo la Gira por los Barrios. Tuvimos que parar por la pandemia; de no ser así habríamos seguido hasta no sé cuándo, supongo que mientras tuviéramos fuerzas.
–En «Los compromisos» sostiene: «Mi compromiso es sencillo, solo hay dos formas de estar: o bien cogiendo el martillo, o bien dejándose dar». ¿Qué siente por la canción?
–No hace mucho la volví a grabar, para un trabajo que vengo haciendo poco a poco con canciones viejas y que llamo «Pendientes». Recuerdo que «Los compromisos» la compuse poco después de regresar de aquel viaje por las zonas de pesca de la costa occidental africana, recién incorporado al Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC. Es como una declaración de principios y, particularmente esa parte que menciona la pregunta, habla del instinto biológico de la supervivencia, o acaso de esa suerte de variante que pudiera ser la supremacía. Aunque biológicamente la supremacía es natural, humanamente es duro concluir que es necesaria, aunque a veces haya razones para ello. En cualquier caso, es algo que la condición humana debiera superar.
–¿Cree que la pandemia dejará algunos aprendizajes?
–Es obvio que sobre todo las grandes potencias están aferradas a errores que podría decirse estratégicos. Uno de ellos es la obstinación de crecimiento constante, esa competencia tan dañina. Gracias a eso están acabando con las reservas naturales. Cada vez que hay una gran crisis, como la actual, lo único que crece es la industria del lujo.
–Participa en la campaña que postula para el Premio Nobel de la Paz a la brigada de médicos cubanos Henry Reeve, por su labor solidaria y humanista en diversas naciones del mundo frente a la amenaza del COVID-19.
–He apoyado la campaña porque es obvio que esa brigada ha jugado un papel internacional de gran humanismo. El hecho tiene mucha significación moral, viniendo de un país con tantas fuerzas poderosas en contra, como Cuba.
–¿Cuán diferente, en términos de oportunidades, sería el país sin el bloqueo?
–Por supuesto que Cuba estaría mucho mejor sin el bloqueo. Pero ellos no solo no soportan la idea de que salgamos adelante, sino que han creado una suerte de industria del odio de la que parecen vivir muchas personas. Y no es secreto: cada año hacen público los millones que dedican a atacar a Cuba. De ese dineral viven publicistas, televisoras, radios, agitadores, organizaciones, congresistas, etcétera. «A big deal», como suelen decir. Por eso ha aparecido hasta una teoría que atribuye al dinero que corre la razón de que no nos hayan invadido o exterminado: porque de qué viviría toda esa gente.
–En una entrevista sostuvo que «aunque en algunos aspectos las presiones parecen obligarnos a seguir siendo excepcionales, en otros la realidad nos pide a gritos democratizarnos». ¿Qué significa?
–Somos excepcionales porque tenemos un gobierno de orientación socialista y eso quiere decir que distribuye las utilidades del trabajo y los bienes con un sentido de equidad y de justicia, sin olvidar nunca a las clases y sectores más humildes de la sociedad. Democratizarnos es hacer más horizontal la gestión de gobierno, que siempre ha sido muy vertical. Nuestro presidente Miguel Díaz-Canel ha luchado en esta última dirección, pero haber funcionado durante más de medio siglo de otra manera lo hace difícil. También por eso hoy se habla en Cuba de la necesidad de un cambio de mentalidad.


Bárbara Schijman