Cuento

La ciencia no se equivoca

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Mariana Komiseroff

Mariana Komiseroff (Don Torcuato, provincia de Buenos Aires, 1984) publicó los libros de ficción Fósforos mojados (2013), De este lado del charco (2015), Una nena muy blanca (2019), Györ. Cronograma de una ausencia (2021) y La enfermedad de la noche (2023), y una investigación sobre el caso Lucio Dupuy, Bestias perfectas (2025). Fue seleccionada por la Bienal de Arte Joven en 2017 y obtuvo, entre otras, la Beca a la Creación del Fondo Nacional de las Artes y la Beca Jessie Street para la Diplomatura en Derechos Humanos de las Mujeres de la Universidad Austral de Salamanca. Vive en La Pampa.

Desde que nació sabíamos lo que le iba a pasar. La ciencia no se equivoca en esas cosas, aunque pocas veces acierta en las fechas. Mi madre nos reunió a todos después del parto y nos lo informó. Es una nena. Ya lo habían dicho las ecografías, pero ella mantuvo la esperanza hasta que nació. Al principio hizo diferencias y la malcrió todo lo que fue necesario, pero pasaron los años y nada. Mi hermana siempre fue una nena dócil y buena, hacía caso en todo, pero le faltaba el filtro del pudor cuando veía a un hombre grande. Hacía gestos con la boca. Era incómodo ver sus ojos infantiles llenos de una lujuria que aún no debería conocer. Nos olvidamos. Tal vez había sido un pronóstico erróneo, no el del género, eso era certero, pero tal vez nuestros padres habían interpretado mal las consecuencias que acarreaba. Nunca más lo mencionamos ante ningún profesional.

A ella le interesan los documentales sobre reinas y reyes. Me sorprende, de manera ingenua, que la realeza sea un subgénero dentro de la industria pedagógica audiovisual. Que a ella le obsesionara ese mundo no me asombra; hay gente que adora los informes especiales sobre enfermedades extrañas, pieles que supuran, orejas y narices que se caen. Yo, por ejemplo, consumo adictivamente series o películas de chicas muertas. Es un pasatiempo misógino, lo sé, es imposible cambiar el mundo así, pero lo prefiero a cualquier otro. Aunque desee a las chicas vivas y ni siquiera me gusten las representaciones de mujeres sumisas o enfermas, no tengo la suficiente voluntad para cambiar mis pobres consumos culturales. Las películas de chicas muertas son efectivas, y el alivio de saber quién es el asesino –casi siempre el padre, el hermano o el marido, como en la vida–, domestica de alguna manera mi insomnio.

Puede ser este consumo o aquel primer diagnóstico, no lo sé, pero cuando mis padres mandaron a mi hermana a estudiar a la ciudad a donde vivo, me despertaba en medio de la noche con un mal presentimiento que siempre me llevaba a ella. Es joven y le gustan las citas con hombres desconocidos. Para calmar mi obsesión una vez intenté que me compartiera la ubicación en el celular. No lo sugerí ni lo ordené: agarré su teléfono y lo configuré. Ella, que aún conservaba la docilidad de la infancia, no protestó. Cuando se fue de mi casa seguí el recorrido en el mapa. Horas más tarde ya lo había desactivado. Le envié un mensaje de reclamo que no respondió y, cuando nos volvimos a ver, dio excusas demasiado analógicas para los tiempos que corren.

La noche que finalmente sucede, estamos en la presentación de un libro de un colega en un bar. Ofrecen una promoción con guiso de lentejas y una copa de vino, pero a ella no le gusta y pide otra cosa: una hamburguesa y una coca, es más caro. No reparo en eso hasta que traen la cuenta y mi hermana no amaga a pagar.

–No tengo –dice.

Le muestro el saldo de mi caja de ahorros, que no alcanza para los dos, y pago con la tarjeta de crédito. Voy al baño y cuando vuelvo a la mesa ya no está. Su chalina y su cartera, sí. Habrá salido a fumar, pienso, y me quedo rumiando esa costumbre histórica que tiene mi familia de endilgarme sus deudas. Pasa demasiado tiempo y en el bar quedamos pocos, me acerco a la salida, no hay nadie. Vuelvo a ir al baño. Es casi imposible que nos hubiéramos cruzado sin vernos, pero lo hago de todas formar y entro sin dudar al de mujeres. No está. Tal vez se encontró con alguien. Entonces veo a lo lejos a un periodista que una vez me entrevistó; cena con su mujer. Ella está escribiendo un libro sobre un infanticidio. La charla me entusiasma y durante unos minutos dejo de preocuparme por mi hermana, aunque cada tanto miro su cartera sobre la mesa.

Le envío un mensaje. La cartera abierta se ilumina. Saco de su billetera el monto en efectivo que corresponde a su cena y lo dejo de propina. La camarera, no sabe nada, me mira como si yo hubiese estado solo toda la noche cuando le pregunto. Un pajero, un loco.

Hago las cosas que hay que hacer en momentos como esos: llamo a la policía. En el bar está todo limpio y los empleados reniegan por tener que quedarse hasta que lleguen los oficiales. Pido un negroni, o hago durar las dos horas. Las opciones cuando desaparece una piba son siempre las mismas: se fue con un novio. Me preguntan si nos peleamos y menciono el tema de la cuenta. En la comisaría se quedan con su cartera y el celular. Le escribo a sus amigas.

–¿Qué pasó con tu hermana? –pregunta mi madre apenas atiende a la madrugada.

Mis viejos viajan en ese mismo momento. En ocho horas van a estar acá conmigo.

Pongo su foto en las redes, la misma que nos sacamos esta noche. «Te buscamos», la titulo. Consciente de que el plural es falso, solo yo la busco.

En el departamento me acuesto a dormir. Prendo la tele. El algoritmo de las plataformas arroja las mismas sugerencias de siempre, acordes a mis preferencias, en este contexto me resulta de mal gusto, aunque tal vez la respuesta a la desaparición de mi hermana esté ahí, busco una comedia. Escucho el maullido de un gato bebé. El ruido constante de la ciudad confunde la psiquis, así que al principio no le doy importancia. Salgo al balcón ante la insistencia. No lo encuentro. Finalmente me duermo hasta las seis de la mañana cuando el frío en su máxima crueldad, la desaparición de mi hermana y unos gemidos débiles me despiertan, todavía es de noche. Salgo despacio y no prendo ni la luz del piso ni la de la linterna del celular hasta que vuelve a maullar. Es chiquito, no pesa más de medio kilo. Está en el descanso de la escalera. Me cuesta hacerlo entrar en calor. Tiembla incluso cuando su piel ya está tibia, como si el frío le hubiera congelado los huesos.

Llora mientras traga la leche tibia. Tiene los ojos cerrados, pegados, pero yo nunca tuve un gato y pienso que tal vez así nacen.

A media mañana llegan mis padres. Él acompaña, como hacen los mejores padres, en silencio, es todo lo que puede dar. Mi madre no está desesperada. Se nota que se resignó durante el viaje. No me pregunta qué pasó en el bar, ni a qué hora. Solo mira al gato y dice:

–Es ciego.

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