Cuento | Por Hernán Carbonel

Wilbur

Hernán Carbonel

Hernán Carbonel nació en Salto, Buenos Aires, en 1973. Es productor y conductor de radio y coordina talleres de lectura. Publicó los libros Antiguos dueños de la tierra (en coautoría) y El chico que no crecía y otros cuentos y las investigaciones periodísticas El caso Arroyo Dulce y Casos abiertos. Crónicas rurales. Colabora con Acción.

La historia podría comenzar con Wilbur corriendo por una calle de Bratislava con una bolsa de heroína en los bolsillos. Hace frío. El cielo está encapotado. Mejor dicho: hace frío y el sol no se ve, entre los ojos agitados de Wilbur que bailotean al ritmo de su marcha por la calle empedrada y el sol que está lejos y claro, allá arriba en el cielo celeste, hay un cúmulo de nubes grises que no dejan que uno se vea con el otro. Están en dos mundos diferentes. El aire es fresco. Pero no fresco de temperatura, sino de pureza: es un aire casi virginal, más o menos nuevo.
Adentro, los pulmones de Wilbur se cierran y abren como una caja fuerte llena de bolitas de vidrio. Los miles y miles de millones de células que componen su cuerpo se desmadran y vuelven a amarrarse a cada tranco, en cada posición, estrecha o dilatada, en que se encuentren las extremidades o el torso. No la cabeza. La cabeza no. La torre calva, orejuda, plomiza, tersa y blanca que nace de sus hombros está viviendo hace siglos en un calambre: es una tierra transmitiendo en sintonía desactualizada.
Wilbur ve un desierto y, más allá, el cuadro de marcos marrones y fondo celeste pendiendo del cielo. Hay una clave en el ojo que late. Una clave que también viene del pasado inflamable. Los colores se corren; hay una interferencia. El desierto regresa.
Y ahora, y de repente, como si hubieran caído simultáneamente todas las persianas, Wilbur deja de ver. Ya no distingue ni la perspectiva de las casas bajas que se angostan ni la cadena montañosa allá en el fondo, acercándose; la calada del valle, su tersura amarronada. No ve los cuadros de cemento bajo sus pies ni el rostro en la ventana; no ve las imágenes moviéndose delante de sus ojos, a menos de un milímetro, escritas en jeroglíficos.
Wilbur no ve nada. Corre. Hay ruidos alrededor. Podrían ser luces con sonido o un buque que brama al partir del puerto o el chicotazo de un elástico que se corta al estirarse. Puede ser cualquier cosa para Wilbur.
En esa especie de tiempo suspendido, ese microsegundo en que Wilbur levanta una pierna para dar un paso, uno más de su carrera que por ahora no tiene destino ni fin claro, y mientras la otra pierna espera para pegar la estampida contra el piso chato, que sonará a lo que sonaría una manada de búfalos ardiendo bajo el sol de la sabana, en esa grieta espacio temporal que se estira en forma de curva cerrada, Wilbur siente que se desgrana como una mazorca seca, y se ennegrece aún más la noche; que de pronto se congela, se somete y cae de boca.
La historia seguiría a la misma hora y bajo un puente, en otro lugar. Ni cerca ni lejos. Solamente otro lugar. Probablemente sea un chico el que está con una caña en la mano. Pongamos un chico de unos catorce años. Está recostado contra la barranca, que baja en lenta pendiente hasta el agua mansa del arroyo. La boya es naranja, la tanza muy fina, casi invisible; la caña, de junco engrasado.
Hace minutos que no se mueve. Ni la boya ni el chico. La una, acariciada apenas por el lánguido vaivén del oleaje; el otro, sumergido de lleno en su letargo. El pasto verde que ondula en su boca es lo único que demuestra vida en ese metro y medio de carne, cartílago y hueso. Sopla una brisa apenas perceptible. Cantan tres pájaros, puede escucharlo el chico; cantan cuatro, siete, ocho, después; ya no puede escucharlos a todos. Entran voces, salen otras. Son variables de un coro polifónico de aves.
El chico levanta el sombrero y aparecen, entonces, un par de cejas recortadas bajo la sombra de la frente, los ojos verde gema, la nariz semirrecta, los labios carnosos que humedecen la lengua. Contempla la boya mecerse. Después, la panorámica se abre, siempre quieta: el puente de concreto con sus vigas de metal, las líneas del cemento marcando el macizo. La panorámica se abre: más allá del oasis que son el arroyo y los árboles donde narran los pájaros, se abre el valle. Una concavidad abrupta de matices pardos que asemeja las piernas abiertas de una mujer inmaculada.
El chico se detiene en la concavidad abierta. El chico piensa en Ludmila, una y otra vez piensa en Ludmila y, como no le alcanza, piensa en Yael. En Ludmila, primero, envuelta en un vestido suelto a cuadros, con tiradores, con la cintura abierta al aire libre, Ludmila con eso y con sus trenzas de monja descarriada. Ludmila, otra vez, con sus pies de ébano y sus manos de marfil, piensa el chico.
La ve en las calles de la ciudad, trepando los muros de los patios a la hora de las iguanas; siendo la sombra de un tragaluz, la progresión borrosa en la mirilla. La ve corriendo calle abajo, también, revolución inconmensurable de las motas de polvo a sus pies; la ve entre zarzas, viboreando furiosa entre las parras de las vides.
Y como no le alcanza, el chico piensa en Yael. Su Caperucita preferida; las piernas descubiertas debajo de la pollera gris pinzada, barriendo con la vista el oasis de los árboles y el arroyo.
Y entonces el chico perfora los límites de la tela para dejar que todo quede en sus manos, que por primera vez en toda la tarde sus manos abandonen el mango de la caña y, lentamente, como quien se cae sin querer en el sueño, sus manos se dediquen a reconfigurar las imágenes de Ludmila, y las de Yael, y a transformarlas en materia líquida de su propia imaginación.
De buscarle una extensión a la historia, podríamos hablar de Caperucita. En el supuesto caso de que haya que empezar hablando, y en ese caso, que haya que empezar hablando de algo, elijamos a Caperucita.
Caperucita que camina con un séquito de músicos a las espaldas: once arpas, tres violas, un laúd. En su andar hay una entrega que tiene que ver con el ritmo coral de los instrumentos, con la síncopa rítmica y las variaciones. Como amparada por un velo de nube o de niebla, va camino de las sombras observando el agua –los licores, son licores– del cauce del arroyo antes de entregarse a él.
Emerge y flota a centímetros del piso.
Sale Caperucita de la pintura. Entra Wilbur.
Como un signo de la convulsión, como si algo percutiera en su lóbulo frontal, Wilbur se da cuenta de que corre, pero no avanza. No ve, pero identifica: olores furiosos, aromas lila. La chica es una proyección, se pierde en el desvarío, en la furia de cuarenta y seis mares que lo azotan y desdoblan. Puede ver el sendero a un lado, en uno de los márgenes (todas las cosas son márgenes) del puente. Puede verlo como a la Manzana Dorada del Paraíso sin Eva ni Víbora. Todo para él. Nada, pero todo para él.
Caperucita ha quedado atrás, a un costado.
Caperucita ve ahora al hombre de tres ojos y cabeza rapada correr y caer por la pendiente. Detrás de él van once carniceros vestidos de azul con alas negras de metal en las manos.
Caperucita oirá las descargas y el eco de las descargas, seco, estirado, decisivo. Y no sabrá nada de quien, allá abajo, piensa en ella y se irá niño; no sabe que venía a verlo. A quedarse con el recuerdo de un líquido al lado de otro líquido. A redimirlo, a saturarlo de luz hasta que se quede ciego.