De cerca

Aventuras alternativas

Poeta, letrista, periodista y agricultor orgánico, publicó un libro que reúne los textos que escribió a lo largo de toda una vida. Bob Dylan, la contracultura y la ecología. La fundación del rock argentino en La Cueva y su amistad con Miguel Abuelo, Tanguito, Javier Martínez y Luis Alberto Spinetta.


 

Hace poco cumplió 70 años, pero se encuentra en pleno renacimiento. Alberto Lernoud, más conocido como Pipo, podría ser una muestra de que aquello que se conoció como «estilo de vida hippie» funcionó bastante bien. Es difícil verlo hoy como un hippie con tantas alforjas de historia sobre sus espaldas, pero Pipo fue uno de los primeros en abrazar ese modo alternativo de ser en estos parajes, a mediados de los años 60, mientras gobernaba la dictadura militar encabezada por Juan Carlos Onganía. Deja constancia de ello en la entrada 33, correspondiente a junio de 1966, perteneciente a uno de sus diarios: «Desde hoy (28 de junio), un gobierno militar en este país de mierda». Pero no lo llamen hippie: desde siempre, Lernoud se declaró un «náufrago».
Sus diarios, que van de 1964 a 1966, son apenas un tramo corto de su enorme libro Yo no estoy aquí: rock, periodismo, ecología y otros naufragios, una compilación de sus textos realizada por Martín E. Graziano para la editorial Gourmet Musical, que no tuvo a Lernoud como un observador de su propia obra, sino como un activista interesado y compenetrado con este proyecto, que funciona como un libro tremendamente vivo y aleccionador. No solamente por la dinámica que tiene la estructura narrativa, que se desparrama en entradas de diarios, notas publicadas, entrevistas, anotaciones en pleno viaje, canciones, poemarios, columnas y memorias. Yo no estoy aquí muestra no solo el vigor de los textos de Lernoud, sino su insolente vigencia a 50 años de aquel inicio.
«Es innegable que estamos más cómodos que los hombres de las cavernas, pero ¿nos aburrimos menos que ellos? ¿Nos comprendemos más?», dispara desde hace cinco décadas en su texto «¿Qué es el progreso?». En 2012, escribió una larga nota titulada «Lo que Dylan me dijo al oído en el 65 tuve que vivir todo este tiempo para corroborarlo», y así da antes de tiempo su opinión sobre el reciente premio Nobel de Literatura: «Dylan estaba allá, en el país de la libertad, luchando sus propias luchas. Estaba allá, con apenas 24 años, dando permiso para ser real. Lennon ya lo había dicho: “Dylan nos mostró el camino”».
Acomodado en una de las mesas de El Rincón Orgánico, un restaurante-bar de comidas e infusiones orgánicas enclavado en una esquina de Almagro, Lernoud se entusiasma en la charla con Acción y vuelve a defender el mérito de Dylan. «Bob Dylan enseña todavía todo. Mi mujer, que no curtió mucho Dylan, me preguntó qué me parecía el premio Nobel para él, pero mi opinión es obvia: claro que me parece bien. ¿Qué es literatura? En Wikipedia dice que es hacer arte con las palabras. En la Enciclopedia Británica dice que es lograr un curso artístico con el lenguaje. ¿Dylan hace arte con el lenguaje? ¡Por supuesto! Para mí, se terminó la discusión. Hay dos tipos que generaron otro idioma dentro del inglés: William Shakespeare y Bob Dylan. Es muy merecedor del premio y además es muy divertido ver lo que pasa alrededor. Los intelectuales volvieron a perder el tren: hace 50 años se perdieron el del rock y la música popular. Y ahora se lo perdieron con la oportunidad de ver quién es Bob Dylan».
–¿Qué te pasa cuando leés en tu libro cosas que escribiste 50 años atrás? ¿Qué tal se sostuvieron?
–Tengo diferentes sensaciones. Hay cosas que incluso si yo las hubiera dicho en el colegio, se habrían cagado de risa. Yo era el boludo de la clase. Sentía que no encajaba: recién cuando llegué a La Cueva me sentí bien en un lugar. Dudé en poner en el libro las cartas que le enviaba a mi mamá desde afuera; me preguntaba a quién carajo le iba a importar eso. Pero a todo el mundo le encantó lo de las cartas. Martín Graziano es quien supo ver que allí había una historia. Mi vieja murió hace varios años, y en su casa había guardado una caja repleta de las cartas que mi hermana y yo le habíamos mandado desde Europa. Las seleccioné y se las mostré, incluso las que yo le mandaba a Spinetta y a Moris. Mi vieja iba a la casa de Luis o le pedía a Moris que pase por la de ella, porque no se las daba: se las encanutaba.
–Hiciste de todo: fuiste poeta, letrista, editor de revistas, agricultor orgánico. ¿Qué cosa fue la que más te gustó de todas?
–Me metí en casi todo. Cuando lo pienso, por un lado me digo que estuvo bien que me metiera en tantas cosas. Después pienso que fui un boludo que se metió en demasiadas. Hice poesía, pero nunca hice la carrera de un poeta, no publiqué un libro por año, ni me gané ningún premio. Fui compositor, pero no me dediqué a componer y crear éxitos: hice todo con mis amigos, como parte de una aventura, pero no para ponerme a componer de manera profesional. Hice agricultura orgánica, tuve una huerta, pero tampoco me quedé a trabajarla durante mucho tiempo. Fue una etapa de casi diez años en mi campo, terminé y pasé a otra cosa.
–También fuiste periodista en tus tiempos de Expreso imaginario y Canta rock.
–Creo que es lo que más tiempo hice. Cuando volví de Europa en los 70, me dediqué a pintar casas. No lo hacía muy bien, pero después aprendí y mejoré. Yo quería volver al periodismo, hablé con Daniel Ripoll y empecé a escribir para la revista Pelo. Estaba medio desactualizado de lo que pasaba acá con el rock, pero a las ocho de la mañana me tomaba un café en Pacífico antes de entrar a trabajar, y en la rockola pasaban dos temas que me gustaban. Eran «A veces mi pueblo azul es gris» y «Canción para mi muerte», de León Gieco y Sui Generis respectivamente. Nuevos para mí. Me pidieron un reportaje a Porsuigieco para Pelo, y fui al departamento de León Gieco. Después de un rato, Charly García me preguntó si me acordaba de él. Y me contó que una vez había ido a su casa con Miguel Abuelo, porque su padre conocía a una prima mía, Marikena Monti, y ellos nos querían conocer porque habíamos armado Los Abuelos de la Nada. Y Raúl Porchetto me dijo que todos sabían que yo había compuesto «Ayer nomás» y otras canciones. Me dio vergüenza, pero ellos eran pibes al lado mío, y me pasó algo parecido cuando me hice amigo de Flopa Lestani. Es muy loco, pero es uno de los pocos orgullos que tengo: amigos en todas las generaciones.
–¿Cómo ves hoy las columnas que escribías para la recordada revista Canta rock?
–Bueno, esa fue otra sorpresa del libro. Yo pensaba que eran más débiles, porque sentía que escribía para chicos, digamos. No tenía una actitud crítica seria, y sin embargo las leo hoy y están bien. Canta rock hablaba en un idioma claro, era baratísima, tenía las canciones con los tonos y me encuentro hoy con gente insólita que comenzó a tocar con la revista: Adrián Iaies, sin ir más lejos.

 

Vueltas por el universo
Es inevitable hablar con Lernoud de La Cueva o, mejor dicho, de los tiempos en los que aquel reducto de jazz fue progresivamente copado por los jóvenes que protagonizarían la gesta que daría origen al rock argentino. Pipo era un poco su portavoz, el poeta amigo de todos. Venía de fracasar en varios colegios privados de renombre, que sin embargo lograron dotarlo del inglés que lo ayudó a defenderse en la vida. Pero no encajaba en ellos, y fue expulsado por mala conducta cuando colocó un petardo encendido en el bolsillo de uno de sus profesores. A tal punto fue así, que años más tarde su madre le dijo: «Te mandé a los mejores colegios para que te terminara educando Tanguito». Una vez más, mamá tenía razón.
–¿En serio te dijo eso tu madre?
–Era una metáfora lo de mi vieja, porque Tanguito no podía educar a nadie. En todo caso, me educaron Moris y Javier Martínez. Javier era el tipo más brillante que te podías encontrar: se te caía la mandíbula cada dos minutos cuando hablabas con él. Pero también te partía el bocho ver la libertad con la que Moris miraba el mundo. O la ansiedad artística de Miguel Abuelo, que siempre quería más. O la seriedad con la que laburaba Litto Nebbia, que era un tipo profesional y cumplidor. De movida, los únicos que sonaban y tenían todo claro eran Los Gatos, mientras Manal pasaba quince minutos entre tema y tema afinando y peleando. Yo admiraba a todos estos tipos, pero para mí el genio era Javier. Y el flaco Spinetta. Lo conocí en la casa, tenía 17 años y, cuando lo escuché cantar, no lo podía creer: era algo distinto. Nosotros éramos del centro y tipos banana; había una diferencia muy grande entre nosotros y Almendra, Vox Dei, Arco Iris y To Walk Spanish, porque ellos eran pibes de colegio, grupos de barrio. Es impresionante, pero Luis lo dijo: desde Bajo Belgrano, el Di Tella y La Cueva te parecían el centro del universo.

 


 

–A medio siglo de la experiencia psicodélica, donde comenzó a hacerse frecuente el uso de distintos tipos de drogas, ¿cuál es tu reflexión al respecto? ¿A qué conclusión llegaste sobre aquella experimentación?
–La humanidad ha venido drogándose desde el principio de los tiempos. 500 años antes de Cristo, un tipo llamado Patanjali sistematizó el yoga mediante lo que se llama «los aforismos de Patanjali». Y ahí dijo que el conocimiento se obtiene por nacimiento, es decir: nacés con una facilidad para entrar en éxtasis, ver otras cosas, para salir de tu corralito. O por el éxtasis amoroso, o por bailar y tocar tambores hasta volverte loco. Para mí eso es lo que ha venido haciendo la humanidad: buscar el éxtasis. Todos los chamanes han trabajado en el camino espiritual. Ellos decían que consultaban a los dioses, nosotros sabemos ahora que todo viene de uno, no viene de afuera.
–¿Cuál es tu posición con respecto al tema de la legalización?
–Las drogas alucinógenas son algo muy bueno, pero bien usadas. Con un maestro o alguien que te guíe para salir de tu ser habitual, y ese discurso de quién sos y qué opinás del mundo. Ahora el uso de drogas está muy distorsionado y está al servicio de volverse tonto y tapar tu propia angustia, tu propia soledad y tu propia ineficiencia para vivir. Ahí me parece poco interesante. Nosotros como generación hemos experimentado con muchas drogas equivocadas, y tengo amigos a los que les han hecho mucho mal: la cocaína es una mala droga bajo todo punto de vista, pero creo que la planta de coca debería estar legalizada, como la ayahuasca y la marihuana. No legalizada en el quiosco de la esquina, porque la ayahuasca requiere una preparación, al igual que el ácido lisérgico.
–¿Dirías que Yo no estoy aquí es el cierre de una etapa?
–No, pero se lo puede ver así. Para mí, el trip continúa. A mí lo que me gusta es descubrir cosas. Yo me doy cuenta de que disfruté mucho cuando rodamos la película Planta madre, sobre el rock y la ayahuasca. ¡Fue divertidísimo participar en una filmación así! La verdad es que me podría dedicar a esto, pero lo que me gusta es la aventura de meterme en una cosa nueva. Por eso, este año voy a hacer un disco. Ya lo empecé, con León Gieco, Daniel Melingo, Horacio Fontova, Charo Bogarín y un montón de gente haciendo interpretaciones de mis poemas.
–¿Pensás que tu libro va a ser leído por tu generación o por una generación más joven?
–No lo sé, pero va a ser bueno ver a quién le pega. Todo el mundo me habla de las 100 primeras páginas del libro, pero yo quiero que lo exploren, que lo abran en cualquier lado, que lo lean como se les cante. Que lo lean al aire libre. No sé si este libro le podrá decir algo a un pibe que se toma una cerveza en la puerta de un chino a las cuatro de la tarde, pero mi sueño es que todos los mochileros vayan al campo, a la montaña o a Córdoba, y se lleven el libro en la mochila. Que sea una cosa que los acompañe y les hable de eso que están haciendo.