De cerca

Bodas de oro

Con una gira y un disco doble en el que participan invitados como Joan Manuel Serrat, Silvio Rodríguez y León Gieco, el cantautor celebra medio siglo de trayectoria. El recuerdo de sus comienzos, el repaso de sus canciones emblemáticas y la pasión con la que encara su oficio.


Vigencia, popularidad, calidad, reflexión y reconocimiento. Palabras sueltas y virtuosas pero que, todas juntas, agigantan la figura del cantautor Víctor Heredia, ese hacedor de temas memorables que está cumpliendo medio siglo con la música. Después de un tiempo sin tanta visibilidad ni exposición, a los 70 años volvió a los primeros planos con shows, giras, premios a la trayectoria, un álbum doble titulado 50 en vuelo y un tercero en camino. Y hay más: el videoclip del tema «Sobreviviendo», que interpreta junto a La Beriso, tuvo ¡22 millones! de reproducciones en YouTube. Fue un estímulo que, como él mismo afirma, alimenta la sensación de que hay «cuerda para rato».
–¿Podés creer que ya pasaron 50 festivales de Cosquín, desde aquel en el que apareciste en 1967?
–Se me eriza la piel de pensarlo. Yo no tenía la menor idea, y no es por mandarme la parte. Nunca fui de llevar la cuenta, soy medio desbolado para eso. Y cuando el año pasado me dijeron: «Negro, estás por cumplir 50 pirulos con la música», casi se me caen los pantalones. «Mierda, 50 al hilo», fue lo primero que pensé; es cierto, una frase bien chabacana, pero que nos pinta de cuerpo entero.
–¿Por qué le pusiste al disco 50 en vuelo?
–Porque creo que vengo dando vueltas en el aire todo este tiempo y porque mi primera canción, la que presenté en Cosquín en 1967, se llamaba «Para cobrar altura», entonces el título del álbum tenía que ir por ese lado.
–En los álbumes, que sintetizan tu historia, estás acompañado por grandes artistas.
–Es un acto de generosidad de compañeros con los que surcamos juntos este camino. Cuando veo los nombres que me acompañan, me emociona pensar en cuántos amigos tengo y cómo se hicieron un lugar en sus agendas para decir presente. Estamos hablando del Nano Serrat, Ricardo Mollo, Abel Pintos, Ana Belén, León Gieco, Soledad, Silvio Rodríguez, Pedro Aznar, Jairo, David Lebón, Rolo Sartorio. Es importante para el ánimo y la moral saber que estos monstruos te dan un espaldarazo en un momento bisagra de la trayectoria.
–¿Qué sentís que hay más del otro lado: amistad o compromiso por un colega respetado?
–Nos conocemos hace mucho y con la mayoría de ellos, caso Serrat, Silvio y Ana Belén, ya habíamos grabado juntos en otras oportunidades. No voy a negar que pedir una colaboración de este tipo es engorroso, pero prefiero hacerlo yo antes que utilizar un intermediario.
–¿Cuán importante es tener amigos que, en otra época, eran competidores?
–La rivalidad se percibe, equivocadamente, desde afuera. Con todos estos músicos, nunca hubo competencia ni nos medíamos para saber quién vendía más. Solo existió la admiración mutua y un punto de conexión en la ética, la estética y la mirada hacia la vida.
–¿Lamentaste que alguno no pudiera estar?
–Sí, sentí una gran pena que no estuviera Chico Buarque, quien estaba abocado intensamente a la grabación de su disco nuevo. Intenté esperarlo, pero a mí también me corría el tiempo y, finalmente, no pudo sumarse.
–¿Te considerás un referente para las nuevas generaciones?
–Es una pregunta un poco incómoda, que en realidad habría que hacérsela a las nuevas generaciones y no tan nuevas. Creo que la vigencia no miente, pero tampoco te da una medalla. Algunos me piden consejos o sugerencias, pero más que un referente soy un «vejete» que colabora por el solo hecho de haber vivido más.
–Abel Pintos dijo que fuiste clave en su desarrollo y formación como cantautor, que lo orientaste hasta en qué libros leer.
–A Abel lo conocí hace unos 20 años, en un concierto que hicimos con León Gieco y Mercedes Sosa en Bahía Blanca. Me acuerdo que a nuestro camarín entró un chiquito, flacucho, tímido, que tenía unos 13 años: era Abelito. Se nos acercó y, sin vueltas, nos preguntó cómo podía empezar a cantar y a escribir sus canciones, porque quería ser como nosotros. Y yo me tomé el atrevimiento de decirle que a mí me había nutrido la biblioteca de mi viejo, que era un gran lector y disfrutaba de la buena literatura.
–¿Le aconsejaste algún libro puntual?
–Sí, porque me pidió algo para empezar. Y le sugerí uno, le anticipé que lo iba a volver loco, pero también le insistí en que le tuviera paciencia, porque al principio ese libro te acorrala contra las cuerdas y te da flor de paliza, pero terminás siendo otra persona: El recurso del método, de Alejo Carpentier. Y, al día de hoy, Abel todavía me lo agradece. Para él esa vivencia fue un punto de inflexión.
–Has escrito letras como «Todavía cantamos», «Sobreviviendo», «Dulce Daniela», «Informe de la situación», «Mandarina» y «Aquellos soldaditos de plomo». ¿Cuán importante fue la literatura a la hora de componer?
–A menos que uno lo haga livianamente y que apueste a una frase o un verso efectista pensando en sacar un pleno, la literatura con la que uno se nutre es esencial para poder construir una historia propia y contarla bien. A mí leer, básicamente, me salvó para edificar mi propia obra.
–¿Cuál dirías que es tu mejor canción?
–En 1969 lancé el álbum El viejo Matías, que tenía la canción «Para cobrar altura», que mencionaba antes, y cuya letra decía así: «Quiero volverme tiempo/ para no pasar nunca/ Quiero volverme viento/ Y llorar en tus montañas/ Quisiera ser ceniza blanca y sutil/ para cobrar altura y que el viento me reparta». Tenía 15 años cuando escribí estos versos y 19 cuando los presenté en Cosquín. No podían creer que un pibe escribiera algo así. Y a mí me marcó de por vida, profesional y afectivamente.
–¿Y cómo pudiste escribirlo a esa edad?
–Porque me devoraba la biblioteca de mi viejo, Camilo, que tenía autores como Cortázar, Borges, Emile Zola, Dostoyevski y hasta al propio Yupanqui. Tuve la suerte de tener a un viejo –que era contador, nada que ver– con gustos sofisticados, sensible y muy progre. Y él me preguntaba si entendía a esos autores y me ayudaba a comprenderlos con la ayuda de un diccionario que me había comprado especialmente. Era un ejercicio formidable para abrir la cabeza e incorporar conocimiento.
–¿Cuándo partió Camilo?
–En 1977, después de la desaparición de mi hermana María Cristina. Directamente no lo soportó: si bien le dio un bobazo, siempre digo que se murió de tristeza.
–¿Te vio en el escenario?
–Papá me vio como artista consumado durante siete u ocho años, pero no con el éxito, digamos, que vino después. En ese aspecto, por lo menos lo dejé tranquilo y con cierta satisfacción.
–¿Qué apreciaba él de vos como artista?
–Curiosamente, lo que escribía, más que la propia melodía. Y se sorprendía de las canciones, aunque era austero a la hora de repartir elogios. Recuerdo que la que más le gustaba era «El viejo Matías», no lo podía creer.
–Y en tu opinión, ¿cuáles han marcado tu carrera?
–«El viejo Matías», «Razón de vivir» y «Todavía cantamos» son las que podrían sintetizar mi recorrido.

–¿Por qué?
–Por la historia, por el contenido, por los momentos en que surgieron y por la recepción que tuvieron en la gente.
–A grandes cantautores como Serrat, Sabina, Silvio Rodríguez o Caetano Veloso les pasó que a sus 30 o 40 años grabaron sus hits y después les costó repetir. ¿Cómo es tu caso?
–Similar al de ellos, aunque mis expectativas y esperanzas están depositadas en que mis nuevas canciones tengan la trascendencia de los grandes éxitos. Pero esto suena a verdad de Perogrullo: si viene Paul McCartney y no me canta «Let it be», «Yesterday» o «Michelle», me voy a sentir estafado y que me robaron la entrada.
–Al Flaco Spinetta no le gustaba cuando le pedían «Muchacha ojos de papel».
–A mí me pasa todo lo contrario, soy un agradecido cuando me piden «Sobreviviendo», «Todavía cantamos» o «Dulce Daniela», que calaron tan hondo en el corazón de la gente. ¿Por qué negarlas?
–También llegaron reversionadas a las canchas.
–Sí, eso me hace acordar a Yupanqui, que me decía que su sueño como cantante y compositor era llegar a ser anónimo. «¿Qué es ser anónimo?», le pregunté. «Que alguien pase al lado, cantando una canción mía, pero que no tenga idea de quién soy», respondió. Y yo creo que en las canchas, cuando cantan «Todavía cantamos» o «Sobreviviendo», no tienen la menor idea de que soy el autor. Y eso me lleva a pensar: ¿cuántos pibes de 30 hoy cantan «Ojos de cielo», por ejemplo, y se la atribuyen a Mercedes Sosa, León Gieco o Abel Pintos?
–¿Te incomoda esa situación?
–No, todo lo contrario. Me genera una gran satisfacción, porque gracias a la interpretación de la Negra Sosa la canción cobró vuelo propio y recorrió el mundo. La Negra no era compositora, pero era una intérprete tan extraordinaria que resignificaba y revalorizaba la canción, la colocaba en otra dimensión. La Negra te la mejoraba, era así.
–¿Qué otro artista te emocionó cantando un tema tuyo?
–Jairo hizo una versión extraordinaria de «Lo cierto», que grabó para el segundo volumen de 50 en vuelo, con la que me caí de culo de la emoción. Me pasó también con Silvio Rodríguez, que interpretó «Mandarina»: es cierto que tiene un sustrato especial porque se la escribí a mi hermana desaparecida, pero el sello que le imprime Silvio es irrepetible, estuve una semana sin poder parar de llorar.
–Gieco tenía que cantar «Sobreviviendo», era un número puesto.
–León tenía asignada otra canción, porque «Sobreviviendo» no estaba prevista que la hiciéramos. Y me llama y me dice: «Negro, hagamos “Sobreviviendo”, dale, dejate de joder, la hacemos en un toque». Yo no quería hacerla y menos con él, porque ya tenemos como siete u ocho versiones de esa canción. Y me convenció, hicimos un arreglo divino, súper rockeado. León se salió con la suya.
–Hablando de Gieco, tu compadre, él formó parte de la programación del Lollapalooza en 2016. ¿Por qué suponés que no te invitan a esta clase de festivales?
–León merece estar en cualquier escenario, porque es un artista extraordinario. Lo que pase conmigo es harina de otro costal. Quizá no estuve porque en lugar de aceptar que soy parte y fundador de la Trova Latinoamericana, a los medios de comunicación monopólicos les conviene presentarme como un «cantor de protesta que hace folclore», ignorando olímpicamente mi pertenencia verdadera y generacional.
–¿Te hubiera gustado estar?
–Por supuesto, yo canté en el Karl Marx de Moscú, en el Carnegie Hall de Nueva York, en el Niemeyer de San Pablo y en el Centro Cultural Kirchner. Gané cuatro veces en el infierno de Viña del Mar y sobreviví a una dictadura feroz.
–¿Creés que tienen que ver los medios en esta situación?
–Muchos medios me han quitado de la historia, así, lisa y llanamente. En varias oportunidades hasta me han presentado como un artista que llegó con la democracia. Pareciera que yo no escribí canciones contra la dictadura. Y también hay muchos jóvenes organizadores, solo ligados al rock, que no me conocen o me tildan de «cantante de protesta».
–¿Te afecta que te llamen así?
–La expresión «cantante de protesta» siempre me pareció peyorativa. Lo que yo hago, como muchos artistas, es una música con una mirada sobre nuestro entorno, lo que nos pasa, los problemas políticos y sociales que nos acucian y que forman parte de nuestra historia.
–¿Por qué otro mote lo cambiarías?
–Por uno que diga «cantante comprometido». Ni más ni menos.
–En el último tiempo te han dado un doctorado Honoris Causa en la Universidad Autónoma de Entre Ríos y un Grammy Latino a la Excelencia Musical. ¿Qué conclusión sacás?
–Me estaré por morir… Hablando en serio, son premios al esfuerzo realizado en todo este tiempo. Admito que siempre me abruman y sorprenden estas distinciones, también me halagan, por supuesto, pero no me atrevo a aceptar que lo merezco, prefiero creer que debo esforzarme más para darle entidad y justificación.
–Medio siglo de trayectoria, 70 años de vida, muchos reconocimientos, ¿qué te queda en el tintero?
–Seguir con vida, poder todavía subirme a un escenario y cantar para alguien que tiene ganas de escucharme. Esa posibilidad, que podría estar naturalizada, me sigue sorprendiendo. Basta con mirar alrededor para entender lo privilegiado que es uno.
–¿Las ganas están intactas, o mirás de reojo el retiro?
–Nadie se baja, nadie quiere bajarse en el mundillo de la música. Para mí subir a cantar todavía es extraordinario, edificante y saludable. Los artistas, por suerte, no entendemos qué es eso de la edad. La zanahoria que nos muestra el escenario es una luz brillante y afectuosa, en la que vamos a bañarnos hasta que se apague.

Fotos: Juan Carlos Quiles