De cerca | JANE CAMPION

Cine que empodera

La neozelandesa ganó el Oscar a la Mejor Directora con El poder del perro. La presencia de las mujeres en la industria audiovisual a la luz del movimiento «Me Too».

AFP/DACHARY

Aunque la neozelandesa Jane Campion se ganó hace varias décadas la categoría de leyenda, el Oscar a la Mejor Directora que recibió por El poder del perro fue especial por muchas razones. Por un lado fue un triunfo feminista, particularmente importante no solo porque es la tercera realizadora en llevarse ese premio, sino porque lo logró un año después de que Chloe Zhao interrumpiera un largo reinado masculino con Nomadland. Fue además un merecido reconocimiento a quien mantuvo su calidad durante cinco décadas y que en 1993 creó una obra maestra como La lección de piano, en tiempos en los que los lugares a los que podían acceder las mujeres en el cine raramente incluían el sillón del director. Asimismo, fue un premio para Netflix por apostar a proyectos de calidad, aportando lo más difícil para cualquiera que busque realizar una película: el dinero necesario para filmar y la libertad total para concretar ideas.
–Sos la primera mujer en ser nominada al Oscar como Mejor Directora en más de una ocasión. En estos 28 años que pasaron entre una candidatura y la otra, ¿sentís que cambiaron las cosas para las mujeres detrás de las cámaras en Hollywood?
–No me gustaría hablar en nombre de todas las mujeres que trabajan en Hollywood, solo puedo hacerlo a partir de mi propia experiencia. Puedo decir que cuando comencé a hacer películas sufrí muchas agresiones por parte de los técnicos, que odiaban que una mujer joven les dijera lo que tenían que hacer. No me volvió a pasar, pero fue muy agresivo, incluso cruel. Afortunadamente es algo a lo que no le presté atención, porque estaba totalmente concentrada en contar mi historia y en trabajar con mis actores. No iba a dejar que cambiaran mi forma de hacer las cosas. Vamos, fue difícil. No hay suficientes mujeres en la industria en general, incluso entre los críticos. Por lo general los que critican mis películas son hombres y eso a veces puede ser muy duro. Tampoco ayuda esa actitud en la que hay como un sentimiento de caridad hacia las realizadoras, como que hace falta que algunas se dediquen al cine aunque sus películas sean aburridas. De todos modos, en los últimos tres o cuatro años eso cambió. Finalmente han comprendido que las directoras están haciendo un trabajo asombroso y que pueden competir de igual a igual con lo que hacen los demás. Muchas veces son las creadoras las que tienen la energía para generar un material interesante. Ya no hay que darle trabajo a una mujer por caridad. Creo que todo el mundo siente que la falta de equidad en la industria ya no es aceptable y por eso son muchos los que están buscando mujeres a las que promover y apoyar. Ahora hay un consenso de que debe haber más voces femeninas. Pero sigue siendo difícil. Soy la única que compitió como directora, y tener el 20% de las candidaturas me parece triste. Siempre dije que un 50/50 no tiene nada de malo, pero no creo que lleguemos ahí muy pronto, por más que las cosas estén cambiando.
–Llevabas 12 años sin hacer cine, ¿era algo que extrañabas?
–Sí, sentía que me faltaban esas dos horas maravillosas e incluso como espectadora era algo que buscaba en diferentes plataformas de internet. No siempre estaba interesada en invertir 8 o 10 horas en una serie. He disfrutado de la rapidez con la que se trabaja en televisión, pero sentía la necesidad de hacer algo de una manera muy detallada y muy fina. Todo pasaba por encontrar un material que se conectara con mi corazón o que me tentara de una manera profunda y misteriosa. Siento que la novela logró eso en mí.

Opuestos. Cumberbatch y Plemons, hermanos en la ficción dirigida por Campion.

–¿Qué fue lo que te atrajo de El poder del perro?
–Me interesó el retrato de este hombre que hizo Thomas Savage en su novela, en donde se lo muestra primero como un bravucón terrible y luego, poco a poco, te vas dando cuenta de que esta demostración de fortaleza es una fachada y que, cuando empezás a pelar las capas de la cebolla, te encontrás a alguien que es muy vulnerable. Creo que lo presenta de una manera muy compleja, por lo que en realidad la historia, con este cuarteto increíble de personajes, trata sobre la naturaleza humana. También me gusta el retrato de Peter, un muchacho que probablemente fue víctima de acoso durante toda su vida y que ganó una curiosa fortaleza. El libro tuvo un gran impacto en mí porque creí de verdad en el mundo que se describe en sus páginas. Y eso me permitió meterme profundamente en ese universo. En las semanas siguientes las imágenes y los temas que trata seguían en mi cabeza, porque no me podía olvidar de todos estos personajes. De a poco empecé a averiguar quién tenía los derechos de la novela, que es Roger Frappier. Y finalmente organicé un encuentro con él en Cannes y el proyecto se puso en marcha.
–¿Cómo fue la experiencia de trabajar con Netflix?
–Maravillosa. Ellos les dan a los realizadores como yo la oportunidad de trabajar con un presupuesto que nunca antes habían tenido y de usarlo para poder concretar su visión. En cierta forma, se comportan como siglos atrás lo hacían los Médici. Además pasan las películas que producen en los cines durante dos o tres semanas antes de que se estrenen en la plataforma y, si es que hay interés, después las siguen exhibiendo. Una de las razones por las que quise contar esta historia es que sentí que podía convertirse en un verdadero evento en los cines, porque tiene esa dimensión y a la vez es verdaderamente íntima. Mientras la imaginaba suponía que la gente iba a hacer un esfuerzo por verla en las salas, porque allí fue donde me enamoré del cine.
–Esta es la primera vez en tu carrera en la que el protagonista es un hombre.
–Sin embargo, no creo que marque una gran diferencia que yo sea mujer. Tolstoi escribía todo el tiempo sobre personajes femeninos. Creo que lo importante es seguir aquello que despierta tu curiosidad como ser humano. En los inicios de mi carrera me incliné por las historias femeninas por razones políticas, porque quería ver a mujeres como yo en las películas. Había tan pocas trabajando en esta industria como directoras y guionistas que sentí que tenía el compromiso de contar desde el punto de vista femenino. Gracias al movimiento «Me Too» y a que hoy son tantas las mujeres que están encabezando producciones asombrosas, sentí la libertad de contar cualquier historia que me enamorara.
–En el libro, Rose es un personaje menor. Sin embargo, en la película se amplifica su presencia.
–Como mujer estaba verdaderamente interesada en el papel de Rose y en amplificarlo tanto como pudiera sin olvidar el contexto: era una mujer de 1925, que era un tiempo muy diferente a como son las cosas hoy. No quería que fuese una heroína. A la vez, en esa época era muy difícil que Rose pudiera quejarse frente a su marido de lo que hacía el cuñado, que vivía en la misma casa. Su amabilidad puede tener que ver con su falta de confianza en sí misma. Ella se plantea todo el tiempo si no será ella la que está equivocada. La vergüenza que siente todo el tiempo es lo que hace que crea que no hay otra opción para ella que tolerar y aceptar esa forma de vida. Lo único que la ayuda a resistir es el alcohol, a pesar de que ella sabe que no es una buena opción.

AFP/DACHARY

–¿Sentís que te convertiste en un ejemplo de que el lugar de la mujer en el cine puede cambiar?
–No lo sé, solo puedo decir que uno debe poner todo su corazón en su trabajo y seguir adelante. Hay que trabajar y trabajar. Eso es lo que te da la fuerza si te fascina lo que hacés. Ponerse a pensar en lo difícil que es lograr cosas en esta industria siendo mujer es una distracción. Lo que te empondera es trabajar. Por eso estoy tan agradecida a las mujeres que participaron del movimiento «Me Too», porque ellas son las que cambiaron el mundo para nosotras.
–¿Cómo ves la experiencia femenina en el cine actual?
–Creo que las chicas están haciendo todo muy bien. Una mujer se ganó el Oscar el año pasado a Mejor Directora y Mejor Película. Creo que si nos dan una oportunidad, no hay forma de detenernos. Lo digo de una manera muy elegante, pero de todos modos no me olvido que las estadísticas siguen sin estar a favor de las mujeres en la industria, que somos muchas menos las que dirigimos que los hombres que lo hacen. Me parece que lo que todos nos estamos perdiendo es que no hay suficientes voces femeninas describiendo nuestros mundos y quiénes somos. Y eso es lo que nos lleva a creer que todos vivimos en un patriarcado, cuando ha dejado de ser así. Las mujeres piensan de una manera diferente, y eso es verdaderamente hermoso y muy interesante. Lo vimos mucho más en televisión, que es un medio en el que las mujeres tienen una presencia más fuerte, en donde compartieron miradas únicas y arriesgadas. Cuando se dio el movimiento «Me Too» sentí que había cambiado el clima por completo, fue algo verdaderamente sustancial, como cuando cayó el Muro de Berlín o llegó el final del apartheid. Fue algo que nos alentó mucho, porque no solo nos apoyamos entre nosotras sino que también lo hicieron los hombres: era absolutamente claro cuán injustas eran las cosas y cuánta desigualdad había en el mundo del cine.
–En varias de tus películas hablás de mujeres atormentadas que no pueden escapar de una situación difícil. ¿La insistencia en ese tema puede deberse a ciertas experiencias complicadas que viviste en tu infancia?
–Tal vez tenga que ver con eso, pero no lo sé, no es mi estilo tratar de interpretar cosas, simplemente prefiero tener experiencias. No sé muy bien qué es lo que origina mi interés en esos temas, no sé si hay una conexión directa, pero lo cierto es que la mayoría de la gente debe lidiar con cierto sufrimiento en algún momento de su vida, eso es algo que es válido para hombres y mujeres. Siempre va a haber desafíos o situaciones difíciles por las que tengan que pasar, especialmente si es gente creativa, porque muchas veces son esos golpes los que te llevan a pensar más profundamente sobre la existencia. Cuando era chica, muchas veces me pasaba meses enferma y eso creo que me llevó a ser una persona muy reflexiva, porque me tenía que quedar meses en cama con neumonía. No había televisión, solo tenía libros y recortes de revistas para leer, o me ponía a dibujar durante días enteros. Encontrar cosas para hacer en esas horas muertas me volvió mucho más ingeniosa e imaginativa. En los hechos, escuché de otras personas que se pasaron mucho tiempo enfermas en la infancia y que también se volvieron creativas. En mi caso creo que esa es la razón de que haya elegido este camino. Pero es cierto, hay mujeres atormentadas en muchas de mis historias porque me siento más conectada con ellas que con las que atraviesan la vida sin demasiados conflictos ni problemas.


Gabriel Lerman / Desde Los Ángeles