De cerca | ENTREVISTA A DAVID LEBÓN

Conexión superior

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Gabriel Plaza

El guitarrista y cantante revela cuál es su fuente de inspiración. La influencia de Spinetta, Charly García y su propia huella en el rock argentino.

Fotos: Jorge Aloy

«Yo toco la guitarra y cierro los ojos. Lo único que veo es todo lo que tengo dentro». Es lo primero que dice David Lebón cuando se empieza a acomodar en el set donde se realiza la entrevista y una luz le encandila los ojos. Todo lo conecta con la música y el humor. Precisamente, en este momento está sonriendo. Sin embargo, dice que no tuvo una vida fácil. Su voz es como una herida existencial y el sonido de su guitarra tiene el dolor del blues.
«Siento que tuve una vida muy complicada. Mi madre estuvo en la guerra, mi abuelo murió en la revolución rusa, mi hermana mayor murió hace poco, mi hijo Tayda también. Estoy en medio de todo esto y no vine con un mapa bajo el brazo. Me di cuenta de que lo más fácil es no pensar, pero es prácticamente imposible. Entonces lo que hago es darle de comer como a un pajarito a esta», dice, y se señala la cabeza. «Y así se calla un poco», agrega.

–¿Cuando tocás la guitarra lográs una conexión con algo más sutil?
–Sí, porque la divinidad está dentro de todo. Cada granito de arena lo creó Dios. Es una locura: tenemos todo para nosotros y nos estamos quejando y haciendo guerras. Es realmente estúpido. Si tuviera que hablar con los políticos les diría «señores…». Pero son muy estúpidos como para hablar conmigo. No se dan cuenta de lo fácil que es frenar todo. Darse la mano. Yo no soy nada, ni peronista, ni nada. Soy músico y un ser humano vivo por suerte, pero me enamoré de Evita. Hay una foto de un abrazo de ella con Perón cuando se está muriendo. Esa foto la miro y digo «qué mujer, qué lástima que se tuvo que ir, cómo hubiera cambiado todo».
Lebón acaba de terminar el ensayo con su banda en una sala de Colegiales. Los días de preparación del concierto son sus preferidos: cuando se encuentra con los músicos para tocar la guitarra, recordar temas de otras épocas y preparar la lista de los que formarán parte del espectáculo Herencia Lebón, que se presentará el sábado 4 de mayo en el Movistar Arena, al que se sumaron nuevas fechas, el 31 de mayo en el Arenas Maipú de Mendoza y el 1 de junio en el Teatro del Bicentenario en San Juan.
«Estoy tratando de hacer temas que no hago normalmente en vivo. Hay un disco llamado Nuevas mañanas, que prácticamente no salió porque venía de hacer Serú 92 en el mismo momento. También estamos sacando temas del álbum 7×7, y de todos los discos que tengo estamos viendo los que más nos gustan. Hasta sacamos un par que quedamos locos, por ejemplo “No llores por mí Argentina”. La vamos a hacer. Es de Charly García pero no importa, porque yo estaba ahí con Serú», dice.

El músico vive en Canning, una localidad a 40 kilómetros del centro, donde tiene su estudio de grabación. Lejos del ruido de la ciudad, lleva una vida reposada junto a su mujer Patricia, que también es su manager. Realiza ejercicios de meditación y escucha los pájaros cuando se levanta a la mañana. Disfruta sobre todo cuando lo visitan sus nueve nietos y sus hijos: Hanah, Nayla que vive en Uruguay, y Panchi, de Tucumán. Cuando los menciona, el rostro se le ilumina. Está seguro de que vendrán a su próximo concierto.
En la primera mitad de los 70, Lebón estuvo prácticamente en todos lados. Podía tocar el bajo en la explosiva formación del trío eléctrico de Pappo’s Blues, participar de las sesiones del primer disco de Billy Bond y La Pesada del Rock and Roll, grabar en el álbum debut de Gabriela, la primera mujer del rock local, poner guitarras acústicas en Confesiones de invierno de Sui Generis, sentarse a la batería de Color Humano, la banda liderada por Edelmiro Molinari tras la separación de Almendra, y saltar a las filas de la legendaria banda Pescado Rabioso, donde debutaría como autor con el tema «Hola dulce viento», gracias a la complicidad de Luis Alberto Spinetta, con el que vivieron juntos una temporada. 
«Para mí, Pescado fue el mejor grupo, más que Serú Girán. Era una época difícil y me gustaba mucho Luis, porque era de otro planeta el tipo. Entendía todo lo que decía. Cuando escribió “La perla del alba”, era mirar la gotita cuando cae de un pino. “Esa es una perla del alba”, me decía. Para mí, Pescado es lo más», dice.
¿Con el paso del tiempo no te arrepentiste de haberte separado del grupo?
–Queríamos seguir. Si Luis no se hubiera enfermado hubiéramos seguido. La pasamos muy bien esa noche de Las Bandas Eternas.

Los primeros años 80 no podrían pensarse sin la irrupción de un súper grupo como Serú Girán, con Charly, Oscar Moro y Pedro Aznar, donde Lebón fue una de las principales voces y armó una dupla compositiva imbatible junto a García: «San Francisco y el lobo», «Cuanto tiempo más llevará», «Esperando nacer». La anécdota dice que Charly fue a buscarlo varias veces para armar la banda y le dijo que no. Un día cayó con unas facturas y finalmente lo convenció.
«Las facturas fueron el anhelo ardiente que tuvo Charly para que yo me vaya con él a Buzios. No fue un capricho. Cuando volvió el día con las facturas evidentemente quería que vaya a tocar y mi exseñora, que es un amor, me dijo “andá, pa, me ocupo de los pibes, anda con Charly”. Fui, me llevé una moto y hasta el mes que llegaron los instrumentos me la pasé tomando gin tonic. La pasé bomba y además hicimos temas muy lindos», dice.
Tras la separación de la banda, Lebón reinició el camino solista en 1982, con su tercer álbum, El tiempo es veloz, con el arte de tapa de Spinetta y la canción que se volvió un himno dentro de su repertorio cuando la grabó Mercedes Sosa diez años después. «La Negra divina me salvó la vida porque estaba en Miami tocando en boliches por tragos cuando salió su versión. No quería volver más a la Argentina».

Es extraño pensar que un músico con sus cualidades como guitarrista, compositor y cantante, haya tenido altibajos en la escena, a pesar de haber participado del reencuentro de Serú Girán en River en 1992, o de las grabaciones en vivo junto a Pedro Aznar con las que recorrió todo el país en 2007. En 2020 comenzó a grabar la serie de discos David & Co, Volumen 1 y Volumen 2, por el sello Sony con la producción artística de Gabriel Pedernera, baterista de Eruca Sativa. El material es una retrospectiva de toda su obra y cuenta con la participación de Charly García, Skay Beilinson, Julieta Venegas, Soledad, Hugo Fattoruso, Diego Torres y Vicentico, entre otros. Con ese álbum ganó seis premios Gardel, incluida la estatuilla de Oro en 2020. Eso lo puso nuevamente en su justo lugar.
El año pasado editó Herencia Lebón, con reversiones de clásicos, que tuvo su presentación oficial en dos noches, con entradas agotadas, en el teatro Opera. En mayo redobla su apuesta con el concierto en el Movistar Arena: Lebón es uno de los pocos artistas que formaron parte de la historia del rock argentino que todavía está arriba del escenario, tocando esos solos, esas notas, que cuelgan del aire como diamantes resplandecientes en un cielo nocturno.
–¿De dónde pensás que viene tu toque en la guitarra eléctrica?
–En mi casa se escuchaba muy buena música cuando era pequeño: Los Plateros, Bill Haley, Frank Sinatra, Perry Como, tipos grosos, grosos. Cuando nos fuimos a vivir a Estados Unidos justo llegué en el 62, cuando salió el primer single de Los Beatles y le dije a mi mamá yo quiero ser eso. Me iba a mi casa, ponía el tocadiscos en 16 revoluciones y empezaba a sacar los solos de Hendrix, de Harrison de Los Beatles, o de Frank Zappa, que era imposible. Los Beatles sí, escuchaba la voz de John y lloraba. Era muy especial. 
–¿Qué recordás de esa época?
Cuando tenía 14 años tocaba la batería en una banda con unos chicos con los que íbamos a la escuela. Soñábamos con ser Serú Girán, me tocó a mí, gracias a Dios. Me encantaría estar con ellos y abrazarlos. Hacíamos cosas muy locas. Recién salía todo. Íbamos a ver grupos increíbles, estaban los Rascals y los vimos en vivo. Había un lugar llamado The World con cuatro escenarios. Un día apareció James Brown y ya directamente me quedé loco, porque lo que vi no lo podía creer. Había una cosa que te llevaba a bailar. No podíamos parar de bailar. No de locos ni drogados, éramos demasiados jovencitos, pero estábamos buscando la música. Hacíamos jingles de los Zombies y de Los Beatles, que eran más difíciles de copiar.

Foto: Jorge Aloy

–Cuando volviste a la Argentina te metiste en la escena rápido. Una de tus primeros clásicos fue «Dos Edificios Dorados», de tu disco de 1973.
Algo que pasó con ese tema me dio bronca, dijeron que los edificios dorados tenían relación con el atentado de Estados Unidos. No hermano, ¿cómo creés que voy a tener la visión de que van a chocar dos aviones con dos edificios de Estados Unidos? Había un momento en que Sadaic no te permitía poner los mismos nombres. Pappo me recomendó en ese momento ponerle cualquier cosa a los temas. Del primer disco todos los nombres fueron así como «32 macetas», que no quiere decir nada.
–¿Quiénes fueron tus maestros?
Lo tengo tatuado a Hendrix porque fue como Dios, un tipo inexplicable. Estuve leyendo un libro de Clapton que está con Pete Townshend de The Who en un boliche y llega Hendrix con el manager, que era el bajista de los Animals y tenía que conseguir equipos. Entonces Clapton le sugiere el Fender y Peter el Marshall. Entonces Hendrix enchufó los dos equipos juntos. Clapton y Townshend se miraron y dijeron «¿por qué no lo pensamos nosotros?». Él se tuvo que hacer famoso en Londres porque en Estados Unidos estaba la Motown. El mono inclusive no cantaba como negro, él cantaba como tocaba la viola. Fue el tipo que inventó eso de sacarle uno de los resortes a la Stratocaster para poder estirar la cuerda. Una locura. Era un dios y en «Voodoo Child» dice que la mamá le contó que cuando él nació la Luna se puso roja. Creo en esas cosas. Como la estrella de Belén, que avisó «guarda que viene uno».
–Escribiste «El tiempo es veloz». ¿Te acordás de ese momento?

«El tiempo es veloz» fue una cosa que me salió así. Empecé a cantar: el tiempo es veloz, la vida esencial… y salió. Hay algo adentro mío que sabe más que yo. Este cuerpo está pegado a eso. Entonces descubre cosas que yo no sé. A mí me cuesta escribir frases célebres. Por eso lo amo a Charly: sus letras son increíbles. 
–Una canción como «Seminare» podría ser como el «Yesterday» de Los Beatles, un clásico.
Sí, fue hermoso porque fue el primer tema que hicimos cuando yo llegué a Buzios. Todavía no habían llegado los instrumentos, que estuvimos esperando por un mes y teníamos solo una guitarra acústica. Algo siempre te engancha para hacer una canción. Con «Seminare» pasó que, a pesar de que me encanta el rocanrol y el blues me vuelve loco, soy muy romántico. Me encanta estirar los solos y que sean los más largos posibles, pero soy romántico. Charly me dijo un día: «Te lo regalo, pero no lo de Sadaic». Lo amo a Charly.

–¿Nunca pensaron en hacer un disco juntos?
Sí, lo hemos pensado muchas veces. Con Pedro, por ejemplo, hicimos uno muy lindo. Íbamos a tocar cuatro días en el ND Ateneo y estuvimos un año dando vueltas, haciendo lindas canciones. Con Charly me encantaría porque fue al primero que conocí.
–Cuando fuiste invitado al show de Fito Páez en Vélez subiste a tocar un solo y en ese momento fue como que uniste a varias generaciones del rock argentino.
Siempre digo que hago canciones para hacer solos de guitarra. Punto. Me encanta. Es como jugar bien a la pelota. Cuando te sale bien, acá en el corazón te empieza a vibrar. Cuando hay un solo de viola me puedo quedar una hora y me tienen que sacar a latigazos. Yo toco mal al lado de los grandes, pero algunos vienen y me dicen: «che, vos tocas mejor», pero si no hubiera escuchado a Clapton no hubiera tocado. No sé si toco mejor o no, pero Clapton es mi maestro. Él y muchos más como Peter Green. Hay un montón de tipos de los cuales aprendí a tocar hasta que me quedé con lo mío muy conforme. Si toco mal no me importa. No me caliento. El próximo lo haré mejor.

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