De cerca

Detrás de escena

Después de una vida dedicada a la actuación, Arturo Puig se destaca en un nuevo rol: la dirección teatral. El pico de popularidad alcanzado con Grande Pa y su relación con Gustavo Yankelevich.   Lo más importante para Arturo Puig no fue haber tenido, en 2015, el año más destacado a nivel laboral de las últimas dos décadas, sino haber comenzado esta temporada de la misma manera: trabajando mucho. Por eso, por sus diversas actividades, resultó intensa la previa para concretar el encuentro con Acción, que finalmente se realizó en un bar de la avenida Libertador, cerca de su casa. Cada vez más convencido de su faceta de director, rol al que accedió hace apenas cuatro años, Puig sigue con Le Prenom, a la que en enero pasado sumó El quilombero, con Nicolás Cabré. Y como ante todo es actor, se dio el gustazo de volver a las tablas con Nuestras mujeres, en el Metropolitan de la calle Corrientes, nada menos que junto a Guillermo Francella y Jorge Marrale, dirigidos por Javier Daulte. «Mi regreso a la actuación es inmejorable, con dos actorazos y con una historia atrapante», cuenta. «Encarno a un tipo que se junta con dos amigos a jugar a las cartas, pero una noche llega tarde al encuentro semanal y se justifica tirando una bomba de esas que dejan secuelas. Es sobre algo que le pasó con su mujer. Y a partir de ahí, entre los amigos, aparece el tema de las mujeres», describe entusiasmado. –¿Y cómo funciona El quilombero, donde dirigís a Cabré? –Estamos muy bien, la obra está funcionando, tiene el sello de Francis Veber, aquel autor de La cena de los tontos y El placard. Yo creo que el enganche es por los raros personajes de la pieza, un francontirador y un depresivo que acaba de separarse. Se cruzan sus caminos y a partir de allí se enredan en una aventura que incluye a la mafia, con un desenlace de lo más desopilante. –¿Te preguntás por qué ahora estás viviendo este gran momento profesional? –Aprendí a no hacerme muchas preguntas. Tampoco cuando la cosa no viene tan bien. La profesión es así, oscilante, ciclotímica. Pero reconozco que estoy viviendo un momento muy hermoso. No soy un pibe, tengo 71 pirulos y estos segmentos exitosos, entre comillas, son contados con los dedos. –Un segmento cuya cereza fue haber dirigido a Susana Giménez. –Fue como una montaña rusa dirigir a Susana en Piel de Judas, porque marcó su vuelta al teatro luego de más de 20 años, lo que significó un vértigo adicional. –A un año ya de aquel impactante estreno, ¿qué conclusiones sacás a nivel personal y laboral? –Personalmente, fue maravilloso e inolvidable. Haber dirigido a Susana en su vuelta al teatro quedará para siempre en mi memoria, porque pude aconsejarla, ayudarla y contenerla. Si bien Susana se comportaba como una más, todos la miraban como si viniera de otra galaxia. Después, pude plasmar en el escenario lo que pretendía y creo que Susana tuvo un desempeño fantástico. Y, finalmente, la gente dijo presente de una manera increíble. Más de 200.000 espectadores en seis meses de funciones, con una avenida Corrientes paralizada con la presencia de tamaña figura. –Dijiste que aconsejaste y contuviste a Susana. ¿Qué fue lo más difícil? –Bueno, ella volvía a escena tras 24 años. Las últimas piezas que había hecho habían sido Sugar y La mujer del año, y en ambas compartimos elenco. Entonces intenté tranquilizarla diciéndole que iba a poder hacerlo, que el magnetismo con la gente estaría inalterado. Y también ejercí de puente con el resto del elenco. Los otros actores la miraban como a una diva intocable, había que romper con ese vínculo extraño. Pero Susana fue la primera en ser una más, ya que se mostró cálida, amena, laburadora y todo eso facilitó los ensayos. –Y ella se entregó a tu dirección. –Totalmente. Me dijo: «Viejo –me llama así por un viejo chiste de camarines–, estoy en tus manos. Confío plenamente en tu visión y manejo». Eso me ayudó, me fortaleció y me dio confianza. –En algún momento antes del estreno, ¿no se te pasó por la cabeza algún pensamiento negativo? –No. Era un estreno muy fuerte, con mucha prensa y mucha ansiedad del público por el regreso de Susana, entonces se me cruzaban pensamientos como «Uy, ¡dónde me metí! ¿Quién me mandó a hacer esta obra?». Siempre me acordaba de Alfredo Alcón, quien sufría mucho cada previa y me decía: «Arturo, ¿por qué nos dedicamos a esto? ¿A quién se le ocurrió ser tan masoquistas?». –¿Te gusta vivir este ajetreo, este vértigo pasados los 70? –Sí, sí, me encanta, me apasiona. Yo siempre prefiero no tener tiempo a que me sobre. Y tengo 71, pero me siento muy pilas. –Le Prenom, Lluvia de plata, Piel de Judas y ahora El quilombero, todas te tienen como director. ¿Se va despidiendo el actor? –No, de ninguna manera. Jamás. El actor no se va a morir nunca o, en todo caso, caerá en el escenario. Es cierto que estuve menos en escena porque descubrí la faceta de director que, reconozco, me fascina. Pero volví con Nuestras mujeres, una deliciosa obra con dos monstruos al lado como Francella y Marrale. –¿Cuánto ayuda el experimentado actor, con más de medio siglo de trayectoria, al novel director, con apenas cuatro temporadas? –Mucho, creo que se retroalimentan. Trato de ser un director similar al actor que tengo dentro de mí. –Pero el director es el patrón, el que baja línea. –Intento tener una política de dirección de mucho intercambio con los actores. A los diferentes elencos les planteo lo que quiero de ellos y a todos les doy la libertad de replantear pensando en lo mejor para la obra. –¿Tomaste algún referente a la hora de adquirir un estilo para dirigir? –En realidad, tomé todo lo bueno que fui mamando de los realizadores que me dirigieron (Carlos Rivas, Helena Tritek, Luciano Suardi). Soy de hablar mucho con cada actor. Me deja tranquilo que cada uno esté convencido de su papel, que no quede nada librado al azar. Nos juntamos, muchas veces en mi casa, y fortalecemos el guión leyendo cada uno su parte y allí van apareciendo las dudas y las certezas. Si bien es medio viejo ese método, a mí me da resultado. –Y Selva Alemán, tu mujer, ¿toma partido de esos ensayos hogareños? –Claro, ella participa y aporta toda su experiencia. Es muy importante y valorada su palabra. A veces es ella la que toma el volante y yo la escucho y también aprendo. –Teniendo todas estas posibilidades, ¿por qué no te animaste a dirigir antes? –Precisamente porque no me animé. Quizás por el temor al fracaso, también cierta timidez para ser el líder de un grupo y, además, por la falta de un proyecto que me sedujera.   Un productor clave El productor Gustavo Yankelevich ha sido muy importante en la carrera de Puig, quien  subraya: «Importantísimo no, fue imprescindible y vital». Yankelevich fue, es y será el mentor de su trayectoria. «Es mi ángel de la guarda. Él me hizo, él confió y me dio la oportunidad. Gustavo fue el padre de esa criatura que se llamó Grande Pa. Fue el que advirtió que mi vida artística necesitaba un volantazo y me dio la oportunidad para debutar como director con Le Prenom. Y también fue el intermediario para que yo dirigiese a Susana». –Además del vínculo laboral, ¿hay amistad entre ustedes? –Sí, claro, somos muy amigotes. Tenemos una confianza ciega. –¿Fue Gustavo el que te propuso hacer Grande Pa? –Claro, quien me propuso y tuvo la paciencia para convencerme de que aceptara hacerlo. –¿Por qué? –Porque al principio yo no me veía, me sentía muy distante de esa historia y de ese personaje. Además, me daba miedo hacer comedia, sobre todo porque yo estaba haciendo un ciclo dramático televisivo que se llamó Atreverse, de Alejandro Doria, que se caracterizó por la calidad, el prestigio y por historias que calaban hondo. –¿Qué produjo el volantazo? –Gustavo me dijo que él sí o sí lo iba a hacer y que si yo decía que no, se lo iba a proponer a otro. Ahí aflojé un poco. Le pedí que me contara la historia y, de a poco, me fui encariñando. –Y fue un golazo. –Inolvidable. Donde pone el ojo, pone la bala. Gustavo es el mejor productor que conocí. Grande Pa fue un suceso que llegó a medir 60 puntos de rating. –Y la faceta de director, ¿también fue por obra y gracia de Yankelevich? –Un día me llama por teléfono. Fue unos cuatro años atrás. Hacía tiempo que no nos veíamos. Y me dice: «Tomá, leete esto, y después hablamos». Era Le Prenom, me había anticipado que en Francia había sido un éxito absoluto. A los tres días nos volvemos a juntar, le comenté que me había gustado mucho la obra, que era una comedia punzante, inteligente, pero que no veía un personaje como para mí. Cuando le pregunté para qué personaje pensó en mí, me respondió: «Para el de director de la obra. ¿Te animás?». –La respuesta ya la sabemos. –Claro, pero yo le contesté: «Me vas a cumplir un sueño». –Fue la primera vez que le diste un «sí» directo. –Es cierto. Pero te digo por qué: yo había dejado hacía pocos meses de hacer El precio, donde actué junto con Antonio Grimau. Y precisamente Antonio me remarcaba que yo, como compañero de elenco, tenía tics y vicios de director, que él sentía que en el escenario yo lo guiaba. Para mí era algo natural, pero Grimau me insistía en que tenía que empezar a dirigir.   La fama, puro cuento Arturo siente que la fama es lo mismo que la nada. Dice que en los lugares públicos lo reconocen, lo saludan, le piden una selfie y hasta lo despiden con un «Grande Pa». Pero en definitiva, el actor y director cree que la popularidad le hace mejor al fan que al famoso. «Es que para quien te pide una foto son muy importantes tus modales, tu predisposición, tu sonrisa, pero a mí no me aporta mucho. Y ojo, no soy Mariano Martínez ni Natalia Oreiro». –¿Cómo te manejás en la calle? Porque supiste lo que es protagonizar un programa de tevé con picos de 60 puntos de rating y, desde el año pasado, con toda la movida de Susana Giménez, de alguna manera volviste a instalarte en las marquesinas de la popularidad. –Siempre me manejé de la misma manera, relajado, descontracturado. Salgo, voy a comer, voy al cine y no necesito usar gorra o anteojos negros para pasar desapercibido. Cuando vos vas tan relajado, sin ocultarte, la gente responde de manera normal. –¿En los tiempos de Grande Pa no te sentías invadido? –No, para nada. A mí la fama me llegó de grande, con casi 50 años. Entonces, Grande Pa no me sacudió demasiado, porque siempre tuve claro que en este trabajo hoy estás arriba y mañana allá en el sótano. –El cine te debe un gran papel, ¿no? –Sí, coincido. En realidad, el cine me debe cualquier papel: hice poco. Lo último fue una participación en Tesis y antes estuve en Los Marziano, de Ana Katz. Pero casi nada, la verdad. Tengo muchas ganas y no pierdo las esperanzas. ---Javier Firpo Fotos: Horacio Paone