De cerca

Elogio del fracaso

El clown vive entre Buenos Aires y París, donde lo llevan sus compromisos ligados a la dirección teatral y la docencia. Entusiasmado por los cambios políticos del país, despliega sus actividades por toda Latinoamérica. La huella que dejó el El Clú del Claun y su paso por el Cirque du Soleil.

Gabriel Chamé Buendía es un artista argentino de relieve internacional. Clown, director teatral y pedagogo, vive entre nuestro país y Europa, y da clases por toda Latinoamérica. Pero cada vez está más tiempo en Buenos Aires, entusiasmado con lo que sucede políticamente tras las elecciones de 2019.
Este comienzo de año lo encuentra muy activo. Codirige con Alberto Negrín, en el circuito comercial, Los bonobos. El amor es ciego, sordo y mudo, de Laurent Baffie (el exitoso autor de Toc toc), con un elenco de lujo: Osqui Guzmán, Campi, Peto Menahem y Lizy Tagliani. Además ha firmado un acuerdo con el Centro Cultural Caras y Caretas para presentar allí varios de sus espectáculos: su premiada versión de Othelo, de Shakespeare (ya en su octava temporada), y sus dos excelentes unipersonales, Last call y Llegué para irme. Mientras tanto, acaba de estrenar, en Francia, Cimbelino, también de William Shakespeare, con aplausos del público y de la crítica especializada.  
Chamé Buendía tiene una trayectoria artística sobresaliente. Muy jovencito, dio sus primeros pasos como integrante de la Compañía Argentina de Mimo del maestro Ángel Elizondo, donde se inició en 1978, en plena dictadura, junto con Verónica Llinás, Eduardo Bertoglio, Omar Viola, Horacio Gabin y Horacio Marassi. En 1985 fundó un grupo mítico que renovó la escena nacional: El Clu del Claun, con Batato Barea, Hernán Gené y Guillermo Angelelli, entre otros. Más tarde se instaló en Francia y, entre 1999 y 2004, formó parte de la prestigiosa compañía Cirque du Soleil, con la que hizo el espectáculo Quídam y realizó giras por toda Europa, Estados Unidos y Japón.
–¿Volviste a Argentina?
–Estoy viviendo en Buenos Aires, pero no lo puedo asegurar, porque mi vida en Europa continúa activa. Para mí ha sido siempre así: viajar. Cuando vivía en París, viajaba a España, concretamente a Madrid y Sevilla, y volvía a París. Cuando vivía en Madrid, viajaba a París y a Lyon. Y ahora vivo acá y sigo viajando para allá. Cambio de residencia, pero sigo haciendo lo mismo. Lo que puedo decir seguro es que estoy más tiempo en Buenos Aires, en la Argentina y en Latinoamérica.
En Europa es un artista y un docente teatral muy codiciado. «Sigo trabajando en París, Lyon, Barcelona», afirma. «Mi relación con Europa sigue intacta, lo que pasa es que estoy mucho más en Buenos Aires, y sorprendentemente en este momento de tanto calor político. Estoy orgulloso de todo lo que ha pasado en estos meses en la Argentina. He vivido algo fuera de lo común».
–¿Qué es lo que te atrae del nuevo contexto político y cultural?
–Me inquietan mucho la sociedad y las problemáticas sociales latinoamericanas. Con una lógica de movimiento político me conecté con Caras y Caretas, grupo que propone un apoyo a la cultura con una entrada muy económica, en una sala de 400 localidades. Eso permite que los artistas podamos tener un apoyo económico de base. Algo fuera de lo común para el teatro independiente. Políticamente me siento muy orgulloso de pertenecer al staff de Caras y Caretas y estar en relación con el grupo Octubre.
–En estos años tu vínculo con los países latinoamericanos se desarrolló mucho.
–Tengo una relación muy importante con Perú, Brasil, México y Costa Rica. O sea que, si bien vivo acá, no he dejado de viajar y trabajar en el mundo. En el mes de marzo regreso a Madrid, donde voy a dictar un seminario para la AISGE, la institución que se ocupa de los derechos de imagen del actor en España. Y también voy a seguir desarrollando mi pequeña escuela de teatro.

Humor popular
«Yo venía desilusionado con la Argentina, porque había intentado a todo precio buscar un espacio cultural institucional y no sentí ningún apoyo de ninguna institución», cuenta Chamé Buendía. «De pronto, se abrió la relación con Caras y Caretas y también me convocó el productor comercial Gustavo Yankelevich. Me sorprendió que productores privados, de teatro comercial, estuvieran interesados por mi trabajo», reflexiona.
–¿Cómo describirías a Los bonobos?
–Los bonobos es un espectáculo comercial, del mismo autor de Toc toc. Los bonobos son tres chimpancés pigmeos: uno se tapa los oídos, otro la boca y otro los ojos. Codirigimos con Alberto Negrín, porque el espectáculo tiene humor, un humor muy popular, pero también una gran elaboración visual. Negrín diseñó una escenografía fuera de lo común, que va a dar mucho que hablar. El espectáculo trata sobre un sordo, un ciego y un mudo y sus dificultades en la búsqueda del amor. Se asocian para ayudarse y generan mucho humor en el sentido visual, la obra es puro gag. Es un placer trabajar con este elenco, tres actrices y tres actores de mucho nivel: Osqui Guzmán, Campi, Peto Menahem, Lizy Tagliani, Manuela Pal y Ana Gutiérrez. El ciego, el sordo y el mudo arman un plan para poder conseguir un encuentro con una chica. Generan una estrategia entre los tres para hacerles creer a las chicas que no son ni sordos, ni ciegos ni mudos. Corren riesgo de ser descubiertos y, finalmente, terminan encontrando el amor.
–¿Qué recuerdos tenés del Clú del Claun?
–No tengo más que gratificaciones, hermosos recuerdos. Es poder pensar en cierta parte de mi juventud con gran dignidad: teníamos 25 años e hicimos eso. Éramos un grupo independiente, con el que hicimos siete espectáculos en siete años. No eran números sueltos, sino espectáculos de una hora y media cada uno. Contábamos una historia con un lenguaje de clown que era nuevo en la Argentina, tratando de desafiar al teatro establecido, poniendo en duda el lenguaje teatral realista.
–Cómo era la relación que tenían con sus contemporáneos?
–Fuimos parte de un movimiento revolucionario y democrático de la época, junto con La Organización Negra, las Gambas al Ajillo, Los Melli, El Parakultural y Cemento. Fuimos protagonistas de un punto de vista renovador, sin ningún tipo de política real, pero con una ideología muy clara de ruptura cultural con lo establecido. Me siento muy orgulloso de haber formado parte de esa movida.

–¿Cómo se vivían aquellos años?
–Era una cosa de locos. Ensayábamos todos los días, había una conciencia de trabajo. Si teníamos dificultades entre nosotros, las resolvíamos buscando un director o un colaborador externo: Juan Carlos Gené, Roberto Villanueva, Ernesto Korovsky, Alain Gautré. Del grupo surgieron grandes artistas, como Batato Barea, Hernán Gené, Cristina Martí, Guillermo Angelelli, Daniel Miranda. Cada una de estas personas ha generado una historia y una autenticidad en el trabajo.
–¿Y algo de esa experiencia sigue en pie?
–El camino ha sido muy recto. Me siento muy en contacto con el pasado, no siento un corte. Una cosa es consecuencia de otra y en mi evolución artística no hay una explosión, ruptura, crisis o cambio de camino. Lo que me sorprende es que la gente del teatro comercial no me pide que haga otra cosa, me pide que haga lo mismo. He tenido suerte, tal vez, por haber sido muy consecuente con un camino.
–¿En los últimos años se reivindicó al under de los 80 en general y al Clú del Claun en particular?
–Nosotros éramos marginados, mal vistos y teníamos muchas dificultades económicas. No teníamos un centavo y sabíamos que la única manera de hacer un espectáculo era ensayar y hacer lo que nos gustaba. Este reconocimiento que hay ahora sobre ese pasado me gratifica mucho. Esta continuidad de mi carrera tiene que ver con que uno hizo cosas fracasando. Yo no hice las cosas triunfando, las hice fracasando. Y fracasando seguí trabajando en el fracaso. Esa lógica hace que mi carrera artística tenga una continuidad sin ningún tipo de ruptura. Y esa continuidad no implica que no haya una evolución en la investigación artística de lo que estoy haciendo.
–Hay una coherencia en tu trayectoria, pero también transformaciones, como lo demuestran tus unipersonales Last call y Llegué para irme.
–Lo que yo fui en El Clú del Claun se lo debo a mi trabajo con Ángel Elizondo, con quien empecé a los 17 años en la Compañía Argentina de Mimo. Y mis unipersonales Last call y Llegué para irme reelaboran aquellas experiencias. La evolución es mía como artista, no del clown. El clown sigue siendo ese personaje único. Los unipersonales me permiten guardar al clown en una cajita, quiero que esté ahí protegido. Soy un artista inquieto, hay algo de correrse del clown porque la gente ya lo está haciendo. Es la necesidad de seguir investigando y no quedarse atrapado en una lógica de cliché o de estancamiento. Me siento en una constante investigación, entonces tengo mucho respeto por el trabajo del clown, pero no necesariamente siento que soy clown y nada más. La gente me identifica con el clown y siento orgullo por eso, pero hay un punto en que me siento un artista inquieto que siempre ha estado investigando y viendo otras posibilidades. El humor es mi fuerte.


Shakespeare. El elenco de la premiada versión de Othelo y, en el suelo, el director.

Chamé Buendía vuelve una y otra vez a Shakespeare, valiéndose del clown como un medio cómico. Disfruta del éxito de Othelo (actualmente en el Caras y Caretas) y de su Cimbelino, en Francia. Y sueña con dirigir un Rey Lear en el teatro oficial. «Me gustaría generar un Rey Lear en Buenos Aires, en un teatro institucional, porque necesito el apoyo para poder llamar a ciertos actores», dice. «La dificultad del teatro independiente es trabajar de una manera estable económicamente, para poder desarrollar en profundidad un espectáculo y no ensayar una vez por semana. Por el momento no lo encuentro, pero seguramente en este 2020, si no sale el aval oficial, lo estaré haciendo a pulmón. Y esperamos también que las cosas cambien y lleguen nuevos vientos». Le han ofrecido hacer Shakespeare en diversos escenarios de Latinoamérica, y eso le encanta. «Creo que el trabajo en la región es fundamental porque está creciendo mucho culturalmente, está naciendo una mentalidad muy diferente y la cultura está muy involucrada en todo esto. Ser partícipe de este desarrollo cultural latinoamericano para mí es un honor».