De cerca

Encontrar la voz

Después de haber alcanzado la fama como modelo, se volcó a la actuación en cine, teatro y televisión. En el camino, inició un proceso de búsqueda que la llevó a apostar al canto como vía de expresión artística. La conexión temprana con el folclore y el presente de su carrera musical.



Lala nació y se crió en Quimilí, Santiago del Estero. Empleada en la casa de la familia Peleritti, era quien cocinaba, limpiaba y preparaba a «la Caro», como ella la llamaba a la más chica de seis hermanos, para ir a la escuela. Mientras trabajaba en las tareas del hogar, Lala escuchaba chamamé y chacarera en la radio. Se sabía todas las letras y las cantaba a viva voz. La más pequeña de la familia estaba en su mundo de los deberes y las muñecas, pero de tanto escuchar esas canciones se las sabía y también las cantaba en soledad. Y si venía alguien, se quedaba muda: se moría de vergüenza si la llegaban a sorprender.
«La música se marca mucho en la infancia, cuando tenés ese recuerdo musical de lo que se escuchaba, de lo que te gustaba. Y aparte mi mamá me llevaba a ver artistas: yo me conmoví escuchando a Mercedes Sosa. En esa época no sabía qué pasaba, por qué la gente lloraba y le pasaban todas esas cosas. Para mí era muy fuerte ver eso, pero no me animaba a cantar», cuenta Carolina Peleritti, que guardó durante décadas esa marca de origen. Vivió dentro de ella como si fuera un volcán dormido que, hace 8 años, entró en erupción. Entonces empezó su búsqueda, que la llevó a encontrarse con temas que estaban guardados y otros que vinieron a continuación, para conducirla a un presente en el que ya no se guarda la voz, sino que se hace escuchar.
Muy atrás quedaron aquellos años de la morocha de pelo cortito, que empezó a desfilar a los 17 años y transitó las pasarelas más top del mundo hasta que, a los 23 años, le dijo basta al mundo de la moda para dedicarse a la actuación en teatro, cine y televisión. La señorita de Tacna y Porteñas fueron sus primeros pasos sobre las tablas; en la televisión se destacó en Cibersix, 099 central y algunos capítulos de Tiempo final y Resistiré; mientras que películas como El lado oscuro del corazón, XXY y ¿Quién dice que es fácil?, la consagraron como actriz.
–¿Por qué decidiste largar todo como modelo cuando estabas en un gran momento de tu carrera?
–Lo que pasaba era que estaba muy disociada. Por un lado estaba medio cansada de trabajar como modelo y, por el otro, empezaba a trabajar como actriz. Tenía propuestas, hice una obra de teatro, entonces hacía las dos cosas. Y para mí eso, realmente, era una disociación muy grande. Estar dividida entre lo que quería empezar a experimentar, aunque no tenía herramientas, y mi actividad como modelo, que me seguía dando dinero.
–¿Y cómo fue volver a empezar?
–Me guardé, cerré la cortina. Tomé la decisión de no trabajar más como modelo para poder estudiar, nutrirme con Norman Briski, Julio Chávez, Lito Cruz, con los maestros que necesitaba. Y también seguí estudiando canto.
–¿En qué momento llegó el canto a tu vida?
–Creo que mi vida está un poco atravesada por eso. Empecé a estudiar sin tener la más remota idea de que iba a cantar, porque en realidad me costaba mucho hablar, expresarme: era muy tímida y la música siempre me acompañó. En la casa de mis padres se escuchaba mucho folclore, había discos de José Larralde, Horacio Guarany. Y mi mamá me llevaba a ver a Mercedes Sosa.

Alineación y balanceo
A pesar de haber tenido una vida de exposición pública, Peleritti tuvo que luchar contra su timidez para animarse a subir a una pasarela para desfilar. Y volvió a atravesar la misma situación cuando comenzó a actuar y, más tarde, a cantar. «Creo que es mi personalidad. Soy una persona muy para adentro, pero también tengo una cosa muy ariana, conquistadora», dice. «De alguna manera voy hacia los lugares y conquisto los espacios. Sigo siendo esa persona tímida, pero había algo de la expresión que tenía que sacar hacia afuera. Al principio fue desde un espacio escénico que fue el de modelo, con esa impronta y con esa presencia, jugando histriónicamente. Y después fue la herramienta de la actuación, del estudio del oficio. Cuando iba a las clases de Briski no hablaba, me quedaba sentada, pidiendo que ni me llame porque me quería matar.
–Pero te animaste y seguiste adelante.
–Esa es mi impronta. Sabía que tenía que trabajar eso. Uno trae las semillas de ciertas cosas adentro: hay que abrir, sacarlas, ponerlas en la tierra y generar las herramientas para que crezcan. Ese fue siempre mi laburo. A los 18 empecé a estudiar canto sin saber por qué y no paré más. Así comencé a desarrollar mi registro y a encontrarme con una voz que empezó a salir y era grande, emocional y no muy fácil de poder brindar. Cuando era chica la gente no decía «qué lindo canta la nena». Todo lo contrario: fue como empezar a tener las herramientas para que eso salga. Tomar clases, encontrarme con buenos maestros. El canto fue como un descubrimiento, porque hasta ese momento todo era medio hacia adentro. La expresión del canto es una de las cosas más hermosas que te pueden pasar.


–¿Con quién estudiás?
–Con Sergio Tulián, que es un maestro de cantantes. Él vive en Munro y hace 50 años que se dedica a la docencia. Ha sido amigo y maestro de Horacio Guarany, le ha dado clase a muchos músicos, como Mercedes Sosa. Sergio es un tipo adorable y un maestro de verdad. No voy todas las semanas, porque a veces no lo necesito: me grabo las clases y después  ensayo sobre eso. Voy cuando realmente necesito volver a tener su alineación y balanceo.
–¿Aprendiste a tocar algún instrumento?
–Piano y guitarra, pero no aprendí mucho. Lo más interesante es que con la plata que ganaba como modelo me fui comprando instrumentos. A los 22 años, me compré un estudio de grabación chiquito: parlantes, micrófono, guitarra. En un momento quería tener esas cosas. Con lo que más perseverancia tuve fue con la voz: había algo que estaba ahí, latente.

Banda propia
En ese proceso de cambios que la llevaron a abandonar las pasarelas, Peleritti también se alejó de Buenos Aires: encontró su lugar en el mundo en una quinta en los alrededores de José C. Paz. «Vivo en un pueblo, hace 20 años que estoy ahí y no ha cambiado, sigue siendo un lugar de gente muy trabajadora y humilde. Vengo a Capital a tomar clases, a actividades que hago desde hace mucho tiempo. Y después vuelvo corriendo a mi casa, por la calidad de vida que me da llegar y disfrutar del verde y el aire puro. Me encanta vivir ahí, por algo se me abrió ese lugar y lo elegí para tener una conexión no solamente con la naturaleza, sino también con la realidad».
–¿Cómo se armó esta banda con la que salís a tocar?
–Son todos músicos que viven en Ingeniero Maschwitz, en la zona donde vivo, con lo cual pasó algo muy genial, porque creo que estaba pidiéndole al universo que quería armar una banda. Todo empezó cuando conocí a las personas que todos los años, en setiembre, organizan un evento a beneficio que se llama «Tambores a la luz de la luna». Van muchos percusionistas, gente de Maschwitz, y hay músicos por todos lados. Me junté con Daniel Tejeda, que es el bombista, Fernando Villarreal en la guitarra, Franco Carzedda en la percusión, Diego Moller en violín y Julio Martínez en saxo. Y se generó algo entre todos, porque ellos querían tocar y yo cantar.
Desde 2015, Carolina Peleritti y su banda se han presentado en vivo en distintos escenarios. Al mes y medio del primer recital, los convocaron para tocar en el Centro Cultural Kirchner. Y más tarde extendieron su radio de acción a diferentes puntos del mapa bonaerense, como la ciudad de Junín y el Festival de Baradero, donde el año pasado ganaron el Premio Revelación. A la vez, la cantante tiene un proyecto solista en el que, acompañada por un guitarrista, hace «otro repertorio, más chiquitito, también de canciones folclóricas».
–¿Cuál es el repertorio que tienen con la banda?  
–Hacemos folclore, básicamente. Una chacarera de Atahualpa Yupanqui, «La olvidada»; de Raúl Carnota hacemos «Cielito santiagueño», «Solo luz» y «Gatito e’ las penas»; también tocamos una cueca norteña de Arsenio Aguirre y un tema de Peteco Carabajal.



–Hasta ahora no grabaron un disco. ¿Tenés pensado hacerlo?
–Los pibes de la banda me dicen «vamos a grabar algo». Ahora tengo que grabar para que quede registro de los arreglos, de lo que estamos haciendo pero, la verdad, lo que más me da placer es salir a tocar. Así que estamos tocando bastante seguido y ya llegará el momento de grabar.

Kilómetro cero
En un viaje a Rosario, en 2010, Peleritti conoció a Rita Cortese, que actualmente es una gran amiga. Mientras charlaban, la actriz y cantante de tangos le preguntó qué estaba haciendo. Y ella respondió: «Estoy estudiando canto, pero bueno, no sé». «A ver, cantame algo», le propuso Cortese. Y entonces ella empezó a entonar la copla «Vámonos vida mía», de Leda Valladares. Cortese quedó impresionada y, al poco tiempo, armaron La jaula abierta, un espectáculo en el que también participaron Teresa Parodi, Lidia Borda y Dolores Solá, basado en un amplio cancionero, que propiciaba los cruces de repertorios y estilos en un mismo escenario.
Poco tiempo antes, en 2009, Peleritti había conocido al charanguista Jaime Torres, con el que de a poco se fueron haciendo amigos. «Jaime tiene una cosa muy hermosa, una conexión muy particular: por ahí parece que te está diciendo otra cosa y, en un punto, toca en el lugar indicado. Así pasaron ocho meses de teatro, vino, comidas, música, juntadas, hasta que un día me preguntó si cantaba y le canté la copla. Así pasó un tiempo, hasta que me dijo: “Niña, ¿te animás a venir a cantar a Humahuaca, al Tantanakuy?”, que es el encuentro que él organiza desde hace 40 años. “Yo te acompaño con el charango y con la banda, vos tocás esas coplitas que hacés”. Entré en pánico. Y ahí fue para mí el salto, el momento donde dije “bueno, me animo”, con la vergüenza o el miedo que me producía. Fue alucinante, porque yo cantaba con la caja y hasta ese momento lo hacía sola, en la intimidad de mi casa, no me animaba a interactuar con otros».
–¿Ese día en Humahuaca se podría marcar como tu debut?
–Absolutamente. Fue un salto, fue decir «me mando», fue como un grito hacia el cielo, como esas cosas que necesitás hacerlas para romper eso que, en definitiva, vos mismo te creaste, esa membrana que, de alguna manera, no te deja ser. Porque siempre faltaba algo para mí, pero a partir de ese día ya no hubo marcha atrás.