De cerca

Entre el bronce y el barro

Puede interpretar a San Martín y Bergoglio en el cine y a Rosas en el teatro, pero Rodrigo de la Serna también es reconocido por los marginales que hizo en la TV. Sus comienzos y sus pasiones.   Lo primero que transmite Rodrigo de la Serna es intensidad: en su mirada, en sus gestos, en su voz, como si nunca dejara de actuar. Habla y gesticula, sentado ante una mesa de La Giralda, envuelto en una campera azul, a tono con sus ojos. Es afable, terrenal: cuesta imaginarlo con sotana, como el Jorge Bergoglio de la película Il papa della gente, del italiano Daniele Luchetti, cuyo rodaje ya dejó atrás. Su estreno está previsto para fin de año. Hincha de Boca, aunque hace mucho que no juega ni va a la cancha, el actor es el hijo mayor de un ingeniero y una profesora de arte. Su amor por el teatro nació por casualidad, dice, y también por un «caudal histriónico» que él tenía y que su abuela materna, que vivía en Córdoba, incentivaba. «Me llevaba a comprar al almacén y, de vuelta, yo imitaba al almacenero, que era gallego. De chico tenía mucha energía, era bastante salvajón. En Córdoba potreábamos por los barrancos con mis amigos. Mi rostro es testigo de esa infancia: tengo tres o cuatro cortes», cuenta. Su primer nombre es Lionel, como su abuelo y su padre. Una tradición que él rompió cuando nació Miranda, la hija que tuvo hace 14 años con quiera era entonces su mujer, Erica Rivas, y que ya debutó en una película, Antes del estreno (2010). Su hermano, Manuel, también es actor. «Él es narrador oral, es muchas cosas, una especie de renacentista. Es un actorazo, además», enfatiza. No es que Manuel siguiera sus pasos, asegura el mayor de los hermanos, sino que «los fuimos dando juntos. Nos divertíamos juntos, aunque cuando uno es más joven, 5 años es una diferencia». En su caso, tenía 12 años cuando entró a la Escuela del Caminante, de formación artística, en Belgrano, el barrio en el que se crió. «Ahí conocí a Alejandro Oliva, un verdadero maestro. Me enseñó que la actuación era un juego divertido, no algo académico. Elaborábamos textos de Griselda Gambaro, pero más que nada me dio la posibilidad de toparme con este oficio a una edad temprana y de ganar muchísimo tiempo, porque desde ese momento hasta los 18, hice mucho teatro con él». Obras como Bonicleta, Nosferatu y Decir sí, y también El cuidador, de Harold Pinter. A los 19 debutó profesionalmente en la serie televisiva Cibersix, seguida por Naranja y media, ambas de Telefe. «Tuve mucha suerte. A los 21 ya estaba actuando junto a grandes maestros, como Pepe Novoa, Juan Manuel Tenuta y Norman Briski, con quien hice un año de teatro», enumera. Más tarde, también participó en Campeones, Calientes y en 5 capítulos de Vulnerables. En cine hizo una breve aparición en El mismo amor, la misma lluvia, de Juan José Campanella, aunque fue Gallito ciego (2001) –en la que hacía de un chico recién egresado de la secundaria que sale a buscar trabajo y termina siendo víctima de una trampa delictiva– la que le reportó su primer Cóndor de Plata. Okupas, la serie de Bruno Stagnaro que marcó un hito en la ficción televisiva, fue su primer protagónico como Ricardo, un chico de clase media a la deriva que se sumergía en la marginalidad. Si Okupas le dio notoriedad local, la película Diarios de motocicleta, de Walter Salles, lo ubicaría en el mapa internacional por su memorable interpretación de Alberto Granado, que le valió un premio Independent Spirit Awards al mejor actor revelación. En este film, junto a Ernesto Guevara, encarnado por Gael García Bernal, emprenderían el mítico viaje en moto por Sudamérica antes de que el Che deviniera en líder revolucionario. –En Diarios de motocicleta opacaste al protagonista. Además de los reconocimientos, ¿qué significó esta película para vos? –Muchísimas cosas. Cada escena tiene una musicalidad cordobesa que conozco bien y un sabor que difícilmente se repitan en un personaje, que fue de los que más gocé en mi vida, y un compromiso con la historia latinoamericana que  siempre tuve a través de mi madre, que es especialista en arte precolombino. Tengo un parentesco con el Che, no sé bien cuál. Igual, Juan Martín Guevara, su hermano menor, cuando lo conocí –se acercó al Colectivo Cultural, un teatro que recuperamos con una ONG en Ingeniero Maschwitz, donde vivo desde hace diez años–, me dijo: «Vos sos mi pariente, ya está». Ahora puedo decirlo cómodamente. Antes de eso, había conocido a los hijos del Che en Cuba y a Alberto Granado. Me pongo a escarbar en esa película y no paro: mi contacto con el pueblo mapuche en Temuco y con el pueblo quechua, en Cusco, fueron muy hondos. Se abrió una cosa impensada: pasé del barro del Amazonas a las alfombras rojas de Cannes. –¿Y cómo fue la experiencia de trabajar con García Bernal? –Convivimos un año y medio con Gael. Él llegó a Buenos Aires 5 meses antes de empezar a filmar. Es un cine que no existe más: cine de celuloide, con 4 meses de preparación. Leíamos los libros que el Che y Granado leyeron en su juventud, vimos las películas que ellos vieron. Aprendimos a bailar tango, a manejar esa moto. Fueron tres meses y medio de rodaje por parajes hermosísimos, donde nos encontrábamos con gente que recordaba lo que estos dos vivieron 50 años atrás. Fue un sueño maravilloso. Y, después, los 6 meses de gira con la peli: en San Pablo, en Río de Janeiro, en Toronto, en el Sundance. Conocí a Robert Redford, a Sean Penn.   Alma de prócer Actualmente, De la Serna continúa deslumbrando con sus actuaciones. En 2011 se convirtió en el «actor del año» por diferentes proyectos: pasó de ser un boxeador en la serie Contra las cuerdas (TV Pública) a convertirse en el general José de San Martín en la película Revolución, el cruce de los Andes. También alternó entre la piel de un irónico policía en la obra teatral Lluvia constante, y el papel del torpe y conmovedor Lombardo, un buscavida que transitaba entre la vida y la muerte en la recordada serie El puntero (El Trece). Para 2015, además de la película en la que hace de Bergoglio, se lo verá en otros dos films: Camino a La Paz, una road movie en la que encarna a un remisero que lleva a un musulmán (Ernesto Suárez) a Bolivia, y Cien años de perdón, como el Uruguayo, el líder de una banda de ladrones que planean asaltar un banco en Valencia. Pero lo que lo tiene totalmente atrapado en estos días es su debut como director, junto con Pompeyo Audivert y Alejandro Mangone, de la versión teatral de El farmer, de Andrés Rivera, que acaba de estrenarse en el Teatro San Martín, y que también adaptaron Audivert y él. El montaje muestra a Rosas en el último día de su vida. «Él rememora sus asuntos con mucho dolor, después de 20 años de destierro, porque es una persona muy arraigada a la tierra. Y con un rencor profundísimo también, porque si hay alguien que padeció el destierro político, el destierro de la historia, ese fue Rosas. Está la calle Sarmiento, está el monumento de Urquiza, que fue el que lo derrotó. Los diputados que vinieron después de Rosas se pusieron de acuerdo para borrar para siempre su figura, porque iba a quedar como el argentino más grande de todos los tiempos», sostiene De la Serna. –Sin embargo, sigue siendo objeto de controversias aún hoy, sobre todo por ciertos rasgos considerados violentos. –Si se quiere analizar eso, sí. Que esa faceta violenta fue exacerbada por la historiografía clásica argentina, sí. Que esa violencia fue ejercida de igual o peor manera por sus enemigos, también es una realidad. –¿Esta obra es una reivindicación? –Para nada. Es la excusa para hablar de temas enormes, como el destierro, la muerte, la locura. Para hablar del juego del doble, que plantea el mismo Rivera en su libro: una disociación entre el Rosas histórico y el anciano que está recapitulando su vida y muriendo. Es el cuerpo y el espíritu, si se quiere. Nosotros potenciamos teatralmente esa disociación. Pompeyo hace del anciano y yo hago de su proyección onírica. Es ver también qué distancias hay entre una persona y su doble, una persona y su terruño. Hay un texto de la obra que dice: «A 20 años que me arrojaron a tierra de gringos, a 20 años de ese crimen, a 20 años de ese pecado de sangre que Dios no le perdonó al cojudo de Urquiza ni a la traición de mis generales, un paisano clava su cuchillo en el mostrador de una pulpería y grita “¡Viva Rosas!”. Y otro paisano clava su cuchillo en el mostrador de otra pulpería, y ahí va un tercero y desenvaina su cuchillo y lo clava en el mostrador que usted elija y grita “¡Viva Rosas!”, listo para morir o para cobrarse una deuda, que nunca sabrá cuándo ni quién abrió, y con algo en la sangre que es más hondo que el recuerdo». Es cierto… –¿Te gustó la idea de interpretar a otro personaje histórico después de la película sobre San Martín? –Bueno, a mí la historia de la Argentina y la de nuestro continente me llegan mucho. El libro me lo regaló Joaquín Furriel cuando estábamos haciendo Lluvia constante. Y me partió la cabeza. Una noche me encuentro con Pompeyo en un restorán y me dice que quiere adaptar El farmer para el teatro: no lo podía creer. Ahí hablamos del libro, y después me llamó para hacer el trabajo, que nos llevó mucho tiempo y quedó muy bien. Pompeyo es un referente fundamental, un gran artista, un militante del teatro, una persona que hay que agradecerle a Dios que exista en este país. Para mí es un orgullo que me haya convocado y que haya sido tan generoso como para que yo dirija por primera vez con él, que dirigió mil obras, y adaptar un texto tan relevante como este. –Hiciste de San Martín y ahora de Rosas, terminaste una película sobre el papa, todos hombres poderosos. ¿Cómo te preparaste para hacer de Francisco? –La historia va de la juventud de Bergoglio hasta que es elegido papa, yo hago desde los 23 hasta los 60 años. Desde ahí en adelante, lo interpreta Sergio Hernández, un gran actor chileno. Fue una preparación interesante, conocí a personas que lo trataron en la intimidad, lo observé mucho. Vi muchos videos en que se puede apreciar su pasión, dónde está su dolor. Uno ve la inteligencia. Él es jesuita, tiene una visión estratégica: una persona con una intelectualidad enorme. Este es uno de los desafíos más difíciles que me han tocado. –¿Difícil en qué sentido? –Bueno, porque él es una persona de una trascendencia histórica que pocos han tenido, pero, además, está vivo. Siempre va a haber alguien que va a comparar y al que no le va a gustar. Es como cuando vos decís «lo opacaste a Gael»: en realidad, primero, yo tenía todos los chistes en Diarios de motocicleta y él no. Y, después, él tenía su propio desafío: hacer del Che. Como artista, papeles de este tipo son desafíos muy grandes. ¿Cómo abarcás la dimensión espiritual de Bergoglio? Es imposible, pero te obliga a un ejercicio muy sano: ir hacia adelante, ahondar en el estudio, voltear prejuicios. –¿Cómo cuáles? –La Iglesia Católica no es una institución con la que yo haya simpatizado. Pero volviendo a mi madre, que tiene mucho vínculo con pueblos originarios, veo que en ese y en otros sentidos la Iglesia ha acompañado procesos históricos, en otros tiempos y en tiempos recientes, que son insoslayables. Yo estaba en un momento muy antiinstitucional, digamos, así que agradezco haber hecho este papel, porque me hizo crecer como artista y como persona. –¿Quedaste conforme? –Tengo que ver la película para decirlo. Es un proyecto que va a estar tironeado por muchos sectores. Parece que habrá modificaciones, como tomar escenas y volver a filmarlas con Sergio. Ahí ya no tengo nada más que hacer: para este personaje di todo. Fueron tres meses durísimos de rodaje en Italia y Alemania. Después de filmar caí enfermo una semana y media. –De otros personajes que hiciste, Lombardo, de El puntero, también tiene que haberte dado satisfacciones. –Sí, es otro de los grandes personajes que tuvo mucho reconocimiento. Granado y Lombardo fueron los dos personajes que más disfruté hacer, sin duda. –En esa serie trabajaste con Julio Chávez, en una tanda de actuaciones muy fuertes. –Sí, Julio Chávez es un actor descomunal. Luis Luque es otro actorazo. Todos los que estaban ahí: Gabriela Toscano, Pablo Brichta, Carlos Moreno: era un equipazo. Y tirar escenas con esos muchachos fue un placer. –Tu personaje era marginal. ¿Fue difícil no caer en estereotipos? –Seguramente los hubo. Yo siempre fui payaso, y Lombardo nunca dejó de serlo. Ese personaje me dio una libertad y una energía como pocos: lo disfruté mucho, dejé mi corazón ahí. Hay momentos que no están estereotipados y hay otros en los que el vértigo televisivo, eso de sacar chorizos rápidamente, hace que salga lo que se puede. Pero lo que noto es que personas que están en situación de calle, en condiciones similares a las de Lombardo, me reconocen y se me acercan. Es un vínculo amoroso, afectuoso. La gente me agradece todo lo que disfrutaron con el personaje, con el programa. Y eso es algo emocionante. ---Francia Fernández Fotos: Jorge Aloy